Hay restauraciones que son un lavado de cara y otras que son una resurrección, y lo que ha hecho Javier Navarro con el autobús de La Roncalesa pertenece de lleno a la segunda categoría. El tipo cogió un Hispano Suiza de siete toneladas y cien años que llevaba medio siglo sin que nadie se atreviera a arrancarlo, se encerró seis meses en su taller y lo devolvió a la carretera funcionando como el primer día. Cuando vi las fotos del proceso en su perfil de Instagram, no pude evitar quitarme el sombrero.
Lo que más me gusta de esta historia es que no la protagoniza una gran marca ni un museo con presupuesto millonario, sino un mecánico apasionado que documenta su trabajo en la cuenta @gaspeguigarage con el orgullo de quien sabe lo que tiene entre manos. Ahí están las imágenes del antes y el después, del despiece, de los mil detalles que la mayoría ni notaría.
Merece la pena echarles un vistazo, porque cuentan mejor que cualquier texto lo que significa currarse de verdad una pieza así. Uno mira esas fotos del proceso y entiende enseguida que detrás no hay un capricho rápido, sino meses de dedicación tozuda a una máquina que casi todo el mundo habría dado por perdida.
Este no es un artículo de ficha técnica y prestaciones, entre otras cosas porque un autobús que no pasa de 40 por hora no da para muchas emociones al volante. Es la historia de una máquina que se niega a morir y del artesano que se empeñó en devolverle la dignidad, un relato que tiene tanto de mecánica como de amor por lo que hacemos los que andamos metidos en este mundo del motor.
Un siglo de historia sobre cuatro ruedas
Para entender la magnitud de lo restaurado hay que retroceder cien años, hasta el origen de esta reliquia rodante. El autobús es un Hispano Suiza ligado a La Roncalesa, la empresa navarra que en 1926 estrenó la línea entre Pamplona y Donostia por el durísimo puerto de Azpíroz, con paradas históricas en Lekunberri y Tolosa. El trayecto duraba unas tres horas, una barbaridad para lo que hoy hacemos en poco más de una, y da idea de lo que suponía cruzar aquellas montañas en los años veinte.
El vehículo no era un simple transporte de viajeros, sino toda una institución ambulante con su propia jerarquía social a bordo. Había billete de primera por diez pesetas y de segunda por ocho y media, pero lo mejor era la llamada clase imperial, unos asientos metálicos en la baca, al aire libre, donde los más humildes viajaban apretujados junto al equipaje soportando el viento, la lluvia y el polvo de la carretera. Llevaba además un colgador delantero para la saca de Correos, porque el autobús hacía también de servicio postal entre los pueblos.
La biografía de este armatoste tiene incluso su capítulo bélico, de esos que marcan a una máquina para siempre. Durante la Guerra Civil fue confiscado para transportar militares entre los distintos frentes y bases, sometido a un abuso mecánico brutal que lo dejó tocado, y cuando terminó la contienda y se devolvió a la empresa en 1939, hubo que cambiarle el motor pocos meses después para poder sacarlo otra vez a carretera. Esa peripecia militar explica que el motor actual probablemente no sea el que salió de fábrica en Barcelona.
El autobús estuvo en activo hasta la década de 1960, aunque su última etapa fue de capa caída, y ahí hay un detalle que me parece entrañable. Cuando la mecánica empezó a acusar los años, la máquina se calentaba demasiado en los puertos y no llegaba bien a Donostia, así que la relegaron a una ruta secundaria por los pueblos del este de Navarra, más corta pero con muchas paradas. Todavía conservaba la cartelería de aquella última ruta cuando Navarro lo recibió, como una foto fija de su jubilación.
De chatarra sentimental a joya rodante
La supervivencia de este autobús es un milagro que tiene nombre y apellidos, y no son los del restaurador actual. Si el vehículo llegó hasta nuestros días fue gracias a Jesús Labayen, chófer, mecánico y luego gerente de La Roncalesa, además de socio número uno de Osasuna, que se empeñó en guardarlo cuando la lógica dictaba mandarlo al desguace como a tantos otros. Labayen vivió 103 años y dedicó buena parte de ellos a proteger el autobús, con aquella frase suya tan reveladora, la de que se encaprichó en guardarlo.
Hubo una primera restauración a caballo entre los noventa y el 2000, impulsada por el propio Labayen para el 75 aniversario de la ruta, pero conviene entender bien su alcance. Aquella intervención fue sobre todo cosmética, pintura y tapicería, un adecentamiento que dejó el autobús bonito pero muerto por dentro, incapaz de moverse por sus propios medios. Fue una labor de conservación digna y necesaria, que salvó la estética, aunque no tocó las tripas de la máquina ni le devolvió la capacidad de rodar.
La prueba de hasta qué punto seguía siendo una pieza inerte llegó en 2007, y es una anécdota que lo dice todo. Cuando el autobús participó en la inauguración de la estación de autobuses de Pamplona, tuvieron que llevarlo hasta allí subido a una grúa, porque sencillamente nadie se atrevía a conducirlo por miedo a que se rompiera de forma irreparable. Un vehículo precioso de ver pero condenado a la parálisis, una estatua con ruedas que no recordaba lo que era andar.
