Coche del día: Mercedes C32 AMG (W203)

Coche del día: Mercedes C32 AMG (W203)

Mientras BMW apostaba por la pureza del 6 en línea atmosférico y las altas revoluciones, Mercedes tiró de ingeniería "bruta" con el compresor volumétrico


Tiempo de lectura: 4 min.

El Mercedes C32 AMG fue todo un puñetazo sobre la mesa. Casi como si fuera un experimento, montaron un propulsor V6 con compresor con un poderío destacable en lugar de un V8, le dieron un carácter casi de dragster, pero le hicieron cómodo, relativamente fácil de conducir y bien equipado. ¿Objetivo? darle un susto, y de los gordos, al BMW M3 E46.

Los inicios del Siglo XXi estuvieron marcados por el llamado “efecto 2000”, el cual, en teoría, mandaría todo al carajo porque los ordenadores no estaban preparados para las nuevas fechas. No ocurrió nada, obviamente, los ordenadores funcionaron a la perfección, pero sí que hubo un efecto 2000 que tuvo muchas repercusiones en la industria del automóvil. Ese efecto 2000 automovilístico provocó la explosión en popularidad de los motores turbodiésel, la aparición de los primeros SUV, la aparición de una tercera entrega del BMW M3 y, entre otras cosas, un importante cambio en Mercedes: se comenzó una transformación que convertiría a la mítica firma de la estrella, desde “el coche de señor mayor”, a “coche para todos”. Incluso había agresividad y rebeldía.

Y esa rebeldía, o al menos un asomo de ella, se materializó en 2001 con el Mercedes C32 AMG –W203–. En una época en la que BMW reinaba con la “pureza” atmosférica del M3 E46, Mercedes decidió que la elegancia de su Clase C necesitaba una dosis de esteroides alemanes. Pero no lo hicieron siguiendo la receta tradicional del V8 que ya conocíamos en el anterior Mercedes C43 AMG; esta vez, el protagonista era un V6 de 3.2 litros –el bloque M112– al que le acoplaron un compresor volumétrico de tipo Lysholm.

Solo se fabricaron 8.250 unidades entre 2001 y 2004, cuando apareció el Mercedes C55 AMG

Mercedes C32 AMG (W203) (2)

Hablamos, concretamente, de un motor que desplazaba 3.199 centímetros cúbicos, tenía culatas de dos árboles de levas y tres válvulas por cilindro, inyección, el mencionado compresor helicoidal y un intercooler. El resultado fue una máquina de “aniquilar” semáforos: 354 CV a 6.100 revoluciones y un par motor de 450 Nm disponible casi desde que rozabas el acelerador hasta las 4.400 revoluciones.

Pero donde realmente te dejaba con la boca abierta era en su capacidad para ganar velocidad. Gracias a la gestión de su caja automática de cinco relaciones, la conocida Speedshift , el C32 AMG era capaz de pasar de 80 a 120 km/h en apenas 3,53 segundos. Para que nos entendamos: en lo que tardas en decir “Mercedes-Benz”, el coche ya te ha catapultado al siguiente código postal. Pero además, hacía el 0 a 100 kilómetros/hora en 5,6 segundos, los 400 metros desde parado en 13,81 segundos y los 1.000 metros desde parado en 25,02 segundos.

No era tan deportivo como un BMW M3, eso es cierto, incluso el Audi S4 –generación B6– era más deportivo, pero el Mercedes C32 AMG se convirtió en el sedán de su tamaño más potente del mundo, al tiempo que era uno de los sedanes de Mercedes más deportivos. Era extremadamente rápido, fácil de llevar –si no se exprimía todo el potencial– y mantenía toda la personalidad de Mercedes: calidad, confort y una imagen comedida; solo aquellos que sabían donde mirar, reconocían al instante al C32 AMG.

Eso sí, esa exclusividad y ese despliegue técnico tenían un precio de los que hacían época: 63.600 euros –más de 109.000 euros de 2026–. En aquel 2001, eso suponía pagar casi un millón de pesetas más de lo que costaba un BMW M3. Era el precio de la distinción, de la comodidad de sus asientos deportivos y de la seguridad de saber que, si alguien te “echaba el guante” en la autopista, tenías bajo el pie derecho un misil tierra-tierra capaz de humillar a deportivos que le doblaban en precio. No obstante, no era de recibo que en un coche con ese precio y con esas prestaciones, se montaran frenos que se calentaban demasiado pronto o una autonomía que, según las revistas de la época, no superaba los 475 kilómetros por culpa de un propulsor cuyo consumo medio no bajaba de los 13 litros.

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Sobre mí

Javi Martín

Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".
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Ingeniero de profesión, la mayor pasión de mi vida son los coches desde que era un chaval. El olor a aceite, gasolina, neumático...hace que todos mis sentidos despierten. Ahora embarcado en esta nueva aventura, espero que llegue a buen puerto con vuestra ayuda. Gracias por estar ahí.

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