El Toyota Carina E 2.0 i.e. automático era pragmatismo puro con ruedas. No tenía un diseño emocionante, ni unas prestaciones espectaculares, tampoco ofrecía una conducción adictiva; sin embargo, lo que sí tenía era lógica y coherencia. Vestido con un traje sencillo y funcional, estaba animado por un conjunto motor-transmisión fiable, agradable de usar y con un funcionamiento general que ya querrían para sí muchos rivales de la época.
La difícil adaptación del coche japonés al gusto europeo
Los años 90 fueron importantes por muchas cosas, pero, entre todas ellas, destacó la adaptación de los fabricantes japoneses al mercado europeo tras muchos intentos fallidos. Cada región del globo tiene sus gustos y sus peculiaridades que, por lo general, no siempre encajan en otra parte. Esto suele ser un gran escollo cuando se busca exportar automóviles, lo que obliga a las marcas a tener que adaptar y repensar sus productos. Es algo que los nipones aprendieron a base de prueba y error, aunque ya se sabe que los japoneses, tan aplicados como son, acabarían por encontrar el camino.
Y lo hicieron, vaya si lo hicieron. Se dieron cuenta de que, para entender a los conductores del Viejo Continente, había que diseñar y fabricar en Europa, bajo los estándares de Europa. Parece una idea sencilla y lógica, pero no lo era tanto. Solo piensa en los televisores: Japón exportaba sus productos electrónicos sin apenas cambios, más allá de los necesarios para un correcto funcionamiento técnico. Pero un coche no es un electrodoméstico –o no lo era en los 90–; aquí influían factores muy subjetivos: el tacto de los mandos, los ajustes de los materiales, el espacio interior o el comportamiento dinámico.
Una de las marcas que más sufrió para adaptarse a este entorno fue Toyota. La firma nipona ya era un gigante global por entonces, pero en Europa se enfrentaba a un auténtico muro cultural y técnico. Sus coches eran alabados por su fiabilidad mecánica, pero sufrían para conectar con el público: se les tachaba de falta de carácter, de diseños insulsos y de un aprovechamiento del espacio interior que no terminaba de convencer frente a los reyes del segmento de las berlinas, como el Volkswagen Passat, el Ford Mondeo o el Opel Vectra. La solución fue drástica y efectiva: levantar la factoría de Burnaston en el Reino Unido.
Toyota Carina E: Diseñado en Europa para el Viejo Continente
El resultado de este cambio de rumbo fue el Toyota Carina E –donde la «E» hacía referencia explícita a Europe–. Se trataba de un producto desarrollado bajo premisas europeas para satisfacer las exigencias de nuestros mercados. Esta estrategia permitía a la marca combinar las virtudes tradicionales de la tecnología y fiabilidad japonesa con un diseño y un espacio interior alineados con los estándares del segmento D europeo.
La acogida fue buena, muy buena para lo que había visto la marca hasta el momento, aunque algunas cosas, como el diseño sobrio o la falta de garra, seguían presentes en el modelo de la firma nipona.
Sin embargo, el saber hacer de la marca permitió demostrar, con algunas versiones, cómo se debían hacer las cosas. Una de ellas era el Carina E 2.0 i.e. automático. Un coche que potenciaba el confort de conducción con una transmisión automática que fue elogiada en varias ocasiones por la prensa especializada de la época. Lo mejor de todo es que no recurría a soluciones complejas ni a revoluciones tecnológicas; todo en él era bastante convencional.
Ni un diseño emocionante, ni una conducción adictiva. El Carina E 2.0 i.e. automático no necesitaba fuegos artificiales; le bastaba con una fiabilidad indestructible y una suavidad de marcha que ya querrían para sí muchas berlinas actuales
Motor y caja de cambios por convertidor de par
Bajo el capó se encontraba un bloque de cuatro cilindros atmosférico de 1.998 centímetros cúbicos, con doble árbol de levas en culata e inyección electrónica con 133 CV a 5.800 revoluciones y 18,7 mkg a 4.600 revoluciones. A su vez, la caja de cambios era por convertidor de par con cuatro relaciones, con un desarrollo en cuarta de 37,03 kilómetros por hora a 1.000 revoluciones, cuyo funcionamiento, según revistas como Coche actual, era más que ejemplar. En una de las pruebas realizadas por la mencionada revista, afirmaban que pocos cambios automáticos eran más suaves y con una gestión tan conseguida, como el montado por el Carina E 2.0 ie.
Prestaciones, consumos y comportamiento dinámico
Las mediciones de la prensa eran bastante buenas para un coche con cambio automático en los 90. Los 400 metros con salida parada se hacían en 17,8 segundos, el 80 a 120 kilómetros por hora se completaba en 8,4 segundos y el 0 a 100 kilómetros por hora se lograba en 10,9 segundos. Además, alcanzaba los 200 kilómetros por hora y el consumo medio rondaba los 7,5 litros cada 100 kilómetros, que no estaba nada mal para un coche de su tipo.
No todo eran luces: los puntos débiles del Carina E
Como cabría esperar, la berlina anglo-japonesa también tenía sus sombras. El punto más criticado por los probadores fueron los frenos traseros de tambor, un detalle de ahorro de costes difícil de justificar cuando sus rivales más directos ya montaban discos en las cuatro ruedas.
Por otro lado, aunque la dirección era sensible y obediente, la puesta a punto del chasis dejaba entrever una zaga algo elevada que tendía a insinuarse en zonas de curvas si se conducía de forma alegre o no se prestaba el cuidado suficiente.
Tampoco era un coche precisamente barato. Toyota pedía por él 3.262.000 pesetas en 1995. Aunque la cifra se situaba en la línea de sus competidores europeos, pagar esa cantidad por una marca que aún se estaba ganando el estatus en el continente requería una compra muy cerebral. Una compra basada, precisamente, en ese pragmatismo puro que el Carina E dominaba como nadie.


Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".