Hace casi una década que el Dodge Viper dejó de fabricarse, pero el rumor de su regreso nunca terminó de apagarse del todo. Eso se ha acabado de forma oficial. Tim Kuniskis, máximo responsable de la marca, lo dijo sin rodeos en una entrevista reciente: el Viper “llegó al final de su ciclo de vida”. No hay matices en esa frase, ni espacio para la esperanza de quienes llevaban años pidiendo su vuelta. El nombre, según las propias palabras de Kuniskis, no regresará.
El motivo real de su desaparición
Conviene detenerse en el motivo real de aquel final, porque casi nadie lo recuerda bien. La mayoría asocia la desaparición del Viper en 2017 con las ventas flojas o con las normativas de emisiones, pero la causa concreta fue otra: una regulación federal de airbags laterales de cortina, pensada para evitar la expulsión de ocupantes en caso de vuelco. El habitáculo del Viper, ya angosto de por sí, no tenía espacio físico para alojar ese sistema sin un rediseño completo del coche. Dodge calculó que ese rediseño no compensaba para un modelo que vendía menos de seiscientas unidades al año en sus últimas temporadas, y decidió cerrar la fábrica de Connor Avenue en Detroit antes que afrontar esa inversión.
Kuniskis ha sido generoso con el recuerdo, eso hay que reconocerlo. Calificó el diseño de la quinta generación del Viper como uno de los coches más bonitos jamás construidos, con una capacidad en circuito que le permitía plantar cara a cualquier rival del mundo. Pero también admitió, sin medias tintas, que una versión moderna tendría que renunciar a buena parte de lo que definía al Viper original: probablemente la caja de cambios manual desaparecería en favor de una automática o de doble embrague, y la cantidad de tecnología necesaria para competir hoy diluiría justo lo que hacía especial al coche. Es una forma honesta de admitir algo que pocos directivos reconocen en voz alta: a veces, la mejor manera de respetar un icono es no intentar resucitarlo a medias.
El escepticismo ante el nuevo Copperhead
Aquí entra la segunda parte de la historia, la que de verdad invita al escepticismo. Mientras el nombre Viper queda enterrado para siempre, Dodge lleva más de un año hablando de su sustituto: un deportivo bautizado Copperhead, presentado como parte del plan Fastlane 2030 de Stellantis, que incluye hasta ocho modelos de la división de altas prestaciones SRT. La prensa especializada estadounidense ya ha tenido acceso anticipado a una maqueta de diseño a escala real, descrita como un cupé de dos puertas, bajo y alargado, con una parrilla angulosa heredada del Charger actual, un capó con un abultamiento considerable, y un alerón trasero que recuerda directamente al del Viper ACR.
El problema es que esa descripción lleva circulando, con variaciones menores, desde hace más de un año, y el coche todavía no tiene fecha de salón ni de venta confirmada. Las estimaciones más recientes hablan de un debut como modelo del año 2029, con posibilidad de llegar a la venta a finales de 2028 si todo va según lo previsto —una expresión que, en el mundo de los anuncios de coches deportivos americanos, suele significar que conviene no hacer planes basados en esa fecha—. Ni siquiera el motor está confirmado. Kuniskis, preguntado directamente por ello, respondió con una frase tan sugerente como vacía: podría ser algo que el público “ni siquiera conoce todavía”, algo que “no existe hoy en día”. Es la clase de respuesta que genera titulares, pero que no aporta ningún dato verificable sobre lo que de verdad habrá bajo ese capó abultado.
Una historia que se repite
Hay un detalle que conviene rescatar, porque resume bien el tipo de promesa que es el Copperhead. El nombre no es nuevo. Dodge ya lo usó en 1997 para un concepto presentado en el Salón de Detroit: un Viper en miniatura, con motor V6 de 2,7 litros y 220 caballos de vapor, pensado para ofrecer la experiencia de conducción del Viper a una fracción de su precio de 75.000 dólares de la época. Aquel Copperhead original nunca pasó de concepto. Se quedó en eso: una idea bonita, un coche naranja brillante en un salón del automóvil, y ningún cliente real que llegara a comprarlo. Treinta años después, Dodge recupera el nombre para un proyecto que, de momento, también vive más en renders de prensa especializada y declaraciones ambiguas de directivos que en una línea de producción.
Eso no significa necesariamente que el nuevo Copperhead vaya a fracasar de la misma forma. Stellantis ha cambiado de estrategia de forma notable, alejándose de su apuesta previa por la electrificación total y volcándose de nuevo en motores de combustión de altas prestaciones para sus marcas americanas. Hay voluntad real detrás del proyecto, y la propia maqueta mostrada a la prensa sugiere un trabajo de diseño avanzado, no un boceto improvisado. Pero la historia reciente de la industria del motor está llena de coches anunciados con fanfarria, retrasados varias veces, y finalmente lanzados en una versión bastante más comedida que la prometida. El propio Viper, antes de morir definitivamente, ya pasó por una pausa de dos años entre 2010 y 2012 antes de su última resurrección.
El Viper, al menos, tiene ya un final escrito, claro y sin ambigüedad. El Copperhead, por ahora, solo tiene una fecha que se mueve, un motor sin confirmar y una larga lista de coches deportivos americanos que prometieron mucho antes de llegar al concesionario. Si finalmente aparece tal y como se ha descrito, será una buena noticia para quien todavía cree en el deportivo americano de motor grande y pocas concesiones. Si se queda en el camino, no será la primera vez que ese nombre se quede solo en un boceto.


Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".