El Citroën ZX Break 1.9 TD fue uno de esos coches cuya razón de ser estaba claramente marcada: usabilidad. Tenía unas buenas prestaciones y su conducción estaba lejos de ser “una más”, pero sus mayores argumentos eran la capacidad de su maletero, los bajos consumos de su motor turbodiésel y, por supuesto, su precio: 2.592.000 pesetas -unos 15.579 euros de 1997-.
Las carrocerías familiares siempre han tenido un fuerte enfoque práctico; han sido, y son, coches para quienes buscan aprovechar al máximo el espacio pero no quieren recurrir a coches más grandes. Sin embargo, por norma general, su estética era su peor apartado. Para poder ampliar y aprovechar el espacio interior se recurría a formas poco visuales que, casi siempre, provocaban rechazo en muchos usuarios y limitaban la expansión en el mercado. Es cierto que Alemania, por ejemplo, era un lugar muy proclive a las carrocerías familiares, pero en España, comparadas a veces con coches fúnebres, no han tenido la misma aceptación.
Resistencia frente a los monovolúmenes y SUV
Quizá por eso, las carrocerías familiares han tenido que pasar por dos etapas complicadas: el auge de los monovolúmenes y el auge de los SUV. En el primer caso, el Renault Mégane Scénic y la posterior popularización del concepto pusieron contra las cuerdas a un tipo de coche que siempre fue “el coche de familia”. Sin embargo, lograron sobrevivir gracias, entre otras cosas, a unas capacidades dinámicas superiores y a unos precios más asequibles. Pero, sobre todo, lograron mantenerse en el mercado al transformarse en herramientas casi indestructibles, como el Citroën ZX Break 1.9 TD. Este coche, posiblemente, sea uno de los mejores ejemplos de cómo se puede adaptar un concepto de vehículo a las circunstancias.
Allá por los años 90, cuando la electrónica empezaba a asomar la patita de forma masiva y los diseños se volvían más blandos y redondeados para poder combatir con los monovolúmenes, el ZX familiar seguía ahí, incombustible, representando el cénit de una forma de hacer coches que Citroën y el Grupo PSA habían perfeccionado durante décadas. No necesitaba artificios ni carrocerías sobreelevadas para convencer a nadie; le bastaba con un chasis que era la envidia del segmento en cuanto a conducción y el motor turbodiésel más equilibrado de su generación. Era, posiblemente, el último de una estirpe de coches honestos donde cada peseta invertida iba directa a la eficacia dinámica y a la robustez mecánica.
El as bajo la manga: El eje trasero autodireccional
Cuando los monovolúmenes empezaron a ponerse de moda, el Citroën ZX ya era un viejo rockero cercano a su despedida. Mientras el mercado se empezaba a obsesionar con el concepto de monovolumen compacto, Citroën mantenía su apuesta por el formato familiar clásico, pero con un as en la manga que pocos rivales podían igualar. El ZX no era solo un coche de carga; era un coche de conductor.
La plataforma sobre la que se asentaba -la misma que daría vida al mítico Peugeot 306– era una joya de la ingeniería de la época. En un momento en el que los ejes traseros solían ser simples elementos de rebote, Citroën aplicó su experiencia en competición para dotar al ZX de un eje trasero autodireccional que lo transformaba por completo en zonas reviradas. Esta solución técnica permitía que el ZX Break se moviera con una agilidad impropia de su tamaño, haciendo que las curvas de un puerto de montaña fueran un trámite divertido en lugar de un suplicio.
Mecánica: El bloque 1.9 TD de 92 CV
Mecánicamente, el bloque 1.9 TD de 92 CV era el motor que todo el mundo quería en su garaje. Sus 1.905 centímetros cúbicos, su inyección indirecta, el turbo y el intercooler ayudaban a que los 20 mkg de par -a 2.250 revoluciones- lanzaran todo el conjunto hasta los 179 kilómetros por hora. Realizaba el 80 a 120 km/h en quinta en solo 13,62 segundos o completaba el kilómetro con salida desde 50 km/h en quinta en solo 19,86 segundos.
Pero además, según revistas como Autopista, podías cargar el maletero hasta los topes, poner el aire acondicionado y afrontar un repecho en autovía sin tener que bajar una marcha, algo impensable para sus rivales atmosféricos de la época. Era un motor con músculo que, gracias al intercooler y a un turbo bien tarado, ofrecía unas recuperaciones que lo convertían en el rey de la carretera abierta, permitiendo una facilidad y una comodidad de uso notables para la época.
El motor 1.9 TD de PSA no solo era el corazón del ZX Break, era la razón por la cual este coche seguía siendo la compra maestra frente a rivales mucho más modernos.
Una furgoneta vestida de turismo
Su espacio de carga era el gran protagonista tras el motor para el común de los usuarios. Con un plano de carga muy bajo y formas muy regulares, el ZX Break permitía meter objetos que en un monovolumen de la época habrían requerido un máster en Tetris. Con los asientos abatidos, disponías de 1.500 litros de capacidad real -470 litros con todas las plazas-, convirtiéndolo en una pequeña furgoneta vestida de turismo que no sacrificaba ni un ápice de estabilidad cuando iba vacío.
Si algo definía al ZX Break frente al resto de la comparativa era su equilibrio y que era, en definitiva, un coche diseñado para durar y para ser conducido, sin filtros innecesarios. Fue un coche que demostró que un familiar no tenía por qué ser un “barco” torpe ni tampoco lento. Hoy, muchos de esos ZX Break siguen rodando con kilometrajes astronómicos, recordándonos que hubo un tiempo en el que la simplicidad mecánica y un buen ajuste de chasis eran todo lo que necesitábamos para ser felices en la carretera.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS