El nuevo Lancia Ypsilon Turbo 100 llega al mercado con una configuración que, tal y como están las cosas, no parece tener mucho sentido. De entrada, se ofrece con cambio manual, casi un rara avis hoy día, y se combina con un motor de potencia “contenida” para lo que anuncia los fabricantes desde hace tiempo. Aunque no por eso renuncia a tener encanto. De hecho, quizá ahí esté su principal virtud: es un coche de los que no necesitan exageraciones, su objetivo es claro: sentido común en un mundo sin sentido común, que le ayude a multiplicar las ventas.
Una declaración de principios con tres pedales
Lancia sabe que su nombre todavía pesa, incluso aunque su realidad comercial haya sido mucho más discreta de lo que merecería. Por eso el regreso de una versión de gasolina con cambio manual tiene algo de gesto simbólico, casi de declaración de principios. En un mercado que parece entregado en exceso al automatismo, al eléctrico puro o a la hibridación como única respuesta válida, ver un compacto pequeño con tres pedales y motor turbo no deja de tener un punto reconfortante.
Aunque no parece compleja, la receta del Ypsilon Turbo 100 sí está bien pensada. Motor de gasolina –100 CV y 205 Nm–, cambio manual –seis relaciones–, tamaño contenido y un precio de acceso que lo coloca en una zona más terrenal que la de muchos de sus rivales. No pretende ser un coche de postureo tecnológico ni una rareza para entusiastas puristas. Más bien parece querer recuperar esa idea tan sana de coche pequeño más o menos coherente, agradable de usar y lo bastante digno como para que comprarlo no se sienta como una renuncia.
Este planteamiento encaja bastante bien con el momento de la firma italiana. La marca lleva tiempo intentando reconstruir su identidad con una mezcla de herencia, diseño y un cierto aire premium que no siempre se expresa de la misma manera en cada modelo. El Ypsilon, en ese sentido, tiene bastante peso dentro de la estrategia porque es uno de los coches que más claramente puede conectar con un público amplio sin perder el aura que Lancia necesita para seguir existiendo como algo reconocible.
El Ypsilon Turbo cien no busca revolucionar el segmento, sino recuperar esa receta olvidada del coche pequeño, ligero y bien resuelto para el día a día
Más participación al volante
También hay un mérito de fondo en esta versión. No se trata solo de ofrecer una alternativa mecánica más; se trata de devolverle al Ypsilon una forma de relación más directa con el conductor. El cambio manual modifica el ritmo, altera la forma de entender el trayecto y, en coches así, cambia incluso la percepción de valor. No porque sea mejor en términos absolutos, sino porque añade una capa de participación que cada vez resulta más rara en este tipo de automóviles.
Respecto a la factura, una tarifa en torno a los 21.200 euros también ayuda a entender la jugada. No estamos ante un coche de capricho ni ante un producto pensado para coleccionistas de rarezas. Es una propuesta de acceso con un punto de estilo y cierta voluntad de diferenciarse, algo que Lancia necesita mucho más que otra cifra vistosa u otra promesa de marketing. Si el coche funciona en uso real, puede convertirse en una de esas versiones que dan coherencia a una gama.
Resistencia frente a la uniformidad
Más allá de buscar una revolución, lo interesante es que el Ypsilon Turbo 100 no la necesita. Basta con que sea un coche sensato, agradable y bien resuelto. Y en un mercado en el que muchas novedades parecen diseñadas para impresionar durante tres minutos y olvidarse al cuarto, un modelo pequeño con motor de gasolina y cambio manual tiene casi algo de resistencia romántica.
No solo de novedades vive la marca. Lancia, al fin y al cabo, necesita coches que devuelvan la sensación de que sigue habiendo sitio para ella entre tanto producto correcto y tan poca emoción. Este Ypsilon no va a cambiarlo todo, pero sí puede aportar una dosis muy bienvenida de normalidad con carácter. Y en los tiempos que corren, eso ya es bastante, puede que sea, incluso, lo que hace falta.


Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".