La marca de Zagato en los coupé clásicos ha sido clara. La firma italiana ha dejado versiones caracterizadas por una redondez sin igual, en la que se lee su declaración de principios: darle a un coche clase y refinamiento sin moverlo un ápice de su esencia aerodinámica y deportiva. Sus obras de arte sobresalen cuando ese aspecto de redondez, por sí mismas y cuando se expresa frente a interpretaciones de rivales con los que alguna vez el carrocero se comparó.
Su visión del Maserati 2000 Gran Turismo A6G de 1954 fue una de esas masterpieces, y a ese mencionado y elegante concepto de diseño lo desplegó en toda sección. En las aletas, el tratamiento de las ventanas y la luneta, la curvatura de los laterales desde la línea de cintura hasta el borde bajo, el morro, la moldura límite entre el maletero y la zaga… y el techo, sobre todo el techo. Es justamente hacia lo más alto donde miramos cuando la tarea es reconocer un Zagato, pero no siempre se encuentra lo que se busca.
De los 60 ejemplares fabricados del Maserati 2000 GT A6G54, 20 fueron coupés pertenecientes al estudio de diseño milanés, pero solo uno de esos 20 recibió el típico techo de doble burbuja. A la luz de los resultados, mejor que haya sido así, porque la ausencia del rasgo a este clásico lo ha embellecido y le ha resaltado esa valiosa figura. Digamos que la carrocería de esta versión del tridente se consagró como una única burbuja.
Pero Zagato no solo marcó el camino con su estilo para las berlinettas de los años cincuenta, sino que además le puso su carrocería a coches nacidos para las carreras. El Maserati 2000 Gran Turismo A6G54 fue uno de ellos. Una unidad lo comprueba. El chasis 2118 es, según Classic & Sports Car –quienes han entrado en contacto y conducido el vehículo–, el único Maserati 2000 GT que habita en el Reino Unido. Y si en las carreteras de Londres avanza con volante a la izquierda, se debe a que no se trata de un ejemplar de exportación al mercado británico.
Maserati 2000 GT Zagato: no hay escultura que importe cuando el destino llama
En su crónica, el colega Mick Walsh le concede su faceta escultural al narrar su estadía en el taller subterráneo de un especialista en Maserati al que el propietario le confió, meses atrás, la merecida –y obligada– revisión anual. “Incluso bajo el estéril resplandor neón de su austero escondite, este exótico, elegante y compacto destaca como una supermodelo”, describe. Pero pronto focaliza donde corresponde, en las bondades que trascienden al aporte estético-aerodinámico de Zagato, como el sonido de su seis cilindros de dos litros con 160 CV.
Es lo que en el fondo identifica a este fastback producido para la competición, para ser llevado por sus dueños al Campeonato GT italiano y enfrentarlo a otros coupés de la época. Porque hoy, un Maserati 2000 GT Zagato como este en acabado gris puede mostrarse inmaculado, pero detrás de su aparente perfección se esconde un historial de batallas y accidentes. Junto al radiador, la suspensión delantera y demás piezas, su carrocería de aluminio artesanal Zagato debió ser restaurada tras una de sus participaciones en los hostiles circuitos montañosos de la década.
El Maserati 2000 GT Zagato sabe de accidentes en plena competencia, más de un ejemplar de esta especie los ha experimentado. Por razón de ser, un coche de su tipo no transmite un estado permanente de obra de arte, sino una ruptura de identidad instantánea. Solo hay una manera de definir a esta versión del coupé italiano: el límite entre la belleza de su forma impecable y el destino de una reconstrucción inevitable.


Mauro Blanco
Veo arte en los coches y en sus diseños una potencia que va más allá de las cifras. Ex conductor de Renault 12 rojo modelo 1995 de épicos e imprevisibles episodios, al que recuerdo por la hostilidad de su volante, pero, sobre todo, por nunca haberme dejado en el camino.