Recurres al concepto de máquina y entonces empiezas a visualizar. Vas seleccionando cuáles pertenecen a la especie. Casi que sale por decantación. Del linaje de los elegidos de Maranello, el F50 y el Enzo tocaron instancias cúspides de tecnologías avanzadas. Pero nunca se había visto un coche como el Ferrari F40 hasta su llegada. Su revolución forjó la trascendencia. El nombre no cede al tiempo. Sigue siendo ese intrigante experimento. No hay cavallino que genere su magnetismo… Incluso cuando el coche se ve envuelto en episodios sin final feliz, frente a actores que acechan, que lo colocan en posición de vulnerabilidad.
Pista de Fiorano, 1988. La presencia del Porsche 959 en tierra modenesa es una amenaza constante. Los dos más rápidos del momento se encuentran cara a cara. El deportivo alemán llega, por iniciativa de la revista Car, sin carta de invitación. La sorpresa es inevitable. Es una grata sorpresa para los trabajadores de Ferrari, que le sonríen de cerca a ese bicho raro mientras lo examinan. La incomodidad es entonces una ilusión. Una simple jornada de pruebas. Pero el F40 se mide con un par que pone al descubierto sus debilidades.
El gran superdeportivo italiano se ve en apuros y el veredicto de los británicos termina confirmando: “El F40 es el coche supremo en cuanto a emoción, pero, en cuanto a grandeza en general, no hay duda de que el 959 es el mejor coche”. Acto seguido, las bondades del 2+2 de Stuttgart que lo certifican como el modelo superador: “Sería más rápido en un viaje largo, porque cansa menos. Sería más rápido en un paso alpino (…) porque tiene mejor tracción y mayor agilidad. Sería más rápido en superficies resbaladizas, gracias al agarre que ofrece su tracción a las cuatro ruedas”.
En aprietos se ve ante su sucesor ahora mismo, siguiendo la línea comparativa. Porque el nombre no cede al paso del tiempo, pero el de la máquina de los años noventa avanza casilleros en la carrera de la popularidad. El reconocimiento es justo para uno de los superdeportivos más técnicos, puros y bestiales de la marca. Justo cuando está convirtiéndose en clásico, registra una cotización a la alza en subastas y se consolida como objeto del deseo de coleccionistas. La fama del F40 no se altera, pero a veces alguien alcanza su nivel.
Ferrari en llamas: el Pulitzer que no fue
Como verán, no siempre el espartano de inconfundible alerón y afilado diseño sale ileso de las batallas, que pueden ser planteadas como una jornada en circuito de pruebas o como un inexorable paralelismo entre coches de una misma línea genealógica, en el que el valor simbólico y material se pone en juego en momentos determinados. O bien batallas libradas cuando un actor sin forma de coche vulnera y es el que más daño genera.
Lo visto en Mónaco casi seis años atrás fue una imagen de fragilidad sin segundas interpretaciones y en tiempos de fragilidad global. Mientras la pandemia acechaba y las calles iban quedando vacías, el fuego lastimaba con rabia. No diré que la gran llama elevándose como cola de la zaga de aquel Ferrari F40 debe ser tomada como analogía del poderío del gran superdeportivo, pero la escena y sus componentes, el calor traspasando la pantalla, el coche, el fuego y el impiadoso y espeso humo creciendo conformaron el Pulitzer que no fue.
Una fuga de combustible –el presunto culpable, los depósitos de goma espumada de Pirelli, propensos a volverse porosos con el tiempo– atacando a un sistema de escape modificado para mejorar el sonido del V8, el fuego sometiendo al motor, a la caja de cambios, devorando el interior, debilitando el chasis, apenas dejando el morro y los faros en condiciones; el conductor saliendo del vehículo, entregado, resignado, sólo viendo, mientras el incendio recién comienza; un vecino, desde su balcón de primer piso, desafiando lo imposible con una manguera ordinaria de jardín. Finalmente, bomberos y extinción. Una secuencia para los libros, aunque no para el Red Book de Maranello ni para la portada de Forza.
¿El final de un F40 como unidad? En absoluto. Tras una larga estadía en los talleres de RM Autosport, para finales del 2025 se esperaba su regreso a las calles, luego de años de reparación total: carrocería de fibra de carbono hecha desde cero, V8 y transmisión nuevos, chasis restaurado, habitáculo reconstruido… Todo a medida para recuperar la configuración original.
Aunque las cámaras lo capturen ahora como un completo Ave Fénix, será imposible borrar de la memoria las desoladoras fotos del momento y del día después. Tal vez, este renacer genere el efecto contrario: en lugar de eliminarlas del inconsciente, seguramente las convierta en icónicas, si es que aún no lo son. El coche incinerándose antes de caer en manos del destacamento policial para transitar las primeras horas de lo que parece ser un retiro que no estaba en los planes. Ante semejante escena en la que el coche arde y agoniza, se hiela la sangre. En ese momento todavía no se visualizan las segundas oportunidades, solo imágenes de un desenlace insuperable por cualquier destrozo ocasionado por accidente, solo postales random de un supercar al que la vida le suele sonreír.


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Mauro Blanco
Veo arte en los coches y en sus diseños una potencia que va más allá de las cifras. Ex conductor de Renault 12 rojo modelo 1995 de épicos e imprevisibles episodios, al que recuerdo por la hostilidad de su volante, pero, sobre todo, por nunca haberme dejado en el camino.