A veces la historia del automóvil deja atrás cosas tan extrañas que cuesta creer que fueran serias. El Steamin’ Demon pertenece a esa clase de objetos improbables: una máquina de récord impulsada por vapor que decidió perseguir la velocidad con una receta casi olvidada.
La obsesión aerodinámica de Barber-Nichols
Lo suyo no era la nostalgia, ni tampoco el capricho. Era una obsesión bastante más seria: demostrar que una tecnología asociada a otro siglo todavía podía servir para perseguir la velocidad. Y no hablamos de una demostración tímida o experimental, sino de una máquina construida por Barber-Nichols con una idea muy clara en la cabeza: ir lo más deprisa posible usando vapor.
Eso ya la convierte en una rareza muy particular. Porque el Steamin’ Demon no intenta parecer un coche convencional con una mecánica exótica escondida bajo la carrocería. Es justo lo contrario. Todo en él sugiere un artefacto concebido alrededor de una sola prioridad: cortar el aire, reducir la resistencia y transformar una solución técnica casi anacrónica en un arma para la línea recta.
“Una turbina girando a 65.000 revoluciones para demostrar que el vapor, lejos de ser un anacronismo del siglo XIX, todavía podía cortar el viento en pleno siglo XXI.”
La imagen es poderosa por sí sola. Un streamliner tan bajo y tan cerrado tiene algo de vehículo de otra época, pero también de objeto futurista. Esa contradicción es parte de su encanto. El vapor, que normalmente se asocia a locomotoras, calderas y tiempos pasados, aquí aparece vestido con formas casi aeronáuticas, como si alguien hubiera decidido que la vieja energía todavía podía tener una última palabra en los intentos por batir un récord.
La conquista del salar de Bonneville
Y vaya si la tuvo. En 2009, la máquina alcanzó una cifra que no suena precisamente a curiosidad menor: 234,330 km/h en Bonneville. Para un vehículo de vapor, esta marca no es solo llamativa; es casi un manifiesto. No hace falta compararlo con nada para entenderlo. Basta con pensar en lo improbable que resulta llevar una tecnología así a una cifra de ese nivel, en una superficie pensada precisamente para separar las ideas excéntricas de las que de verdad funcionan.
But lo más fascinante del Steamin’ Demon no es solo el número final, ni que fuera el primer vehículo de vapor en lograr este récord en 103 años. También lo es la lógica que lo sostiene. Su turbina desarrollaba 250 bhp a 65.000 rpm, una combinación que suena a ingeniería de otro planeta si uno la pone junto a la palabra “vapor”. Y, sin embargo, ahí estaba el punto de la máquina: tomar algo que parecía condenado al pasado y empujarlo hacia un terreno donde todavía podía ser útil, gracias en buena parte al apoyo financiero de Jay Leno, gran entusiasta de estas rarezas.
El valor del experimento en la cultura del motor
Ese tipo de proyectos dicen mucho del automóvil como cultura. No todo ha sido siempre evolución limpia, ordenada y previsible. También ha habido inventores, constructores y obsesos que decidieron probar caminos laterales, incluso cuando el resultado parecía poco práctico o directamente absurdo. El Steamin’ Demon pertenece a esa familia de ideas que, por raras, terminan siendo más memorables que muchas soluciones correctas.
Lo interesante es que hoy sigue funcionando igual de bien como objeto de fascinación. Quizá incluso mejor. En un tiempo en el que todo parece moverse hacia la electrificación, ver una máquina que usó vapor como herramienta de velocidad tiene algo de recordatorio importante: el automóvil no solo ha avanzado por la vía más obvia, también ha vivido de experimentos que parecían impossibles hasta que alguien los llevó a una pista.
Por eso el Steamin’ Demon merece atención más allá del dato técnico. No es solo una excentricidad de récord ni una reliquia ingeniosa. Es la prueba de que incluso una tecnología que parecía haber quedado atrás pudo encontrar un último gran escenario para demostrar su valía.


Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS