El Opel Astra nació con la difícil misión de jubilar al mítico Kadett. Durante décadas, fue el estandarte de la ingeniería alemana accesible. Hoy, la nueva generación presentada en Bruselas nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿Le importa a Stellantis la esencia de sus marcas o solo las hojas de cálculo?
Hubo un tiempo en que comprar un Opel era una declaración de intenciones. Era la alternativa sólida, equilibrada y puramente teutona. El Astra F y el Astra G todavía tenían ese “aroma” a Rüsselsheim. Pero hoy, tras la absorción por parte de PSA y la posterior creación de Stellantis, el Opel Astra se ha convertido en un ejercicio de equilibrismo industrial.
Técnicamente, el nuevo Astra es irreprochable porque la plataforma EMP2 es de lo mejor del grupo. Pero el problema es de identidad. Cuando compartes chasis, motores, transmisiones y hasta gran parte del software con un Peugeot 308 o un DS 4, ¿qué queda de Opel? Stellantis parece estar jugando al “Lego” automovilístico como nadie. Tienen tantas marcas –14, nada menos– que la diferenciación se limita a la estética. El frontal Vizor es muy bonito, sí, pero es solo una máscara. Por debajo, el corazón es francés.
Es cierto que no son los únicos en jugar a las sinergias, pero no es menos cierto que son los que menos diferencian sus coches una vez te pones a los mandos. Y en el Astra se nota especialmente. A simple vista es un coche diferente al Peugeot 308, pero una vez en marcha hay infinidad de cosas que recuerdan que Opel dejó de ser auténticamente Opel. Y nadie dice que sea malo si el producto es bueno y funciona como cabe esperar que lo haga, pero, como hemos dicho antes, aquí hablamos de identidad, algo que parece haber perdido peso en la industria del automóvil.
Carlos Tavares –ex CEO de Stellantis– es un genio de los números, pero los entusiastas nos preguntamos si en su tablero de juego hubo espacio para el “sentimiento”. Al homogeneizar tanto los productos como lo ha hecho Stellantis, se pierde la fidelidad: El cliente tradicional de Opel, que buscaba ese tacto de conducción específico, se encuentra con algo que se siente… diferente. Si el Astra y el 308 son casi lo mismo, al final el cliente elige por la oferta del concesionario o por cuál le parece menos feo, no por la ingeniería que hay detrás.
Lo que hemos visto en Bruselas hace ya unos días es un coche excelente, probablemente el mejor Astra de la historia en términos de tecnología y eficiencia. Pero es un coche apátrida. No tiene un origen claro. Stellantis corre el riesgo de convertir sus marcas en meros acabados estéticos. Si no saben –o no quieren– gestionar la herencia de Opel, corren el riesgo de que, en unos años, a nadie le importe si lo que conduce es un Astra, un 308 o un Lancia Delta renacido. Porque, al final del día, todos sabrán igual.
Si buscas diseño emocional y un interior vanguardista, te vas al 308. Si buscas un coche que no te complique la vida, con una pisada algo más firme y unos asientos con certificación AGR que son gloria bendita para la espalda, el Astra es tu coche. Es la “compra de cabeza” frente a la “compra de corazón” o eso, al menos, nos imaginamos nosotros. El Peugeot 308 tiene un diseño mucho más agresivo, mientras que Opel busca otro tipo de cliente, pero con la misma base que el modelo francés.


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Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".