Medianoche de verano. Ese fue un agitado verano. Días de calor ¿y de presagio? No abras el capó, no busques la experiencia de conducción más vertiginosa, no creas que se esconden en la ergonomía deportiva más extrema. Y aquí es cuando los mecánicos que entregan hasta la última gota de sudor en arduas jornadas de carreras de resistencia, cuando los ingenieros que persiguen el sueño del supercar de circuito homologado para la calle se manifiestan en señal de protesta… o bien emiten un ligero gesto de entendimiento porque sospechan de lo que hablo. Después de todo, la experiencia no solo se mide en saber cómo reparar, mejorar o potenciar las capacidades de un coche.
Es un agitado verano. Las primeras semanas del 2015. Esperamos, el R12 y yo, a mi primo en la puerta de su casa. Aún no vuelve de la cena con su equipo de fútbol ya se ha atrasado. Media hora, que recuerde. En cuanto se aparezca, no quedará alternativa: habrá que acelerar el paso. No se necesitan escenas de transatlánticos a punto de zarpar o de la trillada prisa de aeropuerto para alcanzar el vuelo que se está a punto de perder. Para experimentar la épica, basta con un pasaje comprado, un Renault 12 rojo con la determinación de siempre y conducir a contrarreloj ante la certeza –silenciosa, pues la esperanza es lo último que se pierde– de que el bus de larga distancia ya ha salido de la terminal.
Y una vez en la terminal, la realidad ya no se puede ocultar en el silencio. El bus ya salió, la desventaja es de unos 20 minutos, las caras lo dicen todo. Mi primo lo ha perdido y el próximo con destino a Mar del Plata está programado recién para después de las cinco de la madrugada. Pero no son solo esos dos jóvenes los resignados en la boletería. Una pareja planea escaparse de la ciudad, quizás invadidos por la espontaneidad de verano, a juzgar por el hecho de que no habían sacado ticket. Sin embargo, se lamentan como si lo tuvieran, ya inservible, en las manos. Pero el boleto de mi primo todavía sirve, no quedará sin marcar. La pareja nos empuja a tomar la decisión. Tenemos la última palabra, porque tenemos al R12. Nos subimos. Dos adelante, dos atrás.
Cuatro años antes, un compañero de radio, al volante de un Fiat Uno y conduciendo como si no hubiese mañana por autopista, que mientras no le faltasen las cuatro ruedas y lo llevara a su destino, suficiente. La máxima va camino a repetirse, pero no en color gris italiano, sino en rojo francés… y argentino. En Argentina, un Renault 12 es rojo o no es Renault 12No tomamos la avenida que te envía sin escalas a la Autovía 2, la que a su vez te lleva a la ciudad costera, epicentro popular en temporada alta. Los semáforos rojos no son opción, las multas tampoco. Vamos por adentro la primera parte de la carrera, lo que implica una infinita sucesión de badenes, esta noche condenados a no ser respetados. Como los amortiguadores, que se arremangan y se ponen a trabajar.
Una despedida sin previo aviso
El autobús empieza a revelarse a poco de desembocar en la autovía. Sí, es el autobús. Bocinas, juegos de luces y el adelantamiento a base de velocidad y brazos agitados para que el conductor entienda que es momento de orillarse a la banquina. El trabajo del Renault 12, cual misión de GTA, ha concluido. El sabor amargo se personifica en la pareja que, entusiasmada antes y desilusionada ahora, regresa conmigo debido a que la empresa no permite pasajeros sin boleto una vez que el transporte ha salido de la terminal.
Sigo considerando, una década después, a la de aquella medianoche la hazaña definitiva de mi ex R12 rojo. Como si durante los años previos, los pedales no tan a fondo, pero sin pausa, hubieran experimentado una especie de calentamiento previo en mis días de trabajo: el cuatro puertas había sido, en reiteradas ocasiones, víctima de mi impuntualidad. Tanto como para lograr en 15 minutos distancias interurbanas que suelen necesitar al menos media hora de viaje.
No abras el capó –etcétera, etcétera–, porque en nada de todo eso esperan los secretos del lazo entre el individuo y la máquina. Hemos vivido una vida de mentiras, de fachadas. La fuente verdadera, donde habita la magia de tan genuina simbiosis, se encuentra en los momentos, las experiencias, pero sobre todo en las señales, en la cadena de eventos por los que un coche adquiere sentido y cobra vida. El uso intenso que le di aquel verano al Renault 12 –mis brazos crecen a lo ancho siempre que recuerdo la dureza de su dirección– fue el presagio de aquella noche a las apuradas, y aquella épica fue la despedida de la que aún no estaba al tanto. No, tal parece que para mi R12 tampoco había mañana y ahora me doy cuenta que durante esos minutos de tensión se condujo solo.
Dos meses después, una tarde cualquiera, el R12 rojo se esfumó del estacionamiento en el que se suponía que debía esperar a mi regreso y no se supo nunca más nada de él. RQV 865, hay matrículas que no se olvidan. Su sonido, el escándalo que hacía al girar la llave en el tambor, tampoco. Sus transiciones de gasolina a GNC y viceversa, menos. Por suerte no se necesitan fotos para recordar: diez años después, busco alguna suya sabiendo que no hay, ni analógica ni digital. Nunca me caractericé por registrar, lente mediante, cómo pasa la vida. Es la hora de la nostalgia y solo por esta vez me gustaría tener una.


Mauro Blanco
Veo arte en los coches y en sus diseños una potencia que va más allá de las cifras. Ex conductor de Renault 12 rojo modelo 1995 de épicos e imprevisibles episodios, al que recuerdo por la hostilidad de su volante, pero, sobre todo, por nunca haberme dejado en el camino.COMENTARIOS