La belleza de los faros retráctiles: Cuando esconder las luces era una declaración de principios

La belleza de los faros retráctiles: Cuando esconder las luces era una declaración de principios

Por qué ninguna firma lumínica actual podrá igualar jamás el carisma de un deportivo abriendo los ojos al mundo


Tiempo de lectura: 6 min.

Hay soluciones técnicas que son, al mismo tiempo, completamente innecesarias y absolutamente irresistibles. Los faros retráctiles pertenecen a esa categoría. Desde el punto de vista puramente funcional, un foco que se esconde cuando no se usa no aporta nada que una óptica fija bien integrada no pueda resolver de forma más eficiente, barata y con menos piezas móviles. Sin embargo, durante casi cuatro décadas, los mejores deportivos del mundo los llevaron con la naturalidad de quien sabe que hay cosas que valen por lo que significan, no solo por lo que hacen.

Aerodinámica como excusa, estética como razón

Desde una perspectiva histórica, el primer coche de producción en serie con faros retráctiles fue el Cord 810 americano en 1936. El argumento de venta era puramente aerodinámico: en una carrocería de líneas muy limpias, los faros fijos rompían el flujo de aire y comprometían el coeficiente de resistencia. La solución —esconderlos en las aletas y desplegarlos mediante una manivela manual— funcionaba más como una declaración de modernidad que como una ventaja práctica real, pero plantó la semilla de una tendencia que el mundo del automóvil no abandonaría fácilmente.

En los años 60 y 70, la idea se extendió por razones que ya mezclaban la eficiencia real con un deseo genuino de impacto visual. Un deportivo con el morro completamente limpio, sin nada que interrumpiera esa cuña tensa apuntando hacia adelante, tenía una presencia estática que ningún diseño convencional podía igualar. Cuando finalmente accionabas el interruptor y el frontal cobraba vida, el efecto era casi teatral, dotando al vehículo de una “mirada” que cambiaba según la necesidad.

Cord 810

Los iconos: De la carambola del Daytona a la coquetería de Mazda

La lista de coches que definieron esta época es un repaso por los mejores diseños de la historia. Un caso curioso es el del Ferrari 365 GTB/4 Daytona: originalmente, Pininfarina lo diseñó con los faros fijos tras una elegante cubierta de plexiglás, pero las restrictivas leyes de iluminación en Estados Unidos obligaron a Ferrari a rediseñar el frontal con faros retráctiles, configuración que acabaría definiendo su imagen mundial. Por su parte, el Lamborghini Miura merece una mención aparte; aunque no eran estrictamente retráctiles sino basculantes —se inclinaban hacia adelante sin esconderse bajo una tapa—, compartían esa filosofía de “despertar” al encenderse, manteniendo sus famosas “pestañas” siempre a la vista.

Modelos como el De Tomaso Pantera, el Lotus Esprit, el Mazda RX-7, el Honda NSX o los Porsche 924 y 944 eligieron esconder sus luces como eje central de su argumento estético. El Mazda MX-5 original de 1989 (NA) fue el que mejor democratizó esta solución; aquellos “ojos” que se abrían tenían un carácter casi adorable en un coche que, por lo demás, era muy serio en su planteamiento dinámico. En el otro extremo, el Ferrari Testarossa los combinó con una carrocería tan agresiva que el contraste entre el morro afilado y el frontal abierto era casi violento.

Por qué desaparecieron: La normativa frente a la lógica industrial

La respuesta oficial a su extinción es la normativa de seguridad peatonal. A finales de los 90, los nuevos reglamentos europeos y americanos exigieron que la zona delantera de los vehículos absorbiera el impacto de un peatón de una manera específica. El mecanismo de los faros retráctiles, con sus bisagras, motores eléctricos y estructuras rígidas justo bajo la superficie del capó, era directamente incompatible con estos requisitos de deformación programada en caso de atropello.

Pero la normativa fue, en realidad, la excusa final más que la única causa. Ya antes de que las regulaciones los hicieran imposibles, la industria había empezado a abandonarlos por razones mucho más prosaicas como el peso extra, la complejidad mecánica y el elevado coste de mantenimiento. Además, existía el problema de que en climas extremadamente fríos el mecanismo podía congelarse, dejando al conductor “ciego”. Con el avance de las tecnologías bixenón y LED, se hizo posible integrar ópticas minúsculas y muy eficientes en carrocerías limpias sin necesidad de recurrir a motores eléctricos.

Ferrari 365 GTB4 Daytona

¿Qué perdimos en el camino?

Lo que desapareció con los faros retráctiles no fue un avance técnico, sino un elemento narrativo. Hay algo en un coche que cambia de aspecto según el momento del día —que posee una cara diurna y otra nocturna— que ningún diseño estático actual puede replicar. El acto de encender las luces en un Lamborghini Countach o en un Lotus era un pequeño ritual, una manera de activar el coche que iba más allá de girar una simple llave. Era el vehículo respondiendo a su dueño, transformándose y abriendo los ojos al mundo.

El automóvil moderno ha ganado en seguridad, eficiencia y prestaciones lo que ha perdido en gestos de personalidad. Es un intercambio razonable desde el punto de vista de la ingeniería, pero de vez en cuando, al ver las fotos de un RX-7 con el morro limpio o un NSX aparcado bajo el sol, uno entiende por qué aquella solución técnicamente innecesaria logró sobrevivir casi setenta años en la cima del diseño.

Los últimos de la resistencia: El cierre de una era en 2004

La historia de los faros que se esconden no terminó con un suspiro, sino con un rugido de despedida. A principios de los años 2000, mientras la guillotina de las homologaciones ya estaba sentenciada, tres nombres grabaron las últimas páginas de este libro: el Lotus Esprit, el Ferrari 456M y el Chevrolet Corvette C5. Cuando el último Corvette C5 salió de la línea de montaje en 2004, se cerró definitivamente una era dorada del diseño automotriz.

Hoy disponemos de faros láser que iluminan a seiscientos metros y firmas lumínicas que parecen coreografías de una película de ciencia ficción. Sin embargo, ninguno de ellos es capaz de darnos las “buenas noches” o los “buenos días” abriendo los ojos con la complicidad mecánica con la que lo hacía un viejo MX-5 o un Corvette. Aquellos faros no solo iluminaban la carretera; iluminaban la pasión de quienes entendían que un coche podía ser algo más que un simple electrodoméstico de transporte.

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Sobre mí

Javi Martín

Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".

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Ingeniero de profesión, la mayor pasión de mi vida son los coches desde que era un chaval. El olor a aceite, gasolina, neumático...hace que todos mis sentidos despierten. Ahora embarcado en esta nueva aventura, espero que llegue a buen puerto con vuestra ayuda. Gracias por estar ahí.

Javi Martín

Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. He escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".

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Soy un apasionado de los coches desde que era muy pequeño, colecciono miniaturas, catálogos, revistas y otros artículos relacionados, y ahora, además, disfruto escribiendo sobre lo que más me gusta aquí, en Espíritu RACER.

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