Desarrollado para competir con las alternativas provenientes del país del sol naciente, el Land Rover Discovery se diseñó para cubrir el vacío creado entre el lujoso Range Rover y el Defender: un austero y eficiente todoterreno creado para el trabajo duro. Además de ser más asequible, intentaría incorporar lo mejor de sus hermanos para transformarlo en un vehículo apto para el ocio y para las tareas del día a día.
Nacimiento del Land Rover Discovery: el eslabón perdido entre Range Rover y Defender
Concebido en un tiempo récord de 3 años se presentaría en el Salón de Frankfurt de 1989 vistiendo una carrocería de 2 puertas de cierto carácter deportivo para no entrar en competencia con el buque insignia de la marca de Solihull, de carácter más opulento. A nuestro país llegaría en 1990, dejando para el año siguiente la llegada de la opción de 4 puertas a un incomprensible elevado precio.
Una de las causas por las que su desarrollo se realizó en un período tan corto de tiempo fue porque compartía numerosos elementos mecánicos con el Range Rover, como por ejemplo el chasis de largueros y travesaños y, por supuesto, su esquema de suspensiones. El tren delantero se componía de un eje rígido guiado por dos largos brazos longitudinales y una barra Panhard y sobre él se instalaban unos amortiguadores de doble efecto y unos muelles. El tren posterior recurría a un eje rígido guiado inferiormente por brazos longitudinales y superiormente por un tercer brazo central triangular y también incorporaba amortiguadores y muelles. Los eficaces y resistentes frenos se encomendaban a un sistema de 4 discos macizos servoasistidos.
Motor 200 TDi: el diésel que definió al Discovery original
En su lanzamiento incorporó un novedoso motor desarrollado por la propia marca Land Rover conocido con el nombre 200 TDi, que compartía medidas internas como la cilindrada, la carrera de los pistones y el diámetro de sus cilindros con el motor diésel que se fabricaba hasta entonces con el objetivo de aprovechar toda la maquinaria de producción y utillaje existente. Este nuevo propulsor de inyección directa y 4 cilindros situado longitudinalmente en el chasis de largueros tenía dos válvulas por cilindro accionadas por un solo árbol de levas ubicado en el bloque y estaba alimentado mediante una bomba rotativa Bosch y por un turbo Garrett T25 asistido por un intercooler.
Claramente mejoraba los motores diésel anteriores de la marca inglesa, proporcionando una potencia de 111 CV a 4.000 rpm y un par motor de 265 Nm a 1.800 rpm con el que podía llegar a rozar una velocidad máxima de 150 km/h. Elástico y con fuerza prácticamente desde el ralentí, el motor intentaba hacer lo posible para que el peso de 2 toneladas del conjunto pasase en cierto modo desapercibido, pero el cronómetro demostraba que las aceleraciones no eran su fuerte, dejándose unos 18 segundos en la prueba de 0-100 km/h. Otra de sus grandes virtudes eran sus aquilatados consumos, quedando el medio ponderado en unos 10 litros.
Motor 300 TDi: evolución, refinamiento y cumplimiento antipolución
Con el restyling de 1994 llegaría también el motor 300 TDi, una evolución que conllevaba profundos cambios internos, en el sistema de alimentación, en el de escape y en la culata para cumplir con las normas antipolución. Sus prestaciones apenas se vieron modificadas quedando el par motor en la misma cifra y su potencia en los 112 CV, por lo que sus prestaciones y sus buenos consumos tampoco se vieron influenciadas por los cambios. Donde se puso cierto empeño fue en el apartado dedicado a su insonorización y a la disminución de las vibraciones que llegaban al habitáculo.
Tracción total permanente y transmisión heredada del Range Rover
Conectado al motor 200 TDi había una caja de cambios de 5 velocidades de acertados desarrollos y buen manejo, pero con la primera y la marcha atrás en una posición poco agraciada al estar una al lado de la otra, llegando a provocar errores de selección. Con la incorporación del 300 TDi se instaló una nueva caja de velocidades de suave y precisa manipulación con la marcha atrás situada frente a la 5ª.
El Discovery heredó el sistema de tracción total que montaba el Range Rover hasta 1988, con los dos ejes conectados de forma permanente gracias al diferencial central bloqueable ubicado en la caja transfer de dos relaciones que repartía el par por igual entre ambos. Esta caja prescindía del acoplamiento viscoso que montaban las transmisiones instaladas en las versiones más actuales del todoterreno más ostentoso de la marca británica.
Interior del Land Rover Discovery: espacio, visibilidad y hasta siete plazas
Con una longitud ligeramente superior a los 4 metros y medio el Discovery disponía de un amplio y luminoso interior que podía transportar hasta a 7 personas, dos de ellas en un par de asientos supletorios ubicados en el maletero. A pesar de contar con una carrocería de dos puertas que no facilitaba el paso a las plazas traseras, estas no tenían ningún problema para acoger a tres personas fuera cual fuera su altura.
La llegada de la carrocería de 4 puertas en 1991 a un precio bastante superior junto con la motorización V8 de gasolina alimentada con un sistema de inyección electrónica solventarían los problemas de acceso e incorporarían un diseño del salpicadero más ergonómico. Desde su aparición la calidad de los materiales del interior y los acabados estaban a gran nivel, pero la posición de conducción con el volante y los pedales desplazados ligeramente a la izquierda no mejoró con el tiempo. Lo que también mantuvo fue la amplia superficie acristalada que aseguraba al conductor un amplio control de su entorno. Con respecto a su equipamiento, este fue mejorando con el tiempo en las versiones básicas que en un principio prescindían de toda asistencia eléctrica en ventanas y retrovisores e incluso de aire acondicionado.
Comportamiento dinámico: cómodo en carretera, referencia fuera del asfalto
Sus grandes dimensiones lo transformaban en un vehículo torpe para el entorno urbano, sobre todo en zonas de calles estrechas, además de tener cierta dificultad a la hora de entrar en algunos parkings por culpa de su elevada altura. Los andares del Land Rover Discovery en carretera se caracterizaban por tener una suspensión suave que beneficiaba en mayor medida el confort de marcha pero que en cambio no resultaba para nada efectiva en zonas de curvas donde su carrocería se sometía a grandes oscilaciones laterales.
Este handicap en el asfalto se convertía en una virtud fuera de él ya que su flexible suspensión se adaptaba al terreno de forma eficaz, garantizando el contacto y el mejor agarre de sus cuatro neumáticos. Y no es para menos, al contar con unos recorridos libres de rueda de más de 60 cm que lo convertían en una referencia en el segmento del 4×4.
La versión llegada en 1994 mejoraba su comportamiento en carretera al incorporar una barra estabilizadora de 25 mm de diámetro en el eje delantero y de 18,5 en el trasero. Esto incrementaba el aplomo y el guiado del Discovery, además de mitigar la inclinación en curva de la carrocería, pero en contrapartida empeoraba un poco la adaptación de los ejes con el terreno, quedando aun así el recorrido de las ruedas en unos meritorios 54 cm. Su mayor limitación en off-road provenía del gran voladizo posterior que dificultaba la salida de alguna que otra zona trialera que por lo general no requería el uso de la gama baja de relaciones gracias a la bondad de su motor en la zona baja del cuentarrevoluciones.
Land Rover Discovery en el Camel Trophy: fiabilidad probada en la aventura
Una muestra de la fiabilidad de este 4×4 se podía comprobar en los diferentes certámenes del Camel Trophy celebrados entre el 90 y el 97 donde año tras año se ponía a prueba un Land Rover Discovery casi de serie. Mecánicamente solo incorporaba un sistema de admisión tipo Snorkel y un necesario doble amortiguador en el eje trasero encargado de aguantar el peso extra de todo el equipo de supervivencia y aventura. Además incluía un cabrestante eléctrico, una defensa delantera y una jaula de seguridad interior a la que iba fijada exteriormente la baca de grandes proporciones que incluía 4 faros supletorios.


Javier Gutierrez
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