El GTA Spano fue una de esas ideas que parecen improbables hasta que alguien decide convertirlas en realidad. Un superdeportivo español, de producción muy limitada y con una ambición desmedida, que quiso entrar en una liga donde casi todo estaba ya decidido de antemano. Sobre el papel, el coche debería haber arrasado, pero en la realidad, todo se fue al traste muy pronto.
El Salvaje Oeste de la velocidad punta
La primera década del siglo XXI se convirtió en un auténtico “Salvaje Oeste” de la automoción. Fue una época sin control en la que cabalgaban salvajadas de la talla del Ferrari Enzo, el Porsche Carrera GT, el 9ff GT9-R, el Hennessey Venom GT o el SSC Ultimate Aero. Aquella locura colectiva en pos de la potencia bruta y la velocidad punta lo puso todo patas arriba y, seamos sinceros, resultó un espectáculo apasionante y rematadamente entretenido. Por supuesto, esa escalada de ingeniería sirvió de abono para que la década posterior siguiera por el mismo camino, aunque con un enfoque mucho más refinado y afilado. Ya no solo se buscaba la potencia por la potencia; la industria empezó a exigir eficacia y precisión dinámica.
Con un contexto semejante, hablar de un superdeportivo español no sonaba a broma ni a ejercicio de nostalgia. Era un reto mayúsculo, pero también respondía a una lógica aplastante: si medio mundo quería pegarse en esa guerra, ¿por qué no iba a hacerlo una compañía española? Ahí es donde apareció el GTA Spano, un terreno incómodo en el que la ambición tenía que demostrar que detrás del marketing había una base muy sólida. Su creador fue Domingo Ochoa, un hombre que no salía de debajo de las piedras, sino que era la cabeza pensante de GTA Motor, un reputado especialista en automóviles de competición afincado en Valencia.
Chasis de grafeno y mandos en el techo: las soluciones aeroespaciales con las que el Spano quiso epatar a los multimillonarios.
Corazón americano y titanio valenciano
El GTA Spano no nació para llenar concesionarios ni para convertirse en un fenómeno de masas, sino para demostrar que en España se podía intentar algo de semejante calibre. Spania GTA, la marca creada para dar soporte al proyecto, presentó el modelo con una puesta en escena que buscaba situarlo de tú a tú con nombres de la talla de Koenigsegg o Pagani. No era una simple curiosidad local; era una apuesta en firme por entrar en la conversación de los superdeportivos serios, con todo lo que eso implica en términos de tecnología, imagen y velocidad.
La primera impresión visual justificaba el atrevimiento. El Spano no pretendía ser discreto: su estampa era bajísima, muy afilada y con unas proporciones que transmitían inmediatamente la idea de algo extremo. Su diseño no buscaba resultar amable ni postularse como una obra de arte, sino impactar al primer vistazo y ofrecer la máxima eficiencia aerodinámica.
Bajo esa piel de fibra de carbono, la receta mecánica era igual de seria. El Spano recurrió a un descomunal bloque V10 biturbo de 7.990 centímetros cúbicos de origen Dodge Viper. Esa procedencia le condenaba a utilizar culatas de dos válvulas por cilindro, pero no fue impedimento para que las unidades de la “Generación 1” rondaran los 820 CV. Los ingenieros valencianos modificaron notablemente el motor americano para soportar un gran aumento de la presión del soplado y lograr una entrega de potencia mucho más elástica de lo habitual en este tipo de transplantes.
El valor de apuntar demasiado alto
Ese es precisamente el punto que hace interesante al Spano: el desafío de construir un coche rápido y, al mismo tiempo, lograr que compita en el imaginario de los grandes superdeportivos europeos. En términos de percepción, eso es casi más difícil que romper el cronómetro. Una cosa es montar un motor potentísimo en un garaje y otra muy distinta convencer al coleccionista de que esa máquina merece estar en el mismo garaje que un Pagani.
La gestación del superdeportivo valenciano siempre tuvo algo de proyecto valiente y de desafío pendiente. Valiente, porque no abundan los fabricantes dispuestos a meterse en un segmento tan caro, exigente y expuesto al ridículo. Pendiente, porque el simple hecho de existir no te garantiza el reconocimiento del club más exclusivo del planeta. No fue una ocurrencia aislada ni un ejercicio puramente visual; fue una estrategia para moldear una identidad propia basada en la exclusividad.


Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS