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Zastava Yugo

El coche del pueblo de los yugoslavos

Zastava Yugo

Todo empezó en la antigua Yugoslavía, en Serbia concretamente. La marca Zastava Automobili comenzó la fabricación de automóviles a principios de los años cincuenta, primero con diseños y variantes de la propia Fiat. Su mercado era Europa del Este, en buena lógica, era un país dentro de la órbita (aunque muy excéntrica) de la Unión Soviética.

En los años setenta pasó a la fabricación de modelos propios, bajo el nombre “Yugo” para países occidentales, y fue exportado a toda Europa y a Estados Unidos. Hubo muchos modelos; Zastava Yugo 45, 55, 65, Florida e incluso un Cabrio, entre otros. En 2008 Zastava Automobili cesó en la producción de automóviles, y Fiat se hizo cargo de la fábrica.

Veamos algunos anuncios en prensa escrita. En España tuvo el eslogan “Yugo, la sorpresa”, en la que además destacaba sus puntos fuertes: asistencia en toda España y tecnología compatible, y, sobre todo, recalcando mucho su precio tan reducido.

En Estados Unidos se vendió relativamente bien con dos eslóganes muy directos, uno de ellos fue “Todo el mundo necesita un Yugo alguna vez”, en el que la publicidad destacaba sobre todo el precio 3.990 dólares, y otro aludiendo al coche del pueblo para todo el mundo: “Introduciendo la misma idea antigua” y aparece delante de un Ford T y un Volkswagen Escarabajo. En Reino Unido era: “El mejor de su clase”.

Yugo Next

El Yugo como obra de arte

Art Yugo, así se tituló uno de las exposiciones más esperpénticas y curiosas sobre el mundo del automóvil. En 1995 en Washington D.C. se hizo una exposición a cargo de una clase de arte del prestigioso School of Visual Arts de Nueva York. El objetivo era coger el Yugo y transformarlo en cosas y lugares cotidianos, como por ejemplo; un piano, un futbolín, una tostadora, un cine, etc. demostrándose una vez más que este coche era diferente al resto. Y que pese a que siempre era una manera de ridiculizar y menospreciar el coche. Estaba presente y era bastante conocido en los Estados Unidos. Podéis pasar las imágenes del diaporama para ver más ejemplos.

Una estrella de las pantallas en papeles secundarios

A pesar de no ser un icono como el Ford Mustang, ha aparecido no en pocas películas de Hollywood y en series de televisión.

  • En “La jungla de cristal III”, es conducido por los personajes de Bruce Willis y Samuel L. Jackson. En uno de los frenéticos juegos de “Simon”, en el que tienen que llegar a un lugar atravesando Manhattan, toman un Yugo a punta de pistola. Se quejan de que el coche es muy lento porque está hecho para consumir poco, no para correr. Mentira, era un coche “gastón” como pocos por la poca potencia y peso que tenía, pero hay que entender la óptica americana. Al poco tiempo de llevarlo lo cambian por un Mercedes Clase S, también a punta de pistola.
  • En “Iroman 2” aparece en los primeros segundos del filme, un Yugo de color rojo en una calle nevada como parte del decorado de una ciudad ex-comunista.
  • En “Bowfinger, el pícaro”, una comedia disparatada con Steve Martin y Eddie Murphy. En ella, un director de cine mediocre y arruinado quiere hacer la película de su vida. No es que aparezca nuestro entrañable Yugo, sino que en la casa del director -donde transcurre parte de la película- tiene colgados varios póster de sus antiguas y nefastas películas. En una de ellas aparece un cartel de “The Yugo Story”, como símbolo de películas de serie B.
    Yugo en el cine y TV
  • “Todos la querían muerta”, desconocida película donde todos los habitantes del pequeño pueblo conducen Yugos, y donde todos son sospechosos de matar a una vecina poco querida. Echad un vistazo al tráiler.
  • “El jugador”, película protagonizada Mark Wahlberg. Profesor de universidad ludópata de las apuestas, el cual conoce a una alumna suya -el personaje de la ganadora del Oscar Brie Larson- la cual tiene un Yugo amarillo claro, que contrasta con el coche del protagonista, un flamante BMW 1 Serie M naranja.
  • “El cuervo”, para muchos una película de culto. Se ve involucrado un Yugo en una persecución entre el protagonista y la policía.
  • Aparece también en “Cars 2”. A pesar de que es mucho peor que su predecesora, parte del elenco consiste en los peores coches de la historia, los malvados de la película. Por supuesto, no podía faltar el Yugo, bautizado en la película como Victor Hugo.
  • También ha aparecido en series de televisión americanas como “Cosas de casa” y “Malcom”.
  • El programa de coches más famoso del mundo, “Top Gear”, tampoco ha podido escapar del Yugo. Ha aparecido en dos programas: en uno, un Yugo 45 es conducido y criticado ácidamente antes de ser destruido por un tanque. En el otro, un Zastava 101 rojo es comparado irónicamente con un Bentley Mulsanne.
  • Y muchas más que por razones de espacio no menciono, pero pueden verse en The Internet Movie Car Database.

Yugo y el tuning

Aunque parezca increíble tampoco se ha librado de las preparaciones y existen cientos de páginas, fotos y videos sobre el tuning en los Yugo, la mayoría entraría en la categoría de cutre y mal gusto. Supongo que su bajo precio y calidad se prestaba a ello, pero algunas preparaciones que no están del todo mal, aunque sea solo como experimento. Baste como ejemplo una preparación con dos motores V8 y tracción total, muy americana.

Las plumas le hicieron mucho daño

En prensa el Yugo ha protagonizado algunos artículos sonados como uno del New York Times en 1985, con la siguiente afirmación: “El peor coche de la historia”. También en la revista Time, en 2007, apareció en la lista de “Los 50 peores coches de todos los tiempos”, en la que encontramos al Yugo GV de 1985. Además, hay un libro de Jason Vuic titulado “El Yugo: auge y caída del peor coche de la historia”, donde explica un poco la historia de este coche tan peculiar por su paso por los Estados Unidos.

Yugo 45A

Recordando mi propio Yugo…

Mi experiencia con Yugo viene de la adolescencia. Yo tenía nueve años cuando mis padres, más concretamente mi madre, necesitaba un coche nuevo. Venía de un Seat 127 blanco y se había roto, era hora de pasar a la modernidad. Era imperativo un coche muy pequeño, la plaza de garaje era -y es- ridículamente estrecha, y a poder ser que fuera lo más económico posible. Por casualidades del destino unos amigos de mis padres trabajaban en uno de los pocos concesionarios en España donde se vendía el Yugo. Una cosa llevo a la otra y por unas 800.000 pesetas y pico el coche se vino a casa.

Era 1988 y teníamos un coche yugoslavo

Era pequeño, barato y hasta aquí puedo leer sus virtudes. Su color era azul pálido, un color muy peculiar, no muy habitual. Era cuadrado y feo, tenía un aire al 127 del que veníamos, pero tampoco distaba mucho de un Golf de primera generación (por muy aberrante que parezca la comparativa). Nuestro modelo era el Yugo 45A, con un motor gasolina de 903 cc y 45 caballos, que no daban para mucho, parecían muchos menos. El cero a cien los hacía en minuto y medio; vale, no es verdad, pero daba esa sensación. Era ruidoso y consumía mucho para lo que era.

El interior, todo plástico malo que crujía desde los primeros días. Y creo recordar que no tenía guantera, solo una pequeña bandeja para dejar algún pequeño objeto. Todos los papeles del coche los llevábamos en el bolsillo de atrás del asiento del copiloto. Las luces eran un botón con varias posiciones a la izquierda del volante en el salpicadero. No tenía cuentavueltas, algo muy normal en esa época, y la palanca de cambio de marchas era alargadamente infinita y temblorosa. No pasa nada, para cuatro marchas que tenía…

Aún recuerdo los bocadillos de Nocilla envueltos en papel de plata que comía en las plazas traseras mientras volvía a casa desde el colegio

Mi hermano lo llevó durante un tiempo también como su primer coche, y siempre cuenta que un día un amigo le dijo que había visto un coche feísimo y muy raro por el pueblo costero donde residíamos. Le respondió que era el nuevo coche de nuestra madre.

Y llego el día que, tras pasar por las manos de mi madre y mi hermano mayor, me toco a mí el turno de probarlo. Recién sacado el carnet en septiembre de 1998 ya podía experimentar por mí mismo las “cualidades” de ese extraño coche. Siempre se ha dicho que es mejor aprender con un coche malo, entonces aprendí muy bien a conducir. Lo compartíamos entre dos, aunque la mayoría de las veces lo llevaba yo, pese a que no corría nada. No importa, en teoría con la “L” no podía pasar de 80 km/h como novato.

Se balanceaba que daba gusto. Muchas veces la gente se quedaba mirando, pensando en qué coche estaban viendo, no por espectacular ni por bonito, sino más bien por curiosidad. Pese a todos sus defectos, era el primer coche que conducía tras el Citroën AX diesel de la autoescuela. Y me sirvió para desplazarme con mis amigos: a la playa, al cine, de compras, o a cualquier lugar que quisiera. Cuando no íbamos en el Clio RT o R5 de mis amigos íbamos en el Yugo.

Una vez acabado el instituto, en el turno de tarde como estudiante de informática, entre los compañeros de clase había mucho cachondeo con mi coche. Mis compañeros tenían un Ford Escort blanco, un SEAT Ibiza gris… y un flamante Ford Fiesta XR2 Mk.1 de color negro. Pese a que todos esos coches era mejores que el mío, el Yugo era especial. Recuerdo perfectamente llegar un día a clase a las tres de la tarde y nada más entrar un compañero me dijo que había visto por la televisión cómo tiraban bombas sobre la fábrica de mi coche.

Las fuerzas de la OTAN bombardearon en 1999 la fábrica de Zastava durante el conflicto de los Balcanes, aunque en teoría fueron daños colaterales

Fue muy criticado y llorado por el pueblo serbio. Lo primero que pensé fue: “me he quedado sin recambios”. Pero eso nunca fue un problema; piezas de SEAT y Fiat antiguos valían para casi cualquier pieza del coche. Nuestro mecánico de toda la vida siempre nos decía que teníamos el coche más raro del taller. Pero, a pesar de todos los coches que tenían los compañeros de clase, siempre el más recordado por todos fue el Yugo.

Una de las anécdotas que me paso con este coche tenía que ver con su radio. Por supuesto el coche venía sin radio y en su lugar había con una tapita para que no quedara un hueco a la vista. Compramos una radio en los miles de sitios donde antiguamente las vendían, una de esas radios extraíbles, que la gente al aparcar el coche se llevaba como si fuera lo más normal del mundo: pasear por la calle con una especie de maletín o estar en un bar con el armatoste a cuestas. Es uno de esos detalles que hemos borrado, acertadamente, de nuestra mente.

Al cabo del tiempo de tenerla, un día que buscaba una emisora nueva descubrí algo extraño. Había una frecuencia en la radio que se acoplaba por una extraña razón con el coche. Cuando pitaba con esa emisora, solo se oía ruido, se acoplaba y se oía casi más por los altavoces que por el claxon en sí. Un día que iba acompañado por un amigo, íbamos con el coche y nos paramos los primeros en un semáforo, a nuestra derecha se paró otro coche. Como era habitual, vio el Yugo y le entró la risa floja, y de inmediato dio un golpe de gas a su coche como en tono de burla.

Yugo 45A

Entonces le dije a mi amigo que bajara del todo su ventanilla, de forma manual por supuesto. Sintonicé la emisora “mágica” y subí casi al máximo el volumen de la radio, e hice lo mismo que él, un golpe de gas. El motor, al igual que el claxon, se acoplaba a la radio. De ese pequeño coche yugoslavo salió un rugido como V8 en época de celo, que poco esperaba el otro conductor. Su cara fue un poema. El semáforo se puso en verde y avancé lentamente entre nuestras carcajadas. Creo que ese señor aún estará pensando qué motor llevaba ese coche tan feo. A lo mejor fui el precursor de esa penosa idea de que los coches suenen por los altavoces, cosa de algunos deportivos de hoy en día.

Uno de sus habituales males era la temperatura que cogía. Prácticamente consumía lo mismo de gasolina que de agua. Recuerdo cómo cada día que volvía del trabajo por la autopista la aguja de la temperatura estaba un poco por encima de la mitad. Al segundo semáforo, tras entrar en la ciudad, se disparaba la temperatura. Al bajar el retorcido parking de mi casa la aguja estaba por encima del nivel máximo y oyéndose unos ruidos guturales saliendo del capó. El refrigerante estaba ya en ebullición.

Y como en la vida, todo tiene un final. Tras cerca de una década llegó el día en que tuvimos que jubilar aquel coche. Fue derecho al chatarrero con una especie de pena nunca aceptada hasta muchos años después. Y me quedé con las ganas de guardarlo en algún sitio para hacer locuras con él en un futuro, pero como casi siempre, uno no tiene un campo o garaje de sobra para guardar una reliquia. Fue remplazado por un Daewoo Matiz, que no era ninguna maravilla, pero comparado con el Yugo parecía que hubiésemos comprado un Mercedes Clase S.

Yugo 45A

Llego a la siguiente conclusión: como posiblemente conduje el peor coche de la historia -como primer coche- a partir de ahí todo tenía que ir a mejor en los coches que iba a conducir en el futuro. Gracias, aún recuerdo ese maravilloso recuerdo del desastre que era “mi” Yugo.

Esta obra, cuyo autor soy yo mismo, se publicó el 11 de septiembre de 2