La silueta del Mercedes-Benz Clase S ha sufrido una metamorfosis que refleja perfectamente la evolución de nuestra propia sociedad. Cuando el W116, el primer representante de la Clase S como tal, apareció en escena a principios de los años setenta, el mundo descubrió una berlina que imponía respeto a través de líneas rectas, una calandra prominente y una presencia física que no necesitaba disimular su volumen. Aquel coche era una fortaleza de acero que medía poco más de cinco metros, pero que proyectaba una sensación de invulnerabilidad que los modelos actuales parecen haber sustituido por una estética mucho más fluida y digital.
La dictadura de la eficiencia contra el estilo
Resulta evidente que el túnel de viento manda ahora más que el propio lápiz del diseñador jefe. Mientras que el primer Mercedes Clase S presumía de una personalidad angulosa y carácter propio, el modelo actual se rinde ante un coeficiente aerodinámico de solo 0,22. Esta búsqueda obsesiva por la eficiencia provoca que las líneas de tensión desaparezcan y que la carrocería adopte formas redondeadas que a veces diluyen la identidad de la marca. Es el precio a pagar para que una mole de 2.000 kilogramos logre consumos razonables y una autonomía eléctrica que permita viajar sin agobios por la red de cargadores.
Interiores que han pasado del cuero al software
Muchos puristas echan de menos el aroma a madera y cuero real y el tacto de los botones mecánicos que definían al W116 –y a muchos otros Mercedes que vinieron después–. En aquel habitáculo, cada mando tenía un peso y una resistencia que transmitían una durabilidad pensada para los próximos cincuenta años. Hoy, Mercedes apuesta por una “experiencia de usuario” donde las pantallas OLED sustituyen a los relojes analógicos y la iluminación ambiental puede cambiar entre 64 colores distintos según el estado de ánimo del conductor. La elegancia ya no reside en lo que se ve a simple vista, sino en la capacidad del procesador para gestionar millones de operaciones por segundo mientras descansamos en unos asientos con función de masaje.
Dimensiones que no dejan de crecer
Es curioso observar cómo el concepto de “coche grande” ha cambiado con el paso de las décadas. El Clase S original parece un juguete al lado del modelo actual, que estira su longitud hasta casi los 5,30 metros en su versión de batalla larga. Para gestionar este tamaño en las ciudades europeas, la marca ha tenido que recurrir a la magia del eje trasero direccional, que permite que las ruedas posteriores giren hasta diez grados. Sin este despliegue de ingeniería, aparcar el buque insignia de Stuttgart sería una tarea más propia de un capitán de navío que de un conductor convencional.
Desde luego, la evolución del Clase S es la prueba de que Mercedes ya no construye coches para la eternidad mecánica, sino para la vanguardia tecnológica. El W116 nació para sobrevivir a su dueño; el modelo actual nace para asombrar al mundo antes de que el software se quede obsoleto en un lustro. Aunque ambos comparten la estrella sobre el capó, representan filosofías de lujo opuestas que chocan frontalmente cuando los ponemos cara a cara en una comparativa visual.
Hablar de estos dos coches es entender la historia del automóvil premium en Europa. Uno ganó su fama con acero y fiabilidad; el otro lo hace con silicio y algoritmos. Lo que está claro es que, independientemente de la época, el Clase S sigue siendo el espejo donde se miran todos los demás fabricantes para saber hacia dónde sopla el viento del progreso, aunque ese viento a veces borre las líneas de diseño que más nos gustaban.








Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS