El Ford Focus 1.8 TDCi podría considerarse como la opción más lógica en la gama. La potencia era suficiente, los consumos muy bajos y el precio, desde 19.015 euros, suficientemente interesante para convertirse en uno de los preferidos de los usuarios. Y estuvo cerca, todo sea dicho, no en balde, el Focus MK2 fue uno de los mejores compactos de su generación.
El peso de ser el mejor
Cuando un coche llega a las tiendas, todo, absolutamente todo —o casi—, está calculado. Se invierten miles de millones de euros en el desarrollo del producto, que incluye estudio de mercado, análisis de competencia, investigación sobre gustos y modas… Y para ello se necesitan, aproximadamente, unos cuatro años. Es el tiempo medio que se emplea para la creación de un nuevo automóvil y si algo sale mal, puede ser una catástrofe, ya que se pone en peligro la inversión realizada y obligaría a realizar más gastos para mejorar el producto y que sea competitivo.
A veces, las cosas salen bien, mejor de lo esperado, algo que se celebra durante la vida comercial del producto, pero que se sufre cuando hay que renovarlo. Y sí, sufrir es la palabra indicada, porque suele ser complicado mejorar algo que ya es bueno y, sino, que se lo diga a Ford. Lanzaron la primera generación del Focus a finales de los 90 para reemplazar al Escort, un coche cuyo final de vida comercial no fue tan glorioso como sus logros en competición o como la imagen que dejaron las primeras entregas del modelo. Pronto se colocó como uno de los mejores compactos que se podían comprar y las ventas eran casi imparables. Sirva el dato para ilustrar: el Ford Focus fue el coche más vendido del mundo en 2001 y 2002.
Un segmento sin cuartel
La segunda generación, aparecida en 2005, tenía, por tanto, las cosas complicadas. Había que mejorar lo que ya era bueno —muy bueno— y tenía que pelear en un segmento que se había vuelto extremadamente competitivo. Para entonces, los rivales del Focus MK2 habían alcanzado un nivel más que respetable: Volkswagen Golf V, SEAT León 1P —segunda generación—, Citroën C4, Peugeot 308… El Focus debía mantener el mismo nivel que la primera entrega y ser capaz de salir airoso de sus peleas con los gallitos del corral.
Sin embargo, aunque criticado por su diseño en algunos círculos, el Ford Focus MK2 logró lo que tenía que lograr. Mantenía su posición de referencia en cuanto a las capacidades y comportamiento del chasis —el eje trasero multibrazo era clave— y no perdió terreno en calidad general o en prestaciones, aunque aquí hay que destacar algo en concreto: el motor 1.8 TDCi de 115 CV. Este motor, estrenado en la primera generación, era el más coherente de toda la gama, tanto por capacidades como por consumos.
Al contrario que el resto de motores turbodiésel de la gama, de origen PSA, el bloque 1.8 TDCi era 100% Ford
El motor más coherente de la gama
El Ford Focus 1.8 TDCi era un coche muy recomendable, sobre todo si tenemos en cuenta lo que decía la prensa de la época. El propulsor había sido estrenado en la primera generación y se quedaba a medio camino con respecto a las nuevas generaciones. Tenía 1.753 centímetros cúbicos, una culata sencilla —un árbol de levas y dos válvulas por cilindro—, inyección por raíl común, turbo de geometría fija e intercooler. Rendía 115 CV a 3.700 revoluciones y 28,6 mkg a 1.900 revoluciones, que tenían que mover un cambio de cinco marchas con desarrollos bastante coherentes —la quinta se iba hasta los 48,13 kilómetros por hora a 1.000 revoluciones— y un peso oficial de 1.260 kilos.
Se quedaba a medio camino porque sus rivales más directos contaban con motores de 1,6 litros más modernos, evolucionados y mucho más suaves, aunque más complejos, para las mismas cifras, mientras que el siguiente escalón en potencia ya hacía necesario recurrir a dos litros de cubicaje. Es decir, por prestaciones estaba plenamente vigente; por técnica y tecnología, se quedaba ligeramente por detrás, aunque en el día a día apenas lo parecía. La prensa de la época tildó el motor como muy lineal, tanto que parecía acelerar menos que sus rivales —aunque las mediciones mostraban lo contrario—. No tenía turbo de geometría variable, así que tenía cierto lag con el que ganaba carácter, pero se veía perjudicado en algunas situaciones.
Prestaciones y precio
Aunque veterano, el motor del Focus 1.8 TDCi era muy capaz. Según registros de la revista Autopista, podía acelerar de 0 a 140 kilómetros por hora en 22,90 segundos, más rápido que algunos rivales directos, mientras que el 0 a 1.000 metros en 32,54 segundos se quedaba en la media. Las recuperaciones se situaban algo por detrás —400 metros desde 50 kilómetros por hora en quinta en 19,40 segundos— y los adelantamientos mantenían el nivel en la media del segmento —80 a 120 kilómetros por hora en quinta en 13,27 segundos—.
El Ford Focus 1.8 TDCi era uno de los más recomendables de su clase, pero no era el más barato —eso quedaba en manos del Kia Cee’d 1.6 CRDi—. La marca pedía 19.015 euros, que podían subir hasta los 20.915 euros según acabados. La lista de equipamiento incluía cuatro airbags de serie, climatizador, control de crucero, espejos laterales eléctricos, sensor de lluvia y ABS. Sin embargo, el control de estabilidad era opción —650 euros— y también lo era el sensor de aparcamiento —430 euros—, detalles que a ese precio resultaban difíciles de justificar.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS