El Porsche 928 GT apareció en la gama en 1989 con el objetivo de ocupar el hueco que había entre el 928 S4 y el radical 928 Clubsport. Para entonces, el modelo llevaba en el mercado desde 1978 y los rivales habían mejorado notablemente, lo que obligó a la firma alemana a darle un nuevo impulso al coupé con una versión que apostaba por la deportividad, pero sin olvidar cierto grado de refinamiento.
Los años 80 se caracterizaron por el frenesí de la cultura del éxito inmediato y una ostentación casi obligatoria, que poco a poco comenzó a diluirse para dejar paso a unos años 90 algo más sobrios y tecnológicos. España se preparaba para su gran puesta de largo con la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, un momento de optimismo donde el dinero fluía y las autovías empezaban a dibujar un mapa de velocidad sin apenas restricciones; no había radares de tramo, ni drones, ni una conciencia social tan punitiva con la velocidad. Quien disfrutaba de una buena situación social lo demostraba en autopista volando por el carril izquierdo a los mandos del coche más potente que pudiera permitirse.
Adiós a la era Turbo y el regreso a los grandes motores atmosféricos
Eran tiempos de cambio, tiempos de mucho optimismo y tiempos de coches deportivos. Las carreteras y los usuarios ya sabían lo que era tener coches con motores turbo: Renault 5 GT Turbo, FIAT Uno Turbo, Ford Sierra RS Cosworth, Ferrari F40, Porsche 930 Turbo… Era tecnología de competición puesta en la calle y eso, a la gente, le gustaba. Pero para finales de los 80 y comienzos de los 90, el turbo dejaba paso, nuevamente, a los motores atmosféricos de elevado cubicaje, algo que dejaba todavía más claro el poder adquisitivo de quien lo conducía. Coches como el Mercedes 500 SL o el BMW 850i tomaban protagonismo en un mundo donde todo parecía ir a mejor.
Con un panorama semejante, llamaba poderosamente la atención que un modelo como el Porsche 928 todavía fuera capaz de mantener el tipo sin inmutarse. Había aparecido en 1978 y ese mismo año logró hacerse con el galardón al Mejor Coche del Año en Europa, el primer y único coche deportivo en ser premiado con dicho título. Pero, por bueno que fuera, el tiempo siempre pasa factura y en Stuttgart lo sabían. No obstante, en lugar de retirar al 928 del catálogo y poner otro modelo más moderno en su lugar, decidieron que todavía podía aguantar un poco más y, en 1989, lanzaron el Porsche 928 GT, una vuelta de tuerca al mismo modelo de finales de los 70, pero al contrario que los nuevos rivales, con una clara apuesta por la conducción pura y dura.
V8 de 330 CV: Ingeniería de Stuttgart al servicio del conductor
Mientras Mercedes y BMW hacían gala de lujo, refinamiento y el confort de un cambio automático, que empezaba a imponerse por entonces en los coches de alta gama, el 928 GT llegó con la única opción de un cambio manual de cinco relaciones de tacto duro y mecánico, para gestionar el poderío de un motor que, a pesar de su veteranía, era capaz de superar en potencia a todos los que se ponían a su lado. Se trataba de un V8 de aspiración natural con 4.957 centímetros cúbicos –los pistones tenían un diámetro de 100 milímetros– con dos árboles de levas en culata, cuatro válvulas por cilindro e inyección Bosch, que rendía para la ocasión 330 CV a 6.200 revoluciones y 430 Nm a 4.100 revoluciones.
Con la llegada de la versión GT, el 928 mejoraba su equilibrio entre carácter y confort
Un deportivo “con manos” y un precio de exclusividad absoluta
Por aquellos años los asistentes electrónicos eran cosa de ciencia ficción y pocos presumían de cosas como el control de tracción y, ya no digamos, control de estabilidad. La gestión de esos 430 Nm de par se encomendaba, por tanto, al mencionado cambio manual, a unas suspensiones de tarados duros, al famoso eje Weissach y a un diferencial trasero de deslizamiento limitado de control electrónico –el conocido como PSD–. De todas formas, incluso así, la prensa de la época destacaba que sus reacciones eran relativamente violentas y no era un coche para cualquiera; el Porsche 928 GT era un deportivo solo indicado para conductores “con manos”.
Además, y como dato curioso, al 928 GT se le achacaba una posición de conducción poco ergonómica, con un volante muy bajo y cerca de las piernas del conductor. Eso hacía que no fuera todo lo cómodo que se desearía y complicaba un poco la gestión de tanta caballería. Un detalle, seguramente, nimio para aquellos que podían gastar en un coche 14.467.000 pesetas, unos 86.950 euros de 1989 –si sumamos inflación, hablaríamos de 253.025 euros de 2026–.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".