El Mercedes C63 AMG Black Series es uno de los coches más espectaculares que ha puesto en circulación la compañía alemana. Una auténtica bestia desarrollada por AMG Performance Studio, una división inaugurada en 2006 para dar vida a creaciones tan desmesuradas como los propios Black Series.
Durante los primeros compases del siglo XXI, Mercedes trabajó con ahínco en borrar aquella imagen de “coche de viejos” —así se decía en España, y sí, con un tono despectivo— para forjar justo lo contrario: una imagen dinámica, innovadora y alejada del cliché en el que había quedado atrapada. No fue un cambio inmediato, pero lo consiguieron a base de coches realmente interesantes.
Uno de los primeros apartados en los que se centraron fue la imagen. Sin perder la esencia de la marca, apostaron por formas más agresivas y deportivas, acompañadas de un tacto de conducción más vivo, acorde con esa nueva identidad. Todo seguía transmitiendo el aura de siempre —calidad, precisión, cuidado por el detalle—, pero con un aire mucho más juvenil. Se pasó de tener clientes con 60 años a ver chavales de poco más de 20 al volante de un modelo con la estrella en el capó.
Si se quería el alerón, los aletines del paragolpes delantero y el difusor, todo ello de fibra de carbono, había que pedir el AMG Aerodynamics Package, por 8.500 euros
Fue entonces cuando tiraron la casa por la ventana con los Black Series: versiones radicales de algunos modelos —no de todos—, tan brutales en sensaciones como espectaculares a la vista. Entre ellos, la cuarta entrega de la saga merece mención especial. El Mercedes C63 AMG Black Series llegó con la fuerza de un martillo pilón. Basado en el C63 AMG Coupé, ganaba prestaciones, perdía peso y lucía una imagen que imponía respeto.
Su corazón era un V8 de 6.208 cm³, capaz de rendir 510 CV y 620 Nm de par sin recurrir a la sobrealimentación. El cambio era automático, de siete relaciones, y enviaba toda la potencia al eje trasero. Este conjunto motor-transmisión podía catapultar sus 1.710 kilos hasta los 302 km/h.
El aspecto lo decía todo: alerón trasero radical —tipo import, como dirían los aficionados al tuning—, pasos de rueda ensanchados, llantas de 20 pulgadas y suspensiones duras como pocas veces se habían visto en un Mercedes. Todo ello daba forma a un coche que se ganó el apelativo de muscle car alemán. Era pura fuerza, un derroche de poderío acompañado de un sonido atronador y un diferencial de deslizamiento limitado que sufría de lo lindo para digerir tanto par.
No era tan ágil como un BMW M3 GTS, pero tampoco lo pretendía. El C63 AMG Black Series era un festival de sensaciones, algo casi inaudito en la marca de Stuttgart. No existían las rectas para él —solo oportunidades para acelerar—, aunque determinadas curvas podían atragantársele. Sin embargo, la revista CAR, en su número 59, lo describió como un coche capaz de provocar un nivel de excitación desmedido, menos alocado pero más redondo que sus predecesores en la saga.


3
Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".