Hubo un tiempo en que Norteamérica se vio dichosamente sometida al dominio de largas naves y notables motores. Hoy, ver pasar un muscle car de la vieja escuela, sobre todo cuando emana conservación de exhibición, te empuja a ir hacia él y hablar con el propietario. En el peor de los casos, puedes disfrutar la felicidad efímera que implica encontrarte con alguno en una cochera privada compartida, abandonado hasta nuevo aviso, en silencio, pero haciendo ruido en tu cabeza. He aquí un exponente, uno que te produciría ambas reacciones: el Buick Gran Sport 455.
Si de reacción hablamos, la capacidad de su ocho cilindros en la materia oficiaba de as de espadas. Ese par motor fue un movimiento para la posteridad, un gran responsable que hizo de este dos puertas un pináculo de todos los tiempos de la marca de la General Motors. Pero en lo técnico fue, en definitiva, consecuencia de la determinación clave del Gigante de Detroit. Con el cese de la limitación hasta las 400 pulgadas cúbicas en los motores de los coches de tamaño intermedio de la empresa, el Gran Sport evolucionó en 1970 a la cilindrada de 455 –7,5 litros– y entonces adoptó el carácter por el que ante todo se lo recuerda: su alto par a bajas revoluciones.
El par motor nominal de fábrica más alto de cualquier coche de producción estadounidense de ese año”, recuerda la casa de compra y venta Hemmings sobre las 510 lb-pie –más de 690 Nm– a 2,800 revoluciones por minuto, en una reseña que recuerda que lo mejor no venía en el GS 455 estándar, sino en el GS 455 con el opcional Stage 1, un paquete de rendimiento en el que el muscle car de Buick conoció su mejor versión, esa en la que la potencia del modelo base aumentaba 10 caballos.
Pero todavía más interesante era que los 365 CV del 455 con el paquete se anunciaban como potencia nominal y que, cuenta la leyenda, en situaciones de conducción real los que ponían sus manos en el volante y su pie en el acelerador llegaban a experimentar hasta 400 CV. Una fórmula mecánica que lo colocaba como toda una amenaza en la tierra de los duelos a velocidad de punta, tanto como para que la calidad de sus acabados, el confort y su equipamiento quedaran relegados a un segundo plano.
Buick Gran Sport 455, el bandido americano
En aquellos extensos buques americanos de hace 55 años, las calandras perseguían una misma declaración de principios: la de la presencia. Luego, la distinción de estilos, de estilos que lo tenían todo muy claro. Aquellas calandras que representaban la ostentación de un cupé de lujo como el Cadillac Deville y aquellas que confesaban ser parte a toda honra de los bandidos.
El Buick Gran Sport 455 era un bandido y, como los otros referentes de la época –Dodge Charger, Chevrolet Camaro, Pontiac Firebird– su frontal no pretendía hacer gala de la ostentación ni nada semejante, y eso que el coche, entre asientos, comodidad por su amplio espacio interior y aplicados en símil madera, tenía con qué. Simplemente advertía que podía portarse mal en cuanto pisara asfalto. El resto de sus grandes valores dejaban de importar en ese preciso instante.
Hay modelos cuyos datos técnicos no se prestan para la lectura. No por prohibirse de grandes prestaciones. Sospechamos los números de un superdeportivo y, sin embargo, no resulta atrapante focalizara en sus cifras con una pantalla de por medio. No es el caso del Buick Gran Sport con el V8 455, cuyos registros de aceleración obtenidos en pruebas de carretera –revistas norteamericanas constataron que era capaz de establecer el 0 a 100 km/h en 5,5 segundos– se vuelven material obligatorio, a la par de su alto par. Sí, definitivamente se portaba mal.





Mauro Blanco
Veo arte en los coches y en sus diseños una potencia que va más allá de las cifras. Ex conductor de Renault 12 rojo modelo 1995 de épicos e imprevisibles episodios, al que recuerdo por la hostilidad de su volante, pero, sobre todo, por nunca haberme dejado en el camino.COMENTARIOS