El Mercedes-Benz 300 SL Roadster 1960 que es Flecha de Plata a su manera

El Mercedes-Benz 300 SL Roadster 1960 que es Flecha de Plata a su manera

Un descapotable que cambió altos contrastes por matices cálidos; una restauración que se llevó secretos de Estado


Tiempo de lectura: 3 min.

El coche más fotografiado que han visto mis ojos. No ha quedado detalle de este Mercedes-Benz 300 SL Roadster 1960 sin pasar por la lente. Por obligadas lentes, porque la reconstrucción fue profunda, porque el convertible debió ser despojado de hasta el más remoto componente para que estos últimos años pudiera mostrarse íntegro. El registro no debía dejar ningún cabo –ni tornillo– suelto.

De aquellos días en que la desmembrada carrocería simbolizó su vulnerabilidad en su metálico natural –nada que no haya experimentado el fabricante alemán, ¿o acaso no recuerdan el origen de las tradicionales Flechas de Plata?– a las horas culminantes de una venta que lo reafirma como el objeto del deseo que es. Como el objeto de millones de deseos que es, a juzgar por la cifra a la que, tal parece, Bring a Trailer lo colocará en un nuevo garage. Como si un 300 SL original no fuera objeto de deseo. Los norteamericanos sabrán a lo que me refiero.

Este Mercedes-Benz 300 SL Roadster 1960 no fue un norteamericano más

Porque después de la primera incursión del coupé en Estados Unidos, en el New York International Motor Sports Show de 1954, la llegada de la versión descapotable sería una cuestión de tiempo. Pan comido fue responder a la sensibilidad de época por los vehículos a cielo abierto creando el 300 SL Roadster, que se aseguró un lugar en la producción luego de que el importador de la marca para el mercado americano indujera al fabricante.

De manera tal que el hecho de que este chasis 002520, una de las 1.858 unidades del hermano sin alas del Gullwing, sea un convertible nacido para el mercado estadounidense no sorprende. Para los Mercedes-Benz 300 SL Roadster, Estados Unidos fue la norma, no la excepción. En relación a los otros ejemplares, sí fue una excepción su historial. Décadas después, no vemos un simple 300 SL, sino un clásico cuyas especificaciones originales probablemente se hayan llevado secretos de la Casa Blanca.

Esto, debido a que en 1961 se convirtió en propiedad de quien había sido uno de los economistas de la administración de Franklin Roosevelt, y permaneció en la familia hasta el 2014, justo antes de entrar en un período de tres años durante el cual lo pusieron al día, lo sanaron de las marcas ocasionadas por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento… y le bajaran los tonos.

Un acabado equilibrado y cálido, sin los viejos contrastes

Un coche sin matices fue este Mercedes durante casi toda su vida. Precisamente, el blanco lo había cubierto desde fábrica, mientras un tapizado de cuero negro contrastaba al abrir sus puertas. El Roadster renació con el interior en beige recibido en su restauración, que por otro lado tuvo en cuenta al motor M198 de seis cilindros. Un beige aplicado no solo en el cuero para los asientos. Salpicadero, túnel central, umbrales, paneles de las puertas, pilares y marco superior del parabrisas, respaldos y revestimiento trasero… Un acabado nuevo completo, un convertible revitalizado.

Su exterior, en sintonía. Podría decirse que este Mercedes-Benz 300 SL Roadster 1960 es un Flecha de Plata a su manera, respetando el origen del término, la tradición posterior y su propio ancestro de carreras. Al menos lo ha sido cuando su carrocería despintada quedó expuesta. Y a su manera, insisto, lo siguió siendo con la vigente capa de pintura: un Antracita que, aunque aumenta el peso del coche, era inevitable. Reconozco que un exterior negro también habría combinado con el beige, pero al servirse de este Antracita el descapotable encuentra equilibrio y algo más: una configuración tricolor producto de su capota de lona negra.

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Mauro Blanco

Veo arte en los coches y en sus diseños una potencia que va más allá de las cifras. Ex conductor de Renault 12 rojo modelo 1995 de épicos e imprevisibles episodios, al que recuerdo por la hostilidad de su volante, pero, sobre todo, por nunca haberme dejado en el camino.

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