El Saab 9-3 SE 2.0 TS Coupé era uno de los coches con mayor personalidad del segmento coupé medio, allá por finales de los años 90. Pero no solo hablamos de estética, sino de soluciones, como el peculiar clausor colocado junto al selector del cambio y que solo liberaba la llave al poner retroceso.
A finales de los años 90, casi acabado el Siglo XX, el mercado estaba repleto de opciones con carrocería coupë, a cada cual más bonita y a cada cual más interesante. Para muchos, fue una de las mejores épocas de la industria, con una de las generaciones más apasionantes de compactos, sedanes de prestaciones y diseños soberbios y, por supuesto, los mencionados coupés, que los había de toda clase y condición.
Sirva de ejemplo que se podían juntar, en no pocas revisas, coches como el BMW Serie 3 Coupé, el Volvo C70, el Peugeot 406 Coupé, el Mercedes CLK y el Saab 9-3 Coupé. ¿Acaso no es una selección de “toma pan y moja”? Cada uno de ellos más atractivo que el anterior y todos ellos dignos merecedores de ocupar un lugar en la colección de cualquier apasionado de los coches. Automóviles cargados de personalidad, de tecnología –de la época– y de motores potentes.
Aunque todos tenían una historia que contar y muchos argumentos con los que batallar, el Saab 9-3 SE 2.0T Coupé destacaba especialmente por diferentes motivos. De primeras, su diseño, posiblemente, uno de los más reconocibles del mundo del automóvil, de segundo, las soluciones que usaba, en especial sus motores turbo, que pronto se hicieron famosos por su notable poderío. En el caso del 9-3 2.0T, por ejemplo, rompía moldes a base de caballería y de par.

Nadie diría, con ver su silueta, que este coupé sueco es tan rápido
Saab demostró que la sobrealimentación no tenía secretos para ellos en muchas ocasiones, y el motor del 9-3 Coupé 2.0T no era una excepción. Un cuatro cilindros de 1.985 centímetros cúbicos de carrera corta –90 por 78 milímetros para diámetro y carrera respectivamente–, culata de dos árboles de leva y cuatro válvulas por cilindro, árboles contrarrotantes de equilibrado, inyección, turbo –tarado a 0,79 bares– e intercooler, para rendir, oficialmente, 200 CV a 5.500 revoluciones y 28,87 mkg de par a 2.300 revoluciones, unos 283 Nm. Todo ello enviado a las ruedas delanteras a través de un cambio manual de cinco relaciones.
Un motor poderoso, nada mal para un dos litros turbo en aquellos años, pero eso era sobre el papel. Según registros de la revista Automóvil –número 262–, el motor del Saab 9-3 SE 2.0T Coupé llegó a rendir 220 CV a 5.620 revoluciones y nada menos que 31,15 mkg a 4.450 revoluciones, unos 300 Nm. No es de extrañar, por tanto, que fuera capaz de alcanzar los 237 km/h, de completar el 0 a 400 metros en 15,10 segundos o de alcanzar, tras un kilómetro de aceleración, casi 208 km/h.
Era un portento, sin lugar a dudas, pero tanto poderío tenía un coste. Por sensaciones, pocos motores eran capaces de desplegar potencia con tanto temperamento, aunque había que pagar el precio de un marcado efecto turbo, que lo hacía algo incómodo en circulación sosegada y en ciudad. También provocada que el consumo fuera algo elevado, del orden de los 10 litros de media. Junto a un consumo elevado y al tacto típicamente turbo, había que sumar, como pega adicional, unos frenos que se fatigaban un poco pronto, aunque eso tenía fácil solución con unas buenas pastillas o incluso con un buen líquido de frenos.
Javi Martín
Si me preguntas de donde viene mi afición por el motor, no sabría responder. Siempre ha estado ahí, aunque soy el único de la familia al que le gusta este mundillo. Mi padre trabajó como delineante en una empresa metalúrgica con mucha producción de piezas de automóviles, pero nunca hubo una pasión como la que puedo tener yo. También he escrito un libro para la editorial Larousse sobre la historia del SEAT 600 titulado "El 600. Un sueño sobre cuatro ruedas".COMENTARIOS