El Audi A6 2.5 TDI revolucionó el panorama automotriz europeo a finales de los noventa. A su diseño, que ya había generado debate cuando se presentó de forma oficial, se unía el que fuera uno de los motores turbodiésel más famosos y deseados de su época. Un bloque V6 que presumía de 150 CV, una cifra espectacular para entonces, pero que, para rematar, se acompañaba de un consumo que rondaba los siete punto cinco litros de media. Todo ello a cambio de 5.890.000 pesetas.
La primera vez que aparecieron las siglas TDI, allá por 1989 –con el Audi 100 2.5 TDI–, marcaron un momento especial: los turbodiésel habían logrado alcanzar a los gasolina en prestaciones, mientras que mantenían ese consumo que les hacía tremendamente interesantes. Fue Audi, o Volkswagen, como se prefiera, el fabricante que dio con la tecla que revolucionó la industria e inició una escalada que acabó más de veinte años después. Poco a poco, los motores TDI del Grupo Volkswagen se convirtieron en una de las referencias más potentes en cuanto a desarrollo, prestaciones o consumos. Aunque no en refinamiento, pues, en general, estas mecánicas fueron famosas por una entrega de potencia algo abrupta y por su sonido en frío; tosco, seco y poco agraciado.
El desarrollo de estas siglas continuó durante toda la década de los noventa, con otro momento cumbre cuando ese motor pasó a rendir ciento cuarenta caballos y que hizo superpopular al Audi A6 C4. Sin embargo, el punto de inflexión llegó cuando apareció el motor V6 2.5 TDI. Sus ciento cincuenta caballos marcaban un antes y un después; destacó especialmente en el Audi A4, pero sobre todo en el Audi A6 C5, donde conformaba un conjunto comercialmente imbatible gracias a su calidad de fabricación, una imagen rompedora –la generación C5 del A6 fue de todo menos conservadora– y un estatus que no poseía su hermano menor.
La ofensiva de Ingolstadt contra el BMW Serie 5 E39
Bajo esta estrategia, la llegada del A6 C5 no fue una cuestión de azar, sino el resultado de un plan maestro con el que la firma de los cuatro aros buscaba dejar de ser “la otra marca alemana” para ponerse al mismo nivel que Mercedes y BMW. Este modelo se erigió, sobre todo, como una demostración de poderío interior: cuando te sentabas al volante, la sensación era la de estar en un salón rodante con una calidad de materiales y unos ajustes que dejaban en ridículo a buena parte de la competencia. Sus paisanos alemanes empezaron a ver una verdadera amenaza en la marca y tanto el Serie 5 como el Clase E dejaron de tener la vida tan fácil; y eso que el A6 tuvo que batallar contra una de las mejores generaciones del BMW Serie 5, el legendario E39.
El detalle: La revista Motor 16, en una de las muchas pruebas que llegó a publicar del Audi A6 2.5 TDI, logró recorrer, con un solo depósito, nada menos que 1.066 kilómetros. Un dato espectacular para finales de los años noventa.
El secreto del Audi A6 2.5 TDI era, claramente, su conjunto propulsor-transmisión y la buena combinación que hacía con el resto del coche. Hablamos de un seis cilindros en V con 2.496 centímetros cúbicos –carrera larga: 78,3 por 86,4 milímetros para diámetro y carrera, respectivamente–, cuatro válvulas por cilindro, dos árboles de levas por bancada, inyección directa, turbo e intercooler, capaz de rendir 150 CV a 4.000 revoluciones y 31,6 mkg entre 1.500 y 3.000 revoluciones. La transmisión, manual, tenía seis relaciones con unos desarrollos que, según la prensa, estaban bien calculados –la quinta tenía 44,4 kilómetros por hora a 1.000 revoluciones, y la sexta, 52,8 kilómetros por hora–, lo que permitía unas prestaciones más que buenas, con unos consumos todavía más destacables. Por ejemplo, hacía los 400 metros con salida parada en 16,1 segundos y los 1.000 metros, desde 40 kilómetros por hora, en quinta, en 35,5 segundos. Pero sobre todo, podía completar el 80 a 120 kilómeros por hora en quinta en apenas 9,7 segundos, y en sexta, en 10,7 segundos. Todo ello con un consumo medio de 7,4 litros.
Dilema frente al Audi A4
Conviene señalar que ese conjunto motor-transmisión lucía especialmente bien en el Audi A4, pero tanto por precio –5.190.000 pesetas– como por comportamiento –el bloque pesado aumentaba el subviraje en curva–, provocaban que la berlina grande resultara casi más interesante. De entrada, no era mucho más caro, pues el Audi A6 2.5 TDI costaba 5.890.000 y, por prestaciones, no existían grandes brechas. A todo esto se sumaba una calidad de rodadura, un tacto y un aplomo de mayor categoría en el caso del A6.
Durante el paso de los años, el coche terminó por consolidarse exactamente donde la prensa de la época lo situó desde sus primeros compases: como un auténtico punto de inflexión. Como bien señalaban los cronistas a finales de los noventa, el modelo no solo cumplía con la promesa de aunar la autonomía de un diésel con el refinamiento de un seis cilindros, sino que dejaba una pregunta en el aire para sus competidores: si Audi podía ofrecer aquel nivel de equilibrio mecánico y calidad de construcción en su berlina de representación, el resto de la industria estaba obligada, inevitablemente, a repensar sus estándares de calidad.


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Ángel Martínez
Soy uno de esos bichos raros a los que les apasiona hablar de coches y se pasaría horas comentando modelos o repasando la historia de la automoción. Pienso que la mayoría de ellos tienen su encanto, desde el deportivo con el que soñamos hasta el utilitario que te encuentras en cualquier esquina.COMENTARIOS