Los Euro-Yankees: cuando Detroit quiso hablar alemán y le salió acento de Detroit

Los Euro-Yankees: cuando Detroit quiso hablar alemán y le salió acento de Detroit

Crisis de identidad de Detroit en los 80


Tiempo de lectura: 4 min.

Hubo una época, entre finales de los 70 y mediados de los 80, en la que los fabricantes americanos sufrieron una crisis de identidad sin precedentes. Los masivos V8 de 7 litros habían dejado de tener sentido, y los compactos japoneses y europeos les robaban la merienda a dentelladas. ¿La solución? Fabricar coches con medidas más contenidas, motores turbo y estéticas que pudieran verse en una Autobahn… aunque por dentro siguieran oliendo a hamburguesa y llevaran suspensiones de ballesta.

Pontiac Fiero

Pontiac Fiero: El «Ferrari» de motor central que nació de un Chevette

Si hay un coche que personifica las ínfulas europeas de Detroit, es el Pontiac Fiero. General Motors quería un deportivo de motor central para plantar cara al Toyota MR2 y, de paso, mirar de reojo a Fiat o incluso a Ferrari. El diseño era espectacular: cuña afilada, faros retráctiles y paneles de carrocería de plástico.

El presupuesto, sin embargo, era tan ajustado que los ingenieros tuvieron que asaltar el cajón de piezas comunes de GM. La suspensión delantera venía de un humilde Chevrolet Chevette, y el motor inicial era el Iron Duke, un cuatro cilindros con la alegría de un tractor. Aun así, el Fiero se convirtió en un icono —no solo por ser la base preferida para réplicas de Lamborghini en los 90— sino porque en su último año de vida, 1988, finalmente consiguieron que fuera un deportivo de verdad gracias a una suspensión trasera rediseñada. Justo antes de que Pontiac lo matara.

Chevrolet Monza

Chevrolet Monza: El Opel que comía demasiados dónuts

El Chevy Monza nació con una misión clara: ser el coche pequeño y deportivo de GM que recordara a los coupés europeos, como el Opel Manta. De hecho, el diseño de la versión 2+2 tiene un aire innegable a los productos de Rüsselsheim de la época. Era la apuesta de Chevrolet por unos mejores acabados y una dinámica más «fina».

El problema fue el de siempre: la escala americana. Aunque pretendía ser compacto, sus medidas terminaron siendo generosas para los estándares del Viejo Continente. Además, aunque ofrecían motores de cuatro cilindros, la tradición pudo con ellos y acabaron embutiendo bloques V8 en un vano motor donde apenas cabía un alfiler. Fue un coche que intentó ser sofisticado y terminó siendo el último reducto de quienes querían un muscle car pequeño antes de que la tracción delantera lo invadiera todo.

Dodge Daytona

Dodge Daytona: La elegancia según Chrysler

Si el Turbo Z original era el «chico malo» de Detroit, el rediseño de 1987 —con faros retráctiles incluidos— fue el intento de Chrysler por sentarse a la mesa de los adultos. Querían un coche que un ejecutivo pudiera aparcar al lado de un Porsche 944 sin que nadie se riera. Con un coeficiente aerodinámico muy trabajado y una gestión electrónica que, cuando funcionaba, era puntera, el Daytona Shelby Z fue lo más cerca que estuvo Dodge de fabricar un gran turismo europeo de pura cepa.

Tenía todos los ingredientes: asientos envolventes, suspensión firme, turbo con intercooler y una estética que gritaba tecnología. Fue el coche que demostró que, bajo el mando de Iacocca, Chrysler podía dejar de fabricar barcos con ruedas y centrarse en máquinas que pedían curvas.

Mitsubishi Starion

Lo que Detroit no podía copiar: El espejo del Mitsubishi Starion

Para entender qué intentaban alcanzar estos coches, basta con mirar al otro lado del Pacífico. El Mitsubishi Starion era exactamente lo que los ingenieros de Michigan aún trataban de descifrar: motor 2.6 turbo con inyección electrónica, propulsión trasera y un chasis con un equilibrio que Detroit observaba con envidia.

Sus espectaculares aletas ensanchadas en las versiones widebody encajaban a la perfección con la cultura del «más es más» americana, pero con una finura mecánica que los locales no lograban replicar. Un cuatro cilindros con turbo y tecnología de vanguardia podía ser tan deseable —o más— que cualquier muscle car tradicional. Esa fue la lección que Detroit tardó años en aprender.

¿Por qué fallaron… o no?

En perspectiva, estos coches no fueron fracasos absolutos, sino laboratorios rodantes. Detroit aprendió que no bastaba con poner un turbo o una carrocería de plástico; la sofisticación europea requería una ingeniería de chasis que no se podía improvisar con piezas de stock. Sin embargo, nos dejaron máquinas con una personalidad arrolladora: deportivos que, aunque seguían teniendo un regusto a “dinner” de carretera, se atrevieron a soñar con las curvas de los Alpes.

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Sobre mí

Javi Martín

Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".

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Ingeniero de profesión, la mayor pasión de mi vida son los coches desde que era un chaval. El olor a aceite, gasolina, neumático...hace que todos mis sentidos despierten. Ahora embarcado en esta nueva aventura, espero que llegue a buen puerto con vuestra ayuda. Gracias por estar ahí.

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Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".

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Soy un apasionado de los coches desde que era muy pequeño, colecciono miniaturas, catálogos, revistas y otros artículos relacionados, y ahora, además, disfruto escribiendo sobre lo que más me gusta aquí, en Espíritu RACER.

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