El TVR Cerbera cumple 30 años: el misil de Blackpool que era tan razonable como un Smart biturbo

El TVR Cerbera cumple 30 años: el misil de Blackpool que era tan razonable como un Smart biturbo

Treinta años del cupé de cuatro plazas, motor propio y cero ayudas con el que TVR decidió medirse a los superdeportivos.


Tiempo de lectura: 12 min.

El TVR Cerbera llegó a los concesionarios británicos en 1996 con una idea que hoy parece escrita después de una sobremesa peligrosa con cuatro colegas: la de meter un V8 de carreras diseñado en casa dentro de un gran turismo de cuatro plazas, mantener el peso cerca de los 1.100 kilos y confiar en que el conductor sabría qué hacer con 360 CV sin ABS ni control de tracción. Habían pasado tres años desde que el primer prototipo apareció en el Salón de Londres y TVR no era precisamente una empresa dada a rematar los proyectos con calma, pero aquel retraso tuvo una consecuencia decisiva, ya que el coche concebido alrededor del conocido Rover V8 terminó estrenando un motor completamente propio. Treinta años después, el TVR Cerbera de 1996 sigue pareciendo una anomalía incluso dentro de la historia de TVR, una marca que convirtió la anomalía en método de trabajo.

El nombre procedía de Cerbero, el perro de tres cabezas que vigilaba la entrada al Hades, aunque a este le bastaba una que consistía en un capó larguísimo, un parabrisas estrecho y una boca ovalada que parecía contener una palabrota a punto de salir. El Cerbera conserva esa amenaza treinta años después sin parecer un diseño envejecido.

Blackpool quiso crecer sin hacerse mayor

Peter Wheeler entendió a comienzos de los noventa que muchos clientes de TVR no habían perdido las ganas de conducir, sino que habían ganado hijos, equipaje y una pareja poco dispuesta a cruzar el país bajo la lluvia en un biplaza con techo desmontable. El Griffith había devuelto el descaro a la casa y el TVR Chimaera añadió cierta vocación viajera, pero ninguno solucionaba el problema de quien necesitaba llevar a alguien más sin comprarse una berlina alemana. De ahí nació el primer 2+2 de la era Wheeler, no como una concesión a la madurez, sino como la manera bastante británica de fingir que la vida familiar podía adaptarse al deportivo y no al revés.

Además, TVR se movía entonces con una velocidad imposible para una gran compañía. El equipo modeló el coche a tamaño real sobre bloques de espuma, preparó un prototipo funcional para el London Motor Show de 1993 y recogió otros 276 pedidos solamente en el salón de Birmingham de 1994. La gestación artesanal del Cerbera tuvo más cincel que comité.

02 DISENO FRONTAL CERBERA 1996 La carrocería definitiva, atribuida a Damian McTaggart, abandonó el techo alto del primer prototipo y adoptó esa silueta aplastada que obliga a mirar dos veces para comprender sus proporciones. Medía 4,28 metros de largo y 1,22 de alto, con una batalla de 2.566 milímetros, así que no era un gigante ni necesitaba parecerlo. El morro ocupaba media conversación, el habitáculo se refugiaba muy atrás y la luneta descendía hacia una zaga corta, mientras las puertas larguísimas permitían acceder a unas plazas traseras que TVR describía como parte de un 2+2 y los propietarios entendían mejor como un habitáculo 3+1. El asiento del acompañante avanzaba más que el del conductor para regalar espacio a quien fuese detrás, un apaño inteligente que resumía la honestidad del coche: podía llevar a cuatro, pero uno debía querer menos a sus rodillas.

A mí esa solución me cae bastante mejor que la obsesión actual por prometer cinco plazas perfectas dentro de cualquier cosa. TVR llegó a vender sillitas infantiles tapizadas en cuero para el Cerbera y algunos dueños metieron incluso un cochecito de bebé en el maletero. El gran turismo familiar de TVR era absurdo, sí, aunque al menos su absurdo servía para algo, aunque fuese para convencer a la parienta.

El AJP8 convirtió a TVR en fabricante de verdad

El cambio más importante ocurrió bajo el capó. La intención inicial era recurrir otra vez al Rover V8, una mecánica conocida, relativamente barata y respaldada por años de preparaciones, pero el suministro dejó de ofrecer la seguridad de antes y Wheeler decidió que TVR debía fabricar su propio motor. Al Melling y John Ravenscroft desarrollaron junto a él el AJP8, cuyas siglas reunían los nombres de los tres responsables, y el resultado tuvo poco que ver con el V8 perezoso y grave que uno esperaba de un deportivo británico. El AJP8 de TVR era un bloque y culatas de aluminio, 75 grados entre bancadas, cigüeñal plano, dos válvulas por cilindro y una masa declarada de solo 121 kilos, características más cercanas a un propulsor de competición que a la pieza sensata para mover un cupé de carretera.

La versión de 4,2 litros entregaba oficialmente 360 CV a 6.500 rpm y 434 Nm, cifras que en 1996 se encontraban dentro de coches mucho más caros y bastante más pesados. Con unos 1.100 kilos, el Cerbera 4.2 podía alcanzar 60 mph en torno a cuatro segundos y superar los 290 km/h según la marca.

Ahora bien, lo memorable no era solamente cuánto corría, sino cómo lo hacía. El cigüeñal plano reducía masas e inercias, facilitaba el vaciado de los cilindros y daba al escape un ladrido seco que no se parecía ni al borboteo americano ni al aullido limpio de un Ferrari. Cada milímetro de acelerador tenía consecuencias, aunque TVR instaló un recorrido de pedal muy largo para que el conductor pudiera dosificar la entrega cuando el asfalto estaba frío o mojado. Hacía falta pitera mental para abrir gas con decisión, pero también sensibilidad, ya que la dirección apenas necesitaba dos vueltas entre topes, el eje trasero recibía toda la potencia y ningún ordenador iba a corregir una orden dada con más entusiasmo que talento. El coche no buscaba asustar gratuitamente, simplemente daba por hecho que quien lo compraba sabía conducirlo.

Por si fuera poco, la versión 4.5 apareció en 1997 con 4.475 cm³, 420 CV y 515 Nm declarados, además de frenos mayores, suspensión revisada y diferencial Hydratrak. TVR anunciaba 3,9 segundos hasta 60 mph, 8,3 hasta 100 y 195 mph de punta, es decir, unos 314 km/h. Las mediciones de banco posteriores pusieron en duda que todos los coches alcanzaran la potencia prometida, pero incluso aceptando la alegría habitual de las fichas de Blackpool, el Cerbera 4.5 de 420 CV seguía corriendo como un superdeportivo que costaba varias veces más.

04 INTERIOR COMPLETO NICK COUGHLAN

Cuatro plazas dentro de una nave diseñada en un pub

El exterior era raro, pero con elegancia, mientras el interior directamente se negaba a obedecer. Nick Coughlan dibujó un salpicadero que Peter Wheeler rechazó al verlo por primera vez y reclamó al día siguiente preguntando por “aquella cosa de nave espacial”, una anécdota que suena demasiado perfecta y, sin embargo, encaja con cada centímetro del resultado. Los relojes principales quedaban frente al conductor, pero el nivel de combustible, el reloj horario y una salida de ventilación se alojaban bajo la columna y se movían con ella al regularla. Los mandos de luces, limpiaparabrisas y claxon vivían en el volante, el arranque se hacía mediante botones separados y la apertura de las puertas exigía conocer el pulsador oculto. El interior del TVR Cerbera no era extravagante para una foto, sino un sistema completo imaginado por gente que consideraba la convención una falta de curiosidad.

Lo sorprendente es que muchas de aquellas rarezas tenían lógica cuando uno se sentaba. El conductor podía manejar casi todo sin apartar las manos, los asientos sujetaban de verdad y la consola envolvía el puesto sin llenar el habitáculo de plástico negro. El salpicadero de Nick Coughlan era teatro con una función concreta.

También era un coche agotador si se esperaba de él la docilidad de un Mercedes. La visibilidad posterior, el radio de giro, el embrague, el calor del habitáculo y una calidad de acabado muy variable recordaban que TVR ensamblaba pocos coches y aprendía mientras los vendía. El asunto es que esa tosquedad convivía con una capacidad real para viajar, porque el Cerbera tenía maletero, aceptaba equipaje para dos y mantenía estabilidad suficiente para devorar autopista a un ritmo que podía llevar a la cárcel en media Europa. A velocidades razonables ofrecía una dirección comunicativa, frenos potentes y un chasis tubular mucho más resuelto que los TVR anteriores, aunque cerca del límite la distancia entre “qué coche tan vivo” y “quién ha movido la carretera” se reducía deprisa. Su carácter furo no venía de estar mal diseñado, sino de haberse negado a domesticar cada reacción hasta volverla inocua.

Esa falta de filtros explica que algunas pruebas de época lo comparasen en aceleración con máquinas tan alejadas en precio como el Ferrari 550 Maranello, el Lamborghini Diablo SV o el Bugatti EB110 GT. El supercoche británico de 40.000 libras podía avergonzar a casi todos en una recta y después pedir bastante más oficio cuando llegaban las curvas.

El Speed Six no fue el Cerbera descafeinado

TVR añadió en 1999 el Speed Six de 3.996 cm³, 350 CV y 447 Nm, con suspensión algo más blanda, neumáticos de mayor perfil, embrague más ligero y una dirección menos inmediata. Sobre el papel perdía unas décimas frente al V8 y se quedaba en torno a 274 km/h, pero su motor seis cilindros en línea entregaba el par de manera flexible y convertía al coche en un gran turismo menos crispado sin borrar su identidad. El Cerbera Speed Six no era la versión barata para quien no se atrevía con el ocho cilindros, sino otra interpretación del mismo disparate, más suave en el viaje y todavía capaz de alcanzar 100 mph en poco más de diez segundos.

Luego estaba el Red Rose, que elevaba el 4.5 hasta 440 CV, añadía frenos y suspensión revisados y permitía elegir mediante un botón el mapa para gasolina de 95 o 97 octanos. El Cerbera Red Rose convirtió el exceso en opción de fábrica.

TVR Cerbera amarillo

En el cambio de siglo llegaron retoques de faros, pilares, techo y asientos, seguidos en 2002 por ópticas carenadas y amortiguadores de gas desarrollados con HBE. TVR intentaba pulir el coche sin convertirlo en otra cosa, aunque para entonces la gama ya vivía bajo la sombra de un proyecto mucho más bestia. El Project 7/12 unía en un solo cigüeñal dos bancadas derivadas del seis cilindros para formar un V12 de 7,7 litros, nacido con la intención simultánea de correr en GT1 y enfrentarse al McLaren F1 en carretera. Las normas acabaron con el primer objetivo y Peter Wheeler canceló el segundo después de conducir el prototipo y considerarlo inutilizable. La potencia nunca se verificó completa en un banco adecuado, por lo que los 960 CV obtenidos al sumar las mediciones de cada bancada pertenecen a la zona gris entre ingeniería y leyenda. Ya contamos la historia del único TVR Cerbera Speed 12 matriculado, incluido el detalle maravilloso de que Wheeler entrevistó personalmente a su comprador.

Conviene separar aquel monstruo del Cerbera normal, porque el V8 de serie ya era suficientemente asilvestrado y además existió en un número razonable para los estándares de Blackpool. La producción terminó alrededor de 2003 y suele cifrarse en unas 1.500 unidades, aunque TVR resucitó el modelo en 2006 para construir un último 4.5 Lightweight blanco. El último Cerbera de 2006 fue una despedida tardía de un coche que llevaba años pareciendo una despedida anticipada de toda una industria.

Treinta años después, nadie ha fabricado su relevo

Celebrar al Cerbera exige hablar también de las facturas, porque idealizarlo como una máquina sencilla sería hacerle un favor bastante torpe. Los primeros AJP8 sufrieron problemas de desarrollo y muchos 4.2 acabaron reconstruidos con apoyos de cigüeñal mejorados, mientras los Speed Six tempranos dieron trabajo por el desgaste de la distribución. A eso se suman embragues duros y no especialmente longevos, radiadores y manguitos que merecen vigilancia, entradas de agua, caprichos eléctricos y la corrosión del chasis tubular, cuya reparación correcta puede obligar a separar la carrocería. Un Cerbera bien mantenido puede ser fiable dentro de lo razonable, pero esa frase depende por completo de las facturas de especialistas y no de que el vendedor diga que “estos coches hay que entenderlos”.

Tampoco todos entregaban cada caballo anunciado, algo que a estas alturas debería asumirse con menos drama que una estructura oxidada. Importa más comprobar quién reconstruyó el motor, cuándo se ajustaron las válvulas y si el propietario calentaba el aceite antes de buscar la zona alta. El historial de un TVR vale bastante más que una pintura tornasolada bajo focos de exposición.

08 RESTYLING CERBERA 4 5 2000 2003

Lo que no ha envejecido es la receta. Un cupé de 4,28 metros, cuatro plazas aprovechables con imaginación, motor atmosférico propio, cambio manual y poco más de una tonelada sería hoy un producto imposible de homologar a ese precio, mientras que fabricar apenas un millar largo con un propulsor desarrollado desde cero resultaría una forma elegante de pedir la quiebra. Incluso las marcas pequeñas recurren ahora a motores, cajas, electrónica y pantallas de grandes proveedores, porque el cliente exige garantía, conectividad y una seguridad que hace treinta años podía resumirse en frenos grandes y buenos reflejos. El legado del TVR Cerbera no consiste en haber señalado un camino viable, sino en demostrar hasta dónde podía llegar una fábrica diminuta cuando confundía la prudencia con falta de ambición.

Total, que el Cerbera cumple treinta años sin un heredero porque el mundo que permitió construirlo ya no existe y quizá tampoco fuese tan estupendo para quienes tuvieron que pagar sus averías. Aun así, prefiero un coche que obligue a discutir sobre sus defectos antes que otro diseñado para no molestar a nadie, ya que el TVR tenía una forma, un sonido, una mecánica y hasta unos mandos que solo podían pertenecerle a él. Fue familiar sin ser sensato, rapidísimo sin convertirse en una computadora y británico sin refugiarse en la nostalgia. Ese es el milagro irrepetible de Blackpool: tres décadas más tarde, sigue pareciendo una mala idea y siguen entrando ganas de probarla.

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Sobre mí

Jose Manuel Miana

Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.
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