No todos los Minis son iguales, algunos acaban convertidos en un ejercicio de locura mecánica que parece sacado de una noche de pub con Ozzy Osbourne en la campiña inglesa, con cerveza barata y demasiadas conversaciones sobre motos deportivas. El Mini del que hablamos nació como un inocente Rover Mayfair en 1990, uno de esos coches que no pretendían otra cosa que moverse por la ciudad con un aire simpático y una ingeniería más bien sencilla y sesentera… Así vivía nuestro simpático amigo hasta que con los años cayó en manos de Z-Cars, un taller británico especializado en meter más motor del que cabe en cualquier sitio, y desde entonces dejó de ser un utilitario urbano para convertirse en un chasis con ruedas al que han enchufado dos corazones de Yamaha R1.
A este engendro lo bautizaron como Twini, un nombre que resume su planteamiento de forma bastante literal: dos motores, dos cajas secuenciales de seis marchas, un diferencial autoblocante y un Mini que ya no tiene nada de inocente. Lo que impresiona no es solo la idea de duplicar el motor de una superbike y encajarlo en la parte trasera de un coche de apenas 3 metros, sino la seriedad con la que Z-Cars lo llevó a cabo, como si fuera tan normal como un cambio de aceite y filtro. El resultado es un coche pequeño, bajito y aparentemente manejable, pero que cuando arranca recuerda más a dos avispas gordas cabreadas dentro de una lata que a cualquier cosa que haya salido de Longbridge.
Los británicos no se quedaron ahí, porque si vas a construir un monstruo no puedes limitarte al motor. Hay que tocar la base para que no partas el coche en el arranque: Subchasis tubulares delante y detrás, carrocería con fibra y carbono, suspensión de doble trapecio con coilovers ajustables, frenos de disco en las cuatro ruedas y un interior que parece más de rally que de paseo dominical con sus baquets Cobra, volante Sparco, instrumentación digital de MoTeC y arneses Sabelt de cinco puntos, todo ello en un coche que todavía conserva la silueta inconfundible de un Mini clásico. Es decir, lo miras y parece entrañable, pero en cuanto sabes lo que lleva escondido entiendes que esto está más cerca de un kart de circuito con esteroides que de un turismo británico.
Alguien podría pensar que este Twini es un ejercicio de exageración gratuita, un “porque sí” mecánico que sirve para lucirse en concentraciones, y en parte lo es, porque no existe una necesidad real de poner dos motores de Yamaha en un coche que pesa lo mismo que un frigorífico. Pero al mismo tiempo hay algo puro y honesto en la propuesta: un homenaje a la mecánica como juego, a la idea de que un coche puede ser un laboratorio de excesos si alguien está lo bastante loco para llevarlo a cabo, y por eso, cuando lo escuchas rugir con sus colectores cuatro en uno y ves lo deprisa que gana velocidad, entiendes que no se trata de un capricho, sino de un homenaje a la velocidad.
Dos corazones para un chasis diminuto
El planteamiento del Twini parece sacado de las ideas de un niño pequeño, pero tiene bastante sentido porque cada motor R1 entrega unos 150 caballos, lo que significa que este Mini supera con holgura los 300 en un coche que no llega a la tonelada. El reparto de potencias está pensado para que funcionen al unísono, con dos cajas secuenciales que permiten sincronizar los cambios y un diferencial que evita que aquello se convierta en una peonza incontrolable por aquello de ser más corto que el día de Navidad. Es un nivel de ingeniería artesanal que sorprende, porque no hablamos de un experimento de garaje, sino de un trabajo serio de un preparador que sabía lo que hacía.
A nivel dinámico, no hay datos oficiales que confirmen las cifras, pero con ese peso y esa potencia, lo lógico es pensar en aceleraciones que humillan a deportivos serios y una relación peso/potencia más propia de un prototipo de competición que de un coche de calle. Las 13 pulgadas de las llantas pueden parecer poca cosa, pero precisamente eso le da ese aire de conejito rabioso, de un Scrappy Doo sobre ruedas que no tiene nada de inocente y mucho de macarra. No es solo rápido, es también visualmente agresivo, con sus aletas ensanchadas y su carrocería pegada al suelo.
La gracia está en que, a pesar de su planteamiento extremo, conserva la esencia de lo que hace especial a un Mini, porque sigue siendo minúsculo, sigue teniendo esa proporción ridícula que te obliga a reírte cuando lo ves aparcado al lado de cualquier SUV, y, sin embargo, suena como si estuviera a punto de despegar. Es esa contradicción la que lo hace fascinante, porque la carrocería te dice “entrañable” mientras el escape te grita “incontrolable” mientras te sacude con violencia.
Lo más curioso es que este coche no se ha quedado en una ñapa perdida en un taller, porque el Twini lleva años dando vueltas entre distintos propietarios, y en 2021 incluso cruzó el charco para acabar en Estados Unidos para que lo subastasen en Bring a Trailer. Como era de esperar, lo que comenzó con una puja ridícula acabó con una cantidad que refleja lo que realmente significa tener un juguete único: la posibilidad de poseer algo que nadie más tiene y que nunca volverá a fabricarse igual.
El encanto de lo innecesario
Hay algo en este tipo de coches que conecta directamente con nuestro lado más irracional. Nadie necesita un Mini con dos motores de superbike, como tampoco nadie necesita un V8 en un coche urbano o un alerón de carbono en un utilitario de 70 caballos. Pero lo deseamos porque representa esa libertad mecánica que se ha ido perdiendo en el mundo del automóvil, donde cada vez todo está más regulado, más pensado para la eficiencia y menos para la diversión pura y dura.
El Twini es, claramente, un coche que nace del “¿y si…?”, una pregunta que los ingenieros de las grandes marcas rara vez pueden permitirse, pero que en las cabezas de los que estamos un poco pallá es el pan de cada día. ¿Y si ponemos otro motor? ¿Y si reforzamos el chasis hasta que aguante lo que sea? ¿Y si dejamos de lado cualquier lógica comercial y nos centramos solo en hacer algo espectacular? ¿Y si hacemos un cohete como en Top Gear? Las respuestas están en este Mini, que tiene más de locura que de proyecto racional, y precisamente por eso resulta atractivo.
El Mini clásico siempre ha sido un icono cultural, un coche que cualquiera reconoce y que evoca simpatía, y transformarlo en un monstruo con dos motores es casi una forma de subvertir esa imagen, de demostrar que debajo de una cara simpática puede haber un carácter mucho más violento. Esa dualidad lo hace aún más interesante para quienes disfrutamos de la mecánica como si fuera un lenguaje propio.
En última instancia, lo que ofrece el Twini no es solo velocidad ni cifras de potencia, sino una experiencia única, la sensación de conducir algo que no debería existir, pero que gracias a la locura de unos cuantos, existe.


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Jose Manuel Miana
Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.COMENTARIOS