En el Salón de Fráncfort de 1989, Opel sorprendió a expertos y profanos de la industria del automóvil con un vehículo que sustituiría al, hasta entonces deportivo de la casa, Opel Manta. Salvo marcas de automóviles de representación europeas o japonesas, el mercado español no tenía alternativas asequibles provenientes de marcas generalistas. El éxito del Calibra fue tan grande que triplicó lo esperado por la marca, siendo la versión más vendida la protagonista de este artículo.
Aerodinámica de récord: el secreto del 0,26
Derivado de la berlina Vectra, Opel utilizaría su misma base para desarrollar una carrocería de dos puertas minuciosamente estudiada como para conseguir un memorable coeficiente aerodinámico de 0,26. En su diseño se tuvo en cuenta las formas redondeadas del frontal y la altura con respecto al suelo de su faldón, las entradas de aire al vano motor y sobre todo un especial cuidado en la zona trasera de la carrocería. Ese coeficiente aerodinámico solo lo cumplía esta versión gracias a sus neumáticos de menor sección (195/60-14″) y a que la entrada superior de aire estaba bloqueada, quedando solamente abierta la inferior con el objetivo de refrigerar el motor.
Bastidor y esquema de suspensiones
Como comentaba anteriormente, el bastidor derivaba del Vectra y no era una estructura especialmente rígida, influyendo negativamente en la estabilidad del coche cuando se le sometía a conducción deportiva. La suspensión delantera se componía de unas columnas MacPherson guiadas inferiormente por brazos articulados transversales, mientras que la suspensión trasera estaba formada por unos brazos de arrastre sobre los que trabajaban unos amortiguadores y unos muelles ubicados en ubicaciones diferentes. En ambos ejes se montaban barras estabilizadoras. La potente y modulable frenada servoasistida se encomendaba a un par de discos ventilados delanteros de 256 milímetros de diámetro y a otro par de discos macizos traseros de 260 milímetros, ayudados todos ellos por un sistema ABS.
El motor de 8 válvulas: elasticidad ante todo
Lo propulsaba un voluntarioso motor de cuatro cilindros en línea ubicado transversalmente bajo el capó, de 1.998 centímetros cúbicos y con el bloque construido en fundición. En la culata fabricada en aluminio se emplazaba el único árbol de levas accionado por correa dentada, encargado de mover las dos válvulas de cada cámara de combustión. Alimentado por inyección electrónica, este motor proporcionaba una potencia de 115 CV a 5.600 rpm y un contundente par máximo de 170 Nm a 2.300 rpm. Su cifra de potencia puede que no fuese nada del otro mundo si tenemos en cuenta que el Calibra era un coupé de aproximadamente 1.200 kilogramos y de supuestas pretensiones deportivas, pero el secreto del propulsor residía en su gran elasticidad. Bajo el pie derecho del conductor yacían como mínimo 140 Nm entre las 2.000 rpm y las 5.000 rpm que evitaban el uso continuo del cambio, de manejo preciso pero algo lento. Cualquier intención deportiva por querer llevarlo alto de vueltas era completamente innecesaria y nada fructífera.
Prestaciones y consumos en carretera
Puede que Opel tuviese alguna que otra asignatura pendiente a la hora de desarrollar bastidores, pero en lo respectivo a motores, estos eran tremendamente fiables y robustos. El motor de ocho válvulas hacía que el coche alemán consiguiese llegar hasta los 203 kilómetros por hora y realizase el 0 a 100 kilómetros por hora en unos 10 segundos. Son cifras realmente buenas, que se justifican gracias al buen trabajo realizado en su aerodinámica y en lo bien escalonada que estaba su caja de cambios de cinco velocidades, encargada de mover las ruedas delanteras. Teniendo en cuenta que era un coche que se podría englobar dentro de los Gran Turismo por su capacidad para rodar a altas velocidades durante grandes períodos de tiempo, su consumo medio de 8,5 litros cada 100 kilómetros no estaba del todo mal.
Habitabilidad y ergonomía interior
Un coupé de cuatro plazas no era precisamente lo más común en el mercado a comienzos de la década de los 90, teniendo la mayor parte de ellos unas plazas traseras solo hábiles para niños o personas de baja estatura. Aun así, estas plazas presentaban cierto límite de altura a sus pasajeros. Además de la encomiable habitabilidad interior y a pesar de incorporar muchos elementos del Vectra para mantener un precio competitivo, el interior del Calibra poseía una gran calidad de materiales y de acabados, un buen aislamiento acústico y una buena ergonomía. En su equipamiento no faltaba ni el aire acondicionado ni la computadora de a bordo, aunque esta última bien se podría haber ubicado más cerca del puesto de conductor. Este se caracterizaba por la buena disposición de los mandos y por unos asientos deportivos a los que les faltaba algo de sujeción lateral.
Comportamiento dinámico: luces y sombras
El Calibra era más Gran Turismo que deportivo y eso se dejaba notar por el carácter trotón de su motor, con capacidad para mantener altas velocidades de crucero sin tener que maltratarlo con altos regímenes de giro. El coche alemán mantenía un comportamiento neutro en carreteras de amplio trazado y a velocidad constante, pero ese buen andar se veía influenciado por la falta de rigidez de su bastidor. Este efecto se veía claramente cuando pasaba por asfalto bacheado en pleno apoyo lateral, produciendo cierta falta de precisión direccional y una falsa sensación de inestabilidad al conductor. En zonas de curvas, esa flexibilidad del bastidor influía negativamente en el límite de adherencia del tren delantero, produciendo como consecuencia un subviraje que se potenciaba en asfalto mojado.
El contexto del mercado en 1992
Con un precio de 18.000 euros, en 1992 pocos podían competir con el Opel Calibra, aunque ese mismo año hizo aparición el Rover 216 Coupé con un competitivo precio de 16.800 euros, pero con una habitabilidad interior claramente inferior. La otra opción medianamente accesible era la del Volkswagen Corrado 16V, más caro (21.500 euros) pero también más potente (136 CV).


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Javier Gutierrez
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