Hay una noticia reciente que me ha llegado hondo dentro de este corazón de adulto de vuelta de todo. La cosa es que Apple estrena el 9 de octubre de 2026 Matchbox: la película, que es una aventura de espías con John Cena al volante basada en aquellos cochecitos de metal que muchos de los que ya peinamos alguna cana guardábamos como tesoros en una caja de zapatos (aunque en mi caso, yo era SUPERFAN de Majorette y de Bburago más bien, y tuve varios Guisval). No sé si la película será buena o un despropósito comercial más que para colmo se parece demasiado a las últimas de Fast and Furious, pero el simple hecho de que exista me ha devuelto de golpe a una alfombra del salón de mi infancia.
Porque de eso va esto en el fondo, más allá del argumento de ojivas nucleares de ojivas nucleares y persecuciones por Marruecos. Va de que un montón de nosotros aprendimos a amar los coches mucho antes de poder conducirlos, empujando miniaturas por el suelo y haciendo ruidos de motor con la boca, y esa semilla germinó hasta convertirse en una pasión que nos acompaña ya para toda la vida.
¿De dónde viene Matchbox?
Hay que entender de dónde viene esta marca para calibrar por qué su salto al cine remueve tanto. Matchbox nació en 1953 de la cabeza de Jack Odell, un entusiasta de la automoción que fabricó un coche diminuto para que su hija pudiera llevarlo al colegio dentro de una caja de cerillas, la única condición que le imponían las normas escolares. De esa limitación tan tonta salió una de las marcas de juguetes más icónicas del planeta.
A diferencia de su hermana Hot Wheels, que ha vivido siempre entregada a la fantasía de los hiperdeportivos imposibles y las pistas de looping, Matchbox construyó su prestigio durante más de setenta años sobre algo mucho más terrenal y para mí más entrañable. Su especialidad eran los vehículos de verdad, los camiones de bomberos, las ambulancias, las excavadoras y los utilitarios que veíamos pasar por la calle todos los días o dormían en el garaje de las casas.
Ese realismo era precisamente su magia. Sostener en la mano una réplica fiel de un coche que habías visto aparcado en tu barrio tenía algo profundamente poderoso (o del de papá), como si te entregaran una llave para participar en el mundo de los adultos a una escala diminuta que sí podías dominar por completo, moviendo el tráfico a tu antojo sobre la alfombra. Vendían dos coches Matchbox por segundo en todo el mundo, y detrás de cada una de esas cifras había un crío soñando con motores.
La filosofía de la marca era coger lo cotidiano y elevarlo a proporciones heroicas, y esa idea es justo la que sostiene la película. Ciudadanos corrientes con vehículos corrientes enfrentándose a amenazas descomunales, exactamente lo mismo que hacíamos nosotros cuando convertíamos la alfombra en un desierto y una caja de zapatos en un cuartel general secreto.
Un Defender de tres ejes y otras joyas de la flota
Entrando en lo que de verdad me interesa, que son los coches, la flota de la película es una pequeña maravilla para cualquier aficionado. La estrella para mí es el Land Rover Defender 6×6, un todoterreno de tres ejes en color crema que aparece con salpicaduras de arena por su uso en las secuencias del desierto. Hay algo irresistible en un Defender estirado hasta las seis ruedas, una silueta que combina la nobleza británica de siempre con una brutalidad casi militar.
Ese Defender de tres ejes me recuerda por qué este coche despierta tantas pasiones incluso en sus versiones más disparatadas. No en vano hemos contado aquí la historia de el Land Rover Defender anfibio que cruzó el estrecho de Bering entre Alaska y Rusia, prueba de que este todoterreno aguanta cualquier fantasía sin perder su esencia.
El resto de la flota es igual de goloso para quien creció mirando coches, con un Chevrolet Camaro de 1969 azul metalizado que sufre lo suyo en pantalla, un Nissan GT-R NISMO gris grafito, un Ford Mustang Fastback de 1968 verde oscuro y hasta una Volkswagen T2b, esa furgoneta hippie que es pura nostalgia rodante. Cada modelo tendrá su réplica a escala 1:64 en una colección dedicada, mezclando moldes nuevos con herramientas históricas actualizadas con los colores y hasta los daños de batalla que se ven en la película.
No falta el apartado de vehículos de trabajo tan característico de la marca, con ambulancias Mercedes Sprinter y Ram, una excavadora, un helicóptero de rescate y hasta un Chevy de carreras con jaula antivuelco. Es el catálogo de la infancia entero desplegado sobre la gran pantalla, y da igual que la trama sea una excusa disparatada, porque lo que importa es volver a ver esos coches convertidos en héroes.
Del cochecito en el bolsillo al motor en las venas
Aquí es donde la cosa se pone personal, porque esta película habla de algo que muchos llevamos dentro desde que tenemos memoria. La premisa del guion, con unos amigos que de mayores aplican las maniobras imposibles que inventaban de niños jugando con sus Matchbox, es una metáfora preciosa de cómo aquella pasión infantil no se apaga, sino que muta y madura con nosotros.
Yo soy de los que aprendieron a distinguir marcas y modelos antes que a leer con soltura, coleccionando miniaturas y catálogos con una devoción que mi familia no entendía del todo aún cuando todos teníamos el motor en la sangre. Esa afición no ha hecho más que crecer con los años, y sospecho que a muchos de los que leéis esto os pasa exactamente lo mismo.
Lo bonito de este mundillo es que la llama prende pronto y no se apaga nunca. Seguimos emocionándonos con un diseño con carácter como el Škoda 1000 MBX que recupera el espíritu de un cupé de los sesenta sin pilar central, cuyas siglas MBX son un guiño directo a esta cultura de la miniatura que tanto nos marcó.
Esa chispa infantil es también la que explica las locuras más maravillosas del tuning, esos proyectos que solo se le ocurren a alguien que nunca dejó de jugar. Cuando vemos aberraciones gloriosas como el Mini clásico con dos motores Yamaha bautizado como Twini, reconocemos al niño que había dentro de su creador, ese que empujaba coches por la alfombra imaginando qué pasaría si les metiera un motor imposible.
Una película tonta que quizá no lo sea tanto
Seamos sinceros de entrada, porque una película de acción basada en unos cochecitos de juguete y protagonizada por John Cena huele a producto comercial calculado hasta el último fotograma al estilo de la de Battleship de hace años. El propio planteamiento de Apple, que la estrena directamente en su plataforma de pago sin pasar por cines, deja claro que es más una herramienta para captar suscriptores que una obra pensada para perdurar en la memoria del séptimo arte.
Pero claro, hay detalles que me hacen bajar la guardia y concederle una oportunidad sincera. El director es Sam Hargrave, un antiguo coordinador de especialistas que viene de la saga Extraction y que apuesta por la acción práctica y las acrobacias reales por encima del festival de píxeles, lo cual para las persecuciones de coches es una noticia excelente. Además, Cena ha confesado que rodó sus propias escenas peligrosas temiendo por su vida, y esa fisicalidad se nota.
El tono tampoco parece tomarse demasiado en serio a sí mismo, algo que juega a su favor. La propia película bromea con lo absurdo de la premisa, con unos protagonistas civiles aterrorizados que aplican tácticas aprendidas jugando de niños, un enfoque autoconsciente que recuerda al que convirtió Barbie en un fenómeno inesperado en lugar de en el bodrio que muchos temían.
Al final, y por encima del juicio cinematográfico que merezca, esta película es un homenaje a algo que llevamos grabado a fuego. Un homenaje a las horas que pasamos de rodillas sobre la alfombra, a los ruiditos de motor con la boca, a esa primera vez que un coche, aunque midiera seis centímetros, nos hizo sentir que el mundo de la velocidad y la aventura estaba a nuestro alcance.
Habrá que verla
Al final, pienso verla con la misma ilusión que tenía a los seis años abriendo un cochecito recién comprado. No espero una obra maestra ni la necesito, porque lo que me llevará hasta la pantalla no es la promesa de un guion brillante sino la de reencontrarme con una parte de mí que nunca se fue del todo.
Somos muchos los que llevamos el motor desde la cuna y sospecho que lo llevaremos hasta la tumba, y que somos incapaces de explicar de dónde nos viene esta afición que a menudo simplemente estaba ahí, en el olor a plástico nuevo de una miniatura, en el brillo de unas llantas cromadas diminutas, en la certeza de que aquellos cochecitos eran mucho más que juguetes.
Es curioso cómo una afición tan íntima acaba siendo también tan compartida, y basta asomarse a los comentarios de cualquier web del motor para comprobar que la infancia nos une a todos por la misma raíz.
Total que gracias a los cochecitos, a Guival, a Majorette, a Bburago, a Matchbox, por haber existido mucho antes de esta película y por seguir existiendo cuando ya casi ninguno jugamos con coches de metal. Si esta aventura de espías sirve para que un crío de hoy sienta la mitad de lo que sentimos nosotros con aquellas cajitas, habrá merecido la pena aunque el guion haga aguas por todas partes. Al fin y al cabo, los que llevamos gasolina en las venas sabemos que todo empezó con algo tan pequeño que cabía en la palma de una mano protagonizando escenas heroicas.


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Jose Manuel Miana
Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.