El Bentley Petersen Dartmoor Coupe: un one-off que mezcla Art Déco, un motor Rolls-Royce y puertas suicidas

El Bentley Petersen Dartmoor Coupe: un one-off que mezcla Art Déco, un motor Rolls-Royce y puertas suicidas

Un coche antiguo venido del año 2009


Tiempo de lectura: 8 min.

Parece sacado de una película de época, de esas de gangsters y mujeres fatales, pero no. Este Bentley Petersen Dartmoor Coupe es una interpretación libre y personal de los años 30 aplicada a una base de 1951 Bentley Mark VI, que lleva la estética y la presencia hasta el límite sin perder de vista que bajo esa piel hay ingeniería clásica y una maquinaria con historia que mezcla tres épocas distintas.

No es un capricho anodino ni una simple restauración. Esta es la obra de Bob Petersen, un ingeniero y restaurador de Devon que decidió reimaginar un Bentley de la posguerra como si hubiera nacido dos décadas antes, y lo hizo con una mezcla de buen gusto por lo retro, talento para las proporciones y ganas de llevar la teatralidad Art Déco a la carretera moderna, lo que convierte al Bentley Petersen Dartmoor Coupe en un objeto de deseo y discusión entre coleccionistas y frikis del motor por igual.

El misterio del Dartmoor: un one-off con alma Art Déco

La silueta del Dartmoor golpea por su volumen y sus líneas redondeadas a primera vista, porque el trabajo no va de apretar bisagras sino de reescribir proporciones. El paragolpes sirve de preámbulo de su presencia, la parrilla parece devorar el frontal y los guardabarros abultados recuerdan a los grandes coupés de los años 30 de manera que el coche parece más el sueño de un diseñador que una restauración convencional, y esa voluntad de traer de vuelta una época es lo que lo hace intrigante para quien busca piezas raras.

El uso del color Oxford Blue, la carrocería baja y casi barrida por el aire, las llantas de 20 pulgadas y los neumáticos prominentes no son meros detalles de estilo sino herramientas con las que Petersen consiguió que la estética Art Déco no se convierta en un disfraz de carnaval sino en identidad sólida, y eso le da al Dartmoor una teatralidad que se impone parado en un evento como en movimiento por las calles estrechas donde sus once pies (3.353 mm) de batalla se hacen notar.

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Ese aura retro se refuerza con elementos concretos como las puertas suicidas (las famosas suicide doors que abren hacia atrás y que son heredadas de diseños clásicos), un recurso que en el Dartmoor sirve para recalcar su intención de rememorar el pasado y al mismo tiempo para aportar una experiencia de acceso que parece de otra época, porque cruzar esas puertas es una ceremonia estética más que un simple gesto cotidiano.

Como en todo coche-objeto exitoso, la coherencia entre los volúmenes, el acabado y el interior es lo que convierte al Dartmoor en una pieza que no cansa. Ojo, se trata de una interpretación personalísima de Bob Petersen, y eso siempre polariza, pero la coherencia estilística es innegable y explica por qué el Dartmoor siguió su vida en salones y subastas tras su aparición pública.

Bajo el capó: el Rolls-Royce B81SV, un straight-eight con alma de guerra y adaptado a la carretera

Si la estética del Dartmoor es un ejercicio de nostalgia, la mecánica es una mezcla de historia y actualización, porque Bob Petersen sustituyó el motor Bentley original por un Rolls-Royce B81SV straight-eight de 6,5 litros, un propulsor pensado originalmente para fines militares y comerciales hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, y que en este coche se adaptó para consumir gasolina sin plomo mediante una alimentación por cuatro carburadores SU, mejoras en las válvulas y el árbol de levas, y otros retoques que llevan la potencia más allá de las cifras originales.

Ese motor, que en su configuración de serie rondaba los 195 caballos, fue tratado con cariño técnico hasta alcanzar cifras próximas a los 265 CV según la versión del proyecto, y aunque a ojos del purista eso no convierte al Dartmoor en una bala moderna, sí que justifica su presencia imponente en carretera porque el empuje de un ocho en línea de gran cilindrada tiene un carácter y una progresión que ningún turbo contemporáneo puede replicar de forma idéntica.

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La combinación con un eje trasero y una caja procedentes de un Bentley S2 Continental dota al conjunto de un escalonamiento de marchas y de una transmisión adaptada al par y al peso del vehículo, de manera que la experiencia al volante, aunque pesada y ceremoniosa, resulta sorprendentemente noble para un coche de estas proporciones y con esa puesta a punto mecánica que respeta el origen británico del bloque.

En resumen, bajo la piel del Dartmoor hay un motor con pasado militar y soluciones de adaptación modernas para su puesta en la carretera, y esa mezcla entre lo arcaico y lo refinado es precisamente lo que convierte al coche en una rareza con argumentos para rodar y no solo para llenar un garaje climatizado.

Interior y detalles: lujo setentero con manetas de avión y siete instrumentos en la pista de despegue

Abrir las puertas suicidas del Dartmoor es entrar en otra época más elegante, porque el interior rehila el pasado con un gusto que no quiere disimular su vocación original: hay cuero rojo por doquier, paneles cromados, una instrumentación que parece la cabina de un biplano y más relojes que en muchas embarcaciones, y aunque esa profusión de detalles puede parecer barroca, todo está pensado para ofrecer sensación de viaje al pasado.

Hay curiosidades que llaman la atención a cualquiera que haya trasteado con coches clásicos, como una combinación de pedales peculiar con un apoyo/descansa pie que confunde al primer contacto, el botón o llave fija en el salpicadero que deja claro que aquí la lógica es antigua, y unos mandos que hoy nos parecerían anacrónicos pero que en su conjunto funcionan como un muestrario de mecánica antigua reordenada de forma coherente.

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El espacio interior, pese a la batalla larga, castiga algo la cabeza de los pasajeros traseros por la silueta rebajada, y por eso Petersen incorporó soluciones prácticas como las dos bolsas de cuero en la parte posterior que no son mero adorno sino la respuesta a la falta de habitabilidad trasera; pequeños compromisos que recuerdan que un one-off pensado para la estética no siempre devuelve el confort medido por estándares modernos.

Es precisamente la mezcla de espectáculo, detalles técnicos y pequeñas excentricidades la que hace del habitáculo un lugar que provoca conversación y un cierto placer culpable: no es ergonómico al modo contemporáneo, pero su presencia, sus materiales y su factura artesanal justifican cada segundo pasado dentro.

De Devon a Goodwood: historia, premios y vida en concursos y subastas

El Dartmoor vio la luz en 2009 en Devon como creación de Bob Petersen, y su debut público en eventos como el Goodwood Revival y el AMOC Morwell House le dio rápidamente una carrera de apariciones que confirmaron su condición de pieza de interés para los aficionados a los Bentley especiales. Más aún, el coche cosechó reconocimientos como el Judges’ Choice en certámenes de la época, lo que no es poco para una criatura tan singular.

Tras su época de exhibición en ferias como la Essen Techno Classica y fines de semana en encuentros del Bentley Drivers Club, la carrocería y su historia fueron parte de una narrativa que lo llevó a subastas y cambios de manos, y en 2016 el Dartmoor encontró comprador en una venta de Bonhams en París por 483.000 euros, lo que demuestra que, pese a su excentricidad, el mercado valora la combinación de singularidad, procedencia y conservación.

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Es interesante que el coche se haya mantenido en un almacén climatizado la mayor parte de su vida porque eso reduce el riesgo de corrosión y preserva su condición de pieza para coleccionista. Además, la condición de no reproducirlo que aparentemente exigió el comitente original añade una capa más de mito alrededor del proyecto, esa aura que hace que algunos coches se conviertan en objetos casi legendarios.

Por último, su aparición en la bibliografía especializada y su presencia en los vídeos de divulgación moderna nos aseguran que el Dartmoor no desaparezca en el limbo de un garaje.

Un capricho para mirar, disfrutar y discutir con criterio

El Bentley Petersen Dartmoor Coupe no es un coche que busque el favor de todos, porque su mérito radica precisamente en haber tomado riesgos estéticos y mecánicos que lo alejan del clasicismo neutro y lo convierten en algo muy especial, y para quien disfruta de coches raros con motor histórico y presencia de museo, eso ya es motivo suficiente para admirarlo.

No es perfecto desde la óptica del uso diario ni pretende serlo: las plazas traseras aprietan, la puesta a punto es ceremoniosa y su tamaño obliga a respetarlo en ciudad, pero ninguna de esas pegas le resta interés a su valor como pieza única, como ejercicio de diseño y como documento de la capacidad de un constructor para reinterpretar un legado con audacia.

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El Dartmoor ofrece conversación técnica desde la elección del Rolls-Royce B81SV hasta los compromisos estructurales necesarios para unas puertas suicidas y también provoca debates sobre autenticidad y restauración radical, que son los que, al final, nos hacen mejores conocedores y más divertidos en las reuniones de club y en las charlas de garaje.

Así que guarda la foto, apréndete sus cifras, compártela en el grupo y, si alguna vez te cruzas con él en un evento, que sepas que este Bentley es la mezcla justa de sofisticación, extravagancia y motor clásico que a los verdaderos aficionados nos encanta diseccionar.

 

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Sobre mí

Jose Manuel Miana

Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.

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