Los recuerdos son inevitables, sobre todo en contexto de transición. El Salón del Automóvil de París, cuna de grandes lanzamientos, como los que alrededor de un millón y medio de espectadores atesorarían para siempre en la 102° edición, la del 2002. Los ojos puestos en el Ferrari Enzo, el stand de Audi abrazando a su nuevo A8, el Grupo Volkswagen atento a la segunda generación de la berlina insignia de los cuatro aros, pero no menos a lo que acontece en otra de sus marcas.
Son tiempos de inflexión para el gigante alemán. El Volkswagen Touareg, que en 2025 dirá adiós, debuta y pronto concretará en la producción lo que el fabricante ha estado explorando: la fórmula mecánica W12, resultado de la unión de los VR6, desarrollada con sus supercars que no pasaron de prototipos –el Volkswagen Nardo, por ejemplo–, y popularizada con el Bugatti Veyron. Una fórmula vital para refundar Crewe. El Bentley Continental GT 2003 fue el coche que marcó la nueva era de la firma de lujo británica.
Vuelvo a las fotos de archivo. La expresión de su frontal… Su concepto estético es tan circular como la plataforma en la que se exhibe –hablo del escenario, no de la plataforma del vehículo–. Bien de época. El Grupo VW haciendo escuela con sus alta gama. Un diseño sólido, limpio, pulcro. Ópticas y parrilla sobre paneles. Molduras y no mucho más. El Audi TT, otro exponente contemporáneo. Dentro de algunas décadas, se hablará de los dos mil como una gran era del diseño automotriz.
Un cimbronazo visual. Nuevo milenio, nueva idiosincrasia. Había que dar vuelta la página. De lujosos aspirantes a limusinas como el Bentley Turbo R –creo que es acertado incluir al Arnage como exponente final de aquella extinta era, si bien su producción se sitúa en toda la década– y dos puertas de vencidas siluetas como el Continental R –no me malinterpreten, que es toda una belleza– a carrocerías imponentes que echaron por tierra esas tradicionales líneas angulares para entregarnos nuevos morros, nuevas caídas traseras y conceptos de diseño más robustos tanto en el Continental GT como en el otro exponente británico del peculiar doce cilindros: su hermano de cuatro puertas lanzado posteriormente, el Flying Spur 2005.
Fue una refundación desde todo aspecto. Desde el flamante W12 twin turbo de seis litros que le generaba más de 550 caballos y lo hacía tocar los 100 km/h en menos de cinco segundos, desde la sustitución de la tracción trasera por la integral, desde todo lo dicho en cuanto al diseño y desde su producción en serie, pues el Bentley Continental GT 2003 no era ese producto absolutamente artesanal. Menos costos, precios menos exclusivos y el inicio de un ciclo exitoso que lo convirtió en el sinónimo de la etapa más moderna del fabricante inglés.
Ya habrá tiempo de dedicarle las debidas líneas a la segunda generación, la que considero que fue la evolución definitiva. Qué desencanto me he llevado al ver por primera vez el rediseño frontal en el Continental GT 2018. Ahora, de regreso al 2025, son tiempos de electrificación, no más vida para el W12. La llegada de la cuarta generación estableció, por sí solas, prioridades en mí, la necesidad impostergable de rendir tributo. La declaración de principios fue no ir a por el nuevo híbrido, sino inclinarme en reverencia al que lo cambió todo, antes que cualquier apreciación técnica sobre lo más reciente, que, al menos en estas líneas, no tienen lugar.


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Mauro Blanco
Veo arte en los coches y en sus diseños una potencia que va más allá de las cifras. Ex conductor de Renault 12 rojo modelo 1995 de épicos e imprevisibles episodios, al que recuerdo por la hostilidad de su volante, pero, sobre todo, por nunca haberme dejado en el camino.COMENTARIOS