Ese era el punto de partida cuando la historia dio un giro inesperado, con el autobús puesto a la venta y un anuncio que acabó en las manos adecuadas. La unidad se ofreció por unos 100.000 euros, una cifra que según el propio entorno del proyecto el comprador final no pagó ni de lejos, y un coleccionista navarro decidió adquirirla para ponerla de nuevo en marcha. Ese coleccionista, que prefiere el anonimato, confió la titánica tarea a un mecánico que ya le había restaurado varios clásicos, y ahí es donde entra el verdadero protagonista de esta historia.
Seis meses soltando, limpiando y tocando sin miedo
Javier Navarro no es un restaurador cualquiera, sino uno de esos artesanos que se han hecho a sí mismos por pura pasión y necesidad. Empezó con los coches clásicos a los 18 años, venía del mundo de la hostelería, y montó su taller @gaspeguigarage hace apenas unos años porque descubrió que casi nadie quería meterse con vehículos antiguos, difíciles y sin repuestos a mano. Aprendió el oficio a base de práctica, soltando y tocando, y hoy acumula alrededor de medio centenar de clásicos restaurados, una cifra notable para un proyecto tan de nicho.
El autobús le llegó, cómo no, a través de un anuncio de Wallapop que alguien le mandó sabiendo que las matrículas navarras le vuelven loco. La filosofía con la que afrontó el trabajo la resume él mismo en una frase que me encanta, la de soltar, limpiar, mirar y tocar sin miedo, aplicando una especie de ingeniería inversa para entender cómo funcionaba una mecánica descatalogada hace ocho décadas. No se trataba de modernizar el autobús ni de llenarlo de piezas nuevas, sino de reacondicionar lo original para no perder la esencia de la pieza.
El inventario de lo que tocó, en sus propias palabras, pone en perspectiva lo que significan esos seis meses de trabajo casi enclaustrado. Desmontó todos los asientos y renovó la tornillería entera, arregló las ventanillas que no funcionaban y sus mecanismos, consiguió manillas con sus tacos y molduras que encajaran, montó pilotos y matrículas nuevas, pulió los cristales, y revisó ruedas, frenos, todos los tubos de aire y todos los metales del vehículo. Solo con esa lista uno ya se hace una idea de la paciencia de santo que hay detrás.
La parte mecánica fue la más exigente, porque ahí estaba la clave para que la máquina volviera a andar de verdad. Navarro puso a punto correas, bomba de agua, tubos de gasolina, aceites, filtros, agua y el enorme radiador, atacando de paso ese problema térmico histórico que tantos disgustos dio en los puertos, con un detalle de arqueología que me parece precioso, porque el autobús había perdido sus focos originales de Hispano Suiza y él se dedicó a buscarlos hasta dar con unos correctos, en lugar de conformarse con cualquier sustituto moderno.
Un trabajo de equipo con mucho oficio detrás
Aunque la cara visible del proyecto sea Navarro, una restauración de este calado no la saca adelante una sola persona, y él es el primero en reconocerlo. El colaborador más importante fue Denis Bainbridge, un vecino de Ororbia con pasado en el mundo de la amortiguación, experto en las partes más delicadas como la carburación, los relojes y los motores, sin cuya ayuda Navarro admite que no habría resuelto muchas de las dudas técnicas más peliagudas. Esa humildad de reconocer lo que uno no sabe es, para mí, señal de un buen profesional.
Alrededor del proyecto se tejió toda una red de oficios navarros que aportaron su granito de arena en las tareas más especializadas. En el apartado de acabado estético entró Miguel Villanueva, del perfil @whitedetail, dedicado al detailing de clásicos, que se encargó de pulir y sacar brillo a la pintura sin necesidad de un repintado integral, respetando la que ya lucía el autobús desde los noventa. Su trabajo fue de corrección y presentación, el toque final que hace que una pieza recuperada luzca como merece.
La carpintería tuvo un papel más importante de lo que parece, porque un autobús de esta época es en buena parte una estructura de madera. Cuando Navarro dice que le cambió las maderas, no habla de un detalle menor, sino del esqueleto sobre el que se sujeta toda la carrocería, un trabajo de ebanistería fina en el que encaja la colaboración de Carpintería Orla, de Mutilva Baja. Reconstruir ese costillaje de madera maciza es lo que devuelve rigidez al conjunto y permite que las pesadas ventanillas vuelvan a subir y bajar como Dios manda.
El resto de la nómina completa un cuadro de artesanía local que da gusto ver en estos tiempos de talleres despersonalizados. Pinturas Navarlaz aportó soporte en los trabajos de pintura y protección, y ARM Homologaciones se encargó de la parte más ingrata pero imprescindible, la del papeleo técnico para que el autobús pudiera legalizarse y volver a circular. Cada uno arrimó el hombro en lo suyo, y el resultado es un ejemplo de cómo el saber hacer repartido por un territorio puede resucitar una joya que parecía condenada.
Volver a rodar dentro de la ley
Devolverle el movimiento a la máquina era solo la mitad de la batalla, porque la otra mitad se libraba en las oficinas de tráfico. Conseguir que un vehículo de hace un siglo, sin dirección asistida ni intermitentes ni la mitad de lo que hoy es obligatorio, pueda circular legalmente por carreteras modernas exige pelearse con la burocracia, y ahí fue clave el nuevo Reglamento de Vehículos Históricos que rige en España desde octubre de 2024. Esa norma es la que permite catalogar como histórica una pieza así y adaptarle las exigencias técnicas a su antigüedad.
El autobús pasó la ITV como vehículo histórico, aunque con las lógicas excepciones que corresponden a una máquina de su edad. Navarro lo explicó con claridad, y es que la inspección se la concedieron para ser histórico y con la condición expresa de que no vaya a hacer una línea regular de viajeros. La ley protege estas piezas y les perdona la falta de equipamiento moderno, pero a cambio les prohíbe explotarlas comercialmente como en sus tiempos, algo que tiene toda la lógica del mundo.
Esa limitación, lejos de condenar el autobús a la quietud, le abre un futuro la mar de interesante como pieza de exhibición y recreación histórica. Su primer destino tras recuperar la aptitud para circular fue, precisamente, un rodaje cinematográfico en Bilbao, porque una máquina así es oro puro para ambientar cualquier producción de época. La normativa ampara perfectamente ese uso ocasional, el patrimonial y el de coleccionista, que es exactamente el papel que le corresponde a estas alturas de su longeva vida.
Hay una decisión de fondo en toda esta restauración que me parece especialmente acertada, y es la de respetar la historia del vehículo tal cual ha llegado. El autobús no luce como en 1926 sino como quedó tras la reforma de carrocería de 1957, y Navarro ha respetado esa fisonomía en lugar de inventarse una reconstrucción del aspecto original que habría sido un falso histórico. Mantener las capas que el tiempo ha ido dejando, con sus cambios de motor y de carrocería, es entender que un vehículo así es un documento vivo y no una maqueta congelada.
¿Qué tiene de especial esta historia?
Podría parecer que tanto esfuerzo por un cacharro que no pasa de 40 por hora es una excentricidad de coleccionista, pero quien piense eso se pierde lo esencial. Lo que Navarro y su equipo han hecho va mucho más allá de reparar un vehículo viejo, porque han rescatado un pedazo tangible de la historia de Navarra, una máquina que conectó pueblos, movió gente y correo, sobrevivió a una guerra y presenció un siglo de cambios sin dejar de ser ella misma. Eso no tiene precio ni se mide en caballos.
En una época en la que todo tiende a lo desechable y los coches se convierten en electrodomésticos con pantallas, ver a alguien dedicar seis meses de su vida a que un motor centenario vuelva a combustionar es un acto casi de rebeldía. Es reivindicar que las cosas bien hechas merecen perdurar, que hay un valor en lo analógico y lo artesanal que ninguna actualización de software podrá replicar jamás. Por eso me quito el sombrero ante gente como Navarro, que mantiene vivo un oficio que se muere.
La mejor manera de apreciar lo que ha logrado es asomarse a su cuenta de Instagram, donde ha ido documentando todo el proceso con imágenes que valen más que mil descripciones técnicas. En @gaspeguigarage se ve el autobús despiezado, los detalles del trabajo, el antes y el después, y sobre todo se palpa el cariño con el que ha tratado cada tornillo de esta reliquia. Os animo a visitarlo, porque apoyar a estos artesanos empieza por reconocer y difundir lo que hacen.
Al final, esta es una historia sobre la memoria y sobre la gente que se niega a dejar que se pierda, encarnada en un autobús azul que volvió a rugir cuando ya nadie lo esperaba. Que una pieza así ruede de nuevo, aunque sea despacio y solo para rodajes o exhibiciones, es una pequeña victoria contra el olvido, y se lo debemos a un mecánico que un buen día decidió atreverse con lo que otros consideraban imposible. Ojalá cunda el ejemplo y sigan apareciendo locos maravillosos dispuestos a resucitar nuestra historia sobre ruedas.
Un autobús de cien años volviendo a la carretera por el empeño de un artesano es de esas cosas que le devuelven a uno la fe en este mundillo, porque demuestra que todavía queda gente para la que un vehículo no es un número en una hoja de cálculo sino una historia que merece seguir contándose, así que si algo he aprendido admirando el trabajo de Gas Pegui Garage con este Hispano Suiza de La Roncalesa es que la pasión y la paciencia pueden más que el óxido y el olvido, y que mientras existan manos dispuestas a soltar, limpiar y tocar sin miedo, nuestro patrimonio rodante tiene el futuro asegurado.


Jose Manuel Miana
Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.