Voy de a pie. Es de noche, si la memoria no me falla. Y entonces, el frontal. Sin detener el paso, pero ralentizándolo, le clavo la mirada, voy girando la cabeza a la derecha, yendo hacia la zaga con la certeza de que, sobre el portón, se leerá Jeep. No está de más confirmarlo, pero es ese pionero SUV americano, no hay dudas. El frontal… “Wagoneer”, dije con seguridad, sin pensarlo dos veces. Nunca más volvía a hablar durante esos segundos. No recuerdo el último avistamiento, así que es todo un placer, como quien rodea con reverencia. No, no con reverencia, con gentileza, caballerosidad.
Fue aquel un salto al primer Jeep Wagoneer. Inconfundible, más todavía entre el resto de las generaciones del modelo de las siete ranuras. Bueno, no técnicamente de las siete ranuras. La calandra de postguerra y algo así como su último descendiente, una evolucionada faceta para, en lugar de expresar manejo todoterreno como único idioma, acercarse a las familias y para que, cuando salga de la carretera, lo haga con propósito recreativo. Luego, un formato que fue sofisticándose con el paso de los años, pero siempre apostando a una horizontalidad sin vuelta atrás.
Aquí podemos detenernos, no hay necesidad de seguir el paso. Un poco de cabeza fría, pues la experiencia del grato encuentro fue el momento para el corazón caliente. ¿Para qué dar el salto sin escalas si podemos llegar a aquel primer Wagoneer en retrospectiva? Dejemos afuera al Wagoneer contemporáneo, el de vigente producción, tras el regreso del SUV cuatro años atrás. Pienso, entonces, desde aquel Final Edition 1991 del Grand Wagoneer. Nada de ranuras verticales y unos paneles de madera que enamoran.
Colocaría a aquel Grand Wagoneer junto al Wagoneer Limited de finales de los años setenta, los compararía y obtendría un veredicto no definitivo, porque las perspectivas y las preferencias pueden variar con el paso del tiempo, pero sí un acercamiento a la verdad, porque es una contienda entre acabados exteriores de alto nivel. Puede que me decida por los paneles de grano de madera del Limited, que, por cierto, llevaba adelante una calandra cuadriculada. Una mención especial para el Wagoneer básico contemporáneo a esa versión de lujo, ya que en él tampoco disgustaba su panel algo más sutil, no tan protagonista.
De hecho, en el Súper Wagoneer de mediados de la década de 1960 el SUV llevaba ese estilo de panel acabado en madera. Angosto y en la parte alta de los laterales, llegando a la línea de cintura. Empiezo a pensar que el diseño de las calandras en el Wagoneer ha ido involucionando. No en sentido despectivo, sino, reconociendo el buen criterio de las más modernas, enalteciendo las primeras. Y la del Súper Wagoneer del ’66 hipnotizaba con sus 22 ranuras en posición vertical. Llegamos a destino…
Los orígenes de las siete ranuras tiene sus mitos. El racional cuenta que los primeros Jeep civiles retiraron dos de las nueve que llevaba el Willys MB de combate para agrandar los faros redondos. En 1963, la marca estadounidense cambiaba las reglas del juego. En un mismo vehículo unía el estilo y la experiencia de todoterreno familiar, la conducción 4×4 en un interior de lujo y con comodidad. Vaya clásico para contemplar. La elevación central del capó, responsable del diseño de la calandra original y su inconfundible techo a dos aguas que la dividía en dos. Nada de siete. La cifra fue par desde el primer Jeep Wagoneer, el SJ. Seis ranuras de un lado y seis del otro. Los faros, tomando por asalto la sección, completando una gran puesta en escena. ¿La más bonita en la historia del Wagoneer? Firmo de puño y letra.


3
Mauro Blanco
Veo arte en los coches y en sus diseños una potencia que va más allá de las cifras. Ex conductor de Renault 12 rojo modelo 1995 de épicos e imprevisibles episodios, al que recuerdo por la hostilidad de su volante, pero, sobre todo, por nunca haberme dejado en el camino.COMENTARIOS