El Bentley Arnage T fue el primer Bentley del Siglo XXI, según algunas revistas. En realidad, no se trataba de un coche completamente nuevo, pero sí representaba un planteamiento distinto y un adelanto del futuro de la marca. Más deportividad, más prestaciones, pero manteniendo el cuidado por el lujo, la calidad y los detalles. Tras años bajo el control de Rolls-Royce, la llegada de Volkswagen le permitió a Bentley recuperar su verdadera personalidad y marcar el inicio de una era moderna.
Los Bentley, al igual que los Rolls-Royce, son coches que se rigen por sus propias normas. Los lanzamientos siguen un ritmo distinto, la adopción de tecnología se regula según el lujo y la funcionalidad, y los motores son casi un mando aparte. En cuanto a los diseños, es cierto que a partir de principios del Siglo XXI empezaron a presentar formas menos monolíticas y más dinámicas, pero hasta aquel momento todavía mantenían esa imagen rotunda a base de líneas rectas, volúmenes cuidados, proporciones equilibradas y rasgos que potenciaban la sensación de un coche caro, potente y lujoso: el clásico “coche aristocrático”.
El Bentley Arnage T pertenece a esa línea de modelos que todavía conservaban esas características marcadas. Solo verlo se percibe que no es un automóvil vulgar; aunque alguien no sepa muy bien por qué, lo notará enseguida. Incluso resulta relativamente sencillo diferenciarlo del Rolls-Royce Silver Seraph, su hermano gemelo más elitista. Ambos coches se dieron a conocer a finales de los años 90, concretamente en 1998, aunque con diferencias importantes: el Silver Seraph contaba con un V12 de origen BMW, mientras que el Arnage T montaba un V8 de 6,75 litros sobrealimentado por dos turbos.
Clasicismo, elegancia, pero brutalidad mecánica gracias a más de 800 Nm a poco más de 3.000 revoluciones
Aunque algunos dicen que este propulsor V8 era de origen BMW, en realidad se trataba del venerable V8 de Bentley, sometido a una revisión profunda. El 50% de sus componentes eran nuevos y el 80% restante había recibido algún retoque: pistones, bielas, árboles de levas, válvulas, culatas… Incluso los colectores de admisión y escape eran nuevos. Todo esto convertía al Arnage T en uno de los sedanes más rápidos de su época, capaz de entregar 450 CV a 4.100 revoluciones y un brutal par de 875 Nm a 3.250 revoluciones, enviados a las ruedas traseras mediante un cambio automático de cuatro relaciones, con una cuarta larguísima que permitía 59 km/h a solo 1.000 revoluciones. Poderío suficiente para mover con soltura los 2.585 kilos del conjunto.
Las prestaciones, con semejantes cifras, eran de órdago. El Arnage T alcanzaba los 270 km/h de velocidad máxima, aceleraba de 0 a 100 km/h en 5,8 segundos y de 0 a 160 km/h en 13,4 segundos. Todo esto, eso sí, acompañado de consumos espectaculares: en ciudad podía rondar los 30 litros cada 100 km, con una media de 20,4 litros y un depósito de 100 litros. Teniendo en cuenta sus 5,40 metros de longitud y 1,93 metros de anchura, pocas sorpresas había.
En marcha, como cabría esperar, el aplomo era elevadísimo, al igual que la estabilidad, la sensación de control y la desconexión con el exterior. El aislamiento del habitáculo era abrumador y las suspensiones mantenían la carrocería bajo control en todo momento, sin esfuerzo aparente. Conducir un Arnage T es sentirse al mando de un coloso sereno: poderoso, refinado y sorprendentemente ágil para su tamaño. Es un coche que impone respeto y admiración a partes iguales, un verdadero Bentley en esencia y forma, capaz de combinar la deportividad de sus nuevas aspiraciones con el lujo y la elegancia que siempre han definido a la marca.


1
Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS