Seres es un fabricante chino de eléctricos, y ha registrado una patente de váter integrado bajo el asiento del copiloto que se despliega con un comando de voz. Parece que se ha vuelto viral en alguna parte, pero a saber, porque hace tiempo que mi armonía con los temas virales es la misma que la de mi abuela con WhatsApp: Ni está ni se la espera. Pero eso, que la patente incluye ventilación con extractor, un sistema de calor que seca los residuos y un depósito que se vacía a mano como el de cualquier autocaravana.
La noticia me ha vuelto a poner a darle vueltas a un tema que me llama la atención desde niño, que es el de dónde termina el coche y empieza el cachivache inútil, un tema que tiene la misma edad que el automóvil y que, si uno tira del hilo, da para un museo entero de gilipolleces. Al váter chino no le faltará compañía en ese museo. Hoy quiero hablar de ese gusto por el exceso que en realidad no es tan nuevo si lo pensamos bien.
La industria lleva décadas metiendo chorradas en los coches
Chrysler ofrecía ya en 1956, como opción para su Imperial, su New Yorker y su Windsor, un tocadiscos integrado llamado Highway Hi-Fi que leía discos especiales de 16 y dos tercios de revoluciones por minuto fabricados en exclusiva por Columbia Records. En principio se diría que, genial, que estaba adelantado a su época. Ese era el problema precisamente. El sistema fracasó estrepitosamente porque la aguja saltaba con el primer bache, y a los dos años Chrysler lo había retirado del catálogo sin hacer ruido. Fue el primer gran despropósito electrónico de la industria, aunque tampoco sería el último, y desde luego, no el más ridículo.
El Cadillac Eldorado Brougham de 1957 llevó el concepto al nivel del puro despilfarro con un tocador integrado en la guantera que incluía un pintalabios a juego con el color de la tapicería, polveras, un peine de concha, un juego de lápices de metal, un espejo de plata y un frasco pulverizador de Arpège de Lanvin colocado sobre el salpicadero para perfumar el habitáculo antes de una cita. La berlina añadía cuatro vasos de acero inoxidable magnetizados para que no se volcaran en curva, una cigarrera chapada en oro con seis cigarrillos personalizados de Tiffany y un perchero plegable para trajes en la parte trasera, todo ello por el equivalente actual a ciento veinte mil euros. Solo se fabricaron 704 unidades, y muchas de ellas acabaron con el kit entero robado antes de llegar a los cincuenta mil kilómetros.
Los japoneses llegaron en los años noventa con su propia ola de extras improbables montados sobre la electrónica emergente de la época. El Lexus LS400 de 1991 ofrecía como opción de fábrica un fax integrado en la consola central con rollo de papel térmico y pantalla de tinta líquida, pensado para aquellos ejecutivos de hombreras anchas que necesitaban enviar documentos entre reuniones sin bajarse del coche. El Mazda Eunos Cosmo del mismo año llevaba una televisión analógica a color de seis pulgadas encastrada en el salpicadero con antena telescópica retráctil, y el Toyota Crown Majesta de 1992 montaba un lector de casete con función de karaoke integrada que proyectaba las letras de canciones japonesas preinstaladas sobre una pantalla auxiliar.
Nissan se sumó al catálogo universal de las chorradas con el célebre Voice Warning System que estrenó su Maxima de 1984, un chip con voz sintetizada que anunciaba en plena noche frases como “la puerta está abierta” o “las luces están encendidas” con el timbre de un robot averiado intentando imitar a una mujer adulta. Datsun y Mitsubishi lo copiaron al año siguiente porque parecía el futuro, aunque los propietarios desconectaban el sistema a martillazos antes del primer invierno porque avisaba del olvido de cualquier cosa veinte veces por trayecto. El avisador por voz sobrevivió décadas en forma de pitido seco, y esa fue probablemente la única versión que nunca debió pasar del prototipo.
Los fabricantes de lujo han tomado el relevo con estilo
Rolls-Royce y Bentley llevan dos décadas compitiendo por meter en el habitáculo cualquier artefacto que recuerde al salón de un club inglés, así que el Phantom ofrece un humidor climatizado para puros integrado en el apoyabrazos trasero, un set de té con porcelana Wedgwood y una cubertería Christofle que se pliega sobre la consola central, y un compartimento refrigerado específico para llevar botellas de champán de setenta y cinco centilitros. Maybach se picó y respondió con una cubitera de caviar entre los asientos traseros, servicio de cristalería Robbe & Berking y, en el 62 de hace una década, un minibar completo con dispensador de agua filtrada y bandejas lacadas. Ninguno de esos accesorios tiene una utilidad real superior a la del váter de Seres, aunque cuestan cincuenta veces más y los firma un departamento de diseño con pedigrí.
Mercedes-Maybach introdujo en 2015 el sistema Air Balance, un difusor de fragancias sintéticas integrado en el salpicadero que permite elegir entre cuatro aromas con nombres tan cargados como Agarwood Club, Freeside Mood o Nightlife Mood, cada uno con su cartucho recargable de compra obligada en el concesionario. Audi respondió con un ionizador de aire negativo en el A8 que promete eliminar bacterias y malos olores mediante un fundamento pseudocientífico que ninguna autoridad sanitaria ha validado todavía, y Lexus ofrece un filtro Nanoe que según sus folletos hidrata la piel de los ocupantes con partículas de agua ionizadas. Son invenciones tan discutibles como el váter chino, solo que ejecutadas con el presupuesto de marketing de un gran premio y la aprobación de los departamentos legales europeos.
Tesla ha normalizado en la última década un repertorio de gadgets digitales que antes habrían sonado a broma adolescente, con su Emissions Testing Mode que emite sonidos de flatulencia por los altavoces elegidos entre siete tonos distintos, el Romance Mode que proyecta una chimenea virtual en la pantalla central mientras suena música ambiente de saxofón, y el Santa Mode que transforma los iconos del sistema de navegación en renos y trineos durante las fechas navideñas. Cualquier ingeniero de Chrysler de 1956 habría entendido al instante la lógica del asunto, aunque se hubiera escandalizado con el acabado estético del menú y probablemente también con el precio final de un coche que cuesta cien veces más que su Highway Hi-Fi sin ofrecer, en realidad, ningún extra más útil que aquel.
Los fabricantes chinos están tomando ahora el relevo con la intensidad que les caracteriza, así que el Nio ET7 incluye karaoke integrado con micrófonos de membrana y lista colaborativa entre los ocupantes, el BYD Han ofrece una cama plegable completa con sábanas de algodón egipcio en la versión Premium y el Li Auto L9 monta una pantalla de cuarenta pulgadas en el techo orientada a los pasajeros traseros con altavoces Dolby Atmos. El váter de Seres no es por tanto una excepción china sino la consecuencia lógica de una cultura automovilística que concibe el coche como caravana de lujo con cuatro ruedas autónomas, y probablemente termine apareciendo, con otro nombre y otra carcasa, en alguna autocaravana premium dentro de cinco años. El Highway Hi-Fi fracasó y acabó abriendo el camino a Spotify, el pulverizador del Eldorado Brougham reencarnó medio siglo después en el Air Balance del Maybach, y la industria del automóvil es, en buena parte, la crónica de los inventos chorra que no iban a ninguna parte hasta que, de vez en cuando, alguno acababa cambiando el mundo en el momento adecuado. Quiero decir, el reproductor de CD era el heredero del Highway Hi-Fi y fue entonces cuando afinó…


Jose Manuel Miana
Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.COMENTARIOS