Un clásico entre clásicos de Chevrolet y Ford

Un clásico entre clásicos de Chevrolet y Ford

Crónica de un inesperado y grato encuentro: el Chevy Impala y el Ford Fairlane, reunidos en un mismo lugar


Tiempo de lectura: 9 min.

Atraviesa Chapadmalal, dejada atrás Mar del Plata, y entonces la Ruta Provincial 11 –todo ello en Argentina– se convierte en la mejor del mundo. No hay pasaje costero más importante ni majestuoso cuando avanzo por allí. Los acantilados y los sinuosos kilómetros de asfalto del Pacífico californiano nada tienen que hacer en comparación con los acantilados y los sinuosos kilómetros de asfalto del Atlántico en este tramo bonaerense del Mar Argentino. Quienes frecuentan la zona saben que no es necesario experimentar el Tour de la Elegancia de Pebble Beach, pues aquí tenemos nuestro Big Sur.

A pocos minutos de llegar a nuestra casa de verano, luego de unas cinco horas de viaje. Un colmado estacionamiento de temporada a la vista e interpretamos que la temporada ya empezó. Es la opción más inmediata, al menos. Lo cierto es que llama la atención ver tanta gente y tantos coches, porque faltan algunos días para que esa opción sea la única, para que no haya lugar a dudas. Pero las dudas están. ¿Tan temprano? No, esto es otra cosa. Nos acercamos y ese mar de coches que a lo lejos se suponían cotidianos modelos generalistas, se transforma en un mundo de clásicos que, en la sorpresa y la espontaneidad, nos hace pegar el volantazo con algo de imprudencia. El ansiado descanso después del viaje puede esperar.

Dada la variedad de ejemplares, esta es sin dudas una exposición bien nuestra. Un par de meses atrás, el Autoclásica nos inundaba con mayoría de íconos del mercado europeo. Esto es otra cosa. El predominio de las americanas es innegable y protagonizan la tarde soleada y despejada –una excepción a los días de tormenta que nos esperan– los modelos de fabricación nacional. Ahora bien, la bienvenida nos la da otra excepción, una rareza británica para estas latitudes: un Royce blanco de los años cincuenta con volante a la derecha. Pero… Lo dicho. Las americanas de industria nacional abarcan el estacionamiento de punta a punta. Un tridente de Chevys me detiene y me pregunto lo siguiente: ¿Dónde está el dueño?

Chevy Impala y el Ford Fairlane (6)

Fila de Chevys: Dos generaciones de Impala y algo más

Raúl, el Turco para los amigos, es restaurador de coches clásicos y tiene su taller en Mar del Plata. Turco Special Paints atiende en la calle Marcelo T. de Alvear y tengo una invitación pendiente que será debidamente gastada cuando vuelva a La Feliz. Aunque se especialice en americanos, los Chevrolet dominan. No es casualidad. Se define como un “amante de la marca” y se ríe cuando le digo que supongo que nunca vamos a verle un óvalo a su lado. Pero, en realidad, de esos tres Chevrolet, suyos son dos, lo que no nos impide hablar del restante, un Chevrolet Bel Air 1957 rojo con techo negro rígido y cuatro puertas, pero no cualquier cuatro puertas, sino un sedán sport, de esos con estilo cupé y sin pilares medios, lo que le da una apertura lateral notable al bajar todas las ventanillas.

Los suyos son dos Chevrolet Impala y el Turco puede enorgullecerse de que sean de diseños distantes. No tan distantes en el tiempo, pero sí en cuanto a la evolución del modelo. “Este es año ’68, tiene motor V8, es automático, tiene aire y dirección (asistida). Aquel es de 1960, trae motor seis cilindros en línea, caja manual de tres y la versión viene así, tipo Biscayne”. La referencia va dirigida al techo, del estilo del Chevy Biscayne, considerado por la comunidad como el falso Impala por tratarse básicamente del mismo coche, aunque para el mercado se lo haya comercializado como un modelo más de entrada y menos deportivo.

Apuesto a que el Impala ’68 es el más querido por el Turco. Cuando lo visite, se lo preguntaré. Por lo pronto, su estilo parece ir mucho mejor con su personalidad, se percibe en esta relación un lazo hombre/máquina mucho más marcado. Un rápido repaso por su perfil de Instagram me da la razón. El estirado cuatro puertas es el que más se repite en su contenido. Brilla su carrocería celeste, brilla el cromado de sus llantas con cinco pernos y cinco radios en forma de Y, la insignia 327 junto a los intermitentes no registran un solo rasguño. El estado del sedán revela talento, pero sobre todo mucho cariño.

Chevy Impala y el Ford Fairlane

Para cuando se lanzó el Impala 1968, las aletas traseras casi que pasaron a ser historia. El Turco dice que para ese entonces ya habían desaparecido, yo digo que, en realidad, se fueron apagando. Ambos tenemos razón, es cuestión de perspectiva. Propietario también de una Chevy Serie 2, nuestro amigo saca un tema inevitable desde el momento en que mencionamos las aletas.

“Veníamos de un época aeroespacial en la que los diseños de los coches se hacían en base a su influencia. De hecho, fijate esa Ford Courier”. Señala un modelo 1958, exhibido a la derecha de su Impala 1960. “Fijate que tiene un estilo de aletas atrás”. En el Impala del ’60, las puertas traseras no disimulan y llevan molduras cromadas con forma de aviones de la Fuerza Aérea, pero en el Courier las molduras de las aletas inspiradas en aquellos sueños de espacio exterior se notan y mucho. Y hablando de Ford…

Un clásico entre clásicos: El Ford Fairlane también brilla

Como el Impala, el Ford Fairlane es un producto con fuerte arraigo argentino. En un rápido paneo, confirmo que el Ford Galaxie ha faltado a la fiesta, pero el Fairlane no defrauda y, aunque se haya fabricado aquí en su tiempo, nunca deja de ser un placer cruzarse con uno. Al costado de la Ruta 11, no es uno, sino varios. Una vez más, me pregunto quién es el dueño.

Ford Fairlane

Así como el Turco se define como un “amante” de Chevrolet, Diego es “hincha de Ford”. Eso sí, la charla comienza con un nobleza obliga, pues desde el principio aclara que antes tenía un Chevrolet 38 negro de dos puertas, del cual no dudó en desprenderse cuando, en un grupo de aficionados del Fairlane, vio publicado a la venta el que nos acompaña, un modelo 1967 cuatro puertas verde con techo negro proveniente de Paraguay.

“Lo mandaron en un mosquito a Buenos Aires, donde estaba el titular. El titular viajó, lo trajo en una lanza triángulo de Buenos Aires a Mar del Plata y lo dejó en mi casa. Después de que hicimos la documentación de los dos, el Chevrolet se fue en un mosquito para Buenos Aires y yo me quedé con el Ford”, recuerda. Más allá de su predilección por el óvalo, había razones concretas y funcionales que lo llevaron a tomar la decisión y por las cuales ameritaba decirle adiós al que le servía más de exhibicionista.

Su Fairlane, con motor Max Econo de Ford Falcon, es más rutero que su ex modelo 1938. Le significaba un problema las gomas finas y la inestabilidad que le transmitía el Chevrolet en el andar, en la dirección y en los frenos, de manera que el Ford, con su rodado ancho de 15 pulgadas, fue todo solución. “Si hay que hacer un viaje, al momento de salir a la ruta es mucho más seguro”, explica y agrega una referencia a la comodidad de su manejo en consecuencia.

Chevy Impala y el Ford Fairlane (1)

Un coche más seguro también por los frenos, ya que dispone de discos en las ruedas delanteras, de tambor en las traseras y están asistidos por servo. Apenas unos meses pasaron desde que este Fairlane está bajo su posesión. Diego ya le ha metido mano, pero confiesa que hay mucho trabajo por hacer. Había cables que no estaban en orden y allí debió corregir, pero lo más importante lo encontró en la transmisión.

El embrague le llegó algo roto, por lo que también debió hacerlo a nuevo. Rota también encontró la caja de cuatro velocidades y me cuenta que se la cambió por una de tres temporal. “Hasta lo que pueda andar”. Sabe Diego, dueño también de un Falcon en ese entonces en etapa de restauración, que el futuro de su Ford es con una de cuatro de regreso: “un cambio más para la ruta, el día de mañana, si hay que hacer algún viaje…”. Eso sí, es consciente que para ese viaje necesita más, cuestiones como la bomba hidráulica, el tren delantero y un repaso en los frenos que, de seguro, ya habrá atendido.

Al lado del verde, el otro Fairlane de Diego es mucho más exótico. Hace calor para andar vestido de negro, menos para su coche fúnebre conocido como Merlina y la macabra muñeca que saluda desde el capó. Una adquisición del 2023. “Buscando una publicación de un Fiat 600 terminé mirando un Falcon y debajo de la publicación estaba ella, publicada en Tandil, así como está”. El momento de una compra de coleccionista es un recuerdo que no se olvida, y este modelo 1971, también con motor Falcon, fue tan producto del impulso como la compra del sedán.

Chevy Impala y el Ford Fairlane (2)

“Tenía unos ahorros. Lo hablé con mi señora, que estaba más entusiasmada que yo. La fui a buscar, hablé con el dueño a ver si me aceptaba la plata, me dijo que sí”. Punto. No se necesita nada más que el deseo y la voluntad para responder a él. A pesar del entusiasmo de su esposa, El Merlina divide opiniones y genera sensaciones de amor y odio. Según Diego, “la gente se ríe, pero a veces dice que es humor negro y se enoja”, y en parte se debe al ataúd que se exhibe en el espacio trasero, un cajón que consiguió de una convención de tatuajes y que debió arreglar en partes puntuales y echarle una mano de pintura. Ellos redoblan la apuesta: me informan sus intenciones de hacerse de un Fairlane fúnebre más.

Hasta un próximo encuentro

De ambos me llevo sus experiencias, pero también sus contactos, de manera que algún llamado les haré cuando regrese a Mar del Plata. Por lo pronto, es momento de dejar este clásico americano entre ese mar de clásicos grato, inesperado. Es tiempo de seguir viaje, un corto tramo hasta nuestra casa de verano, unas cuadras hacia adentro desde la costanera, una costanera que entre colinas no es menos que el paraíso.

Agradecimientos a Diego y a Raúl “El Turco”, por la cesión de algunas fotografías
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Mauro Blanco

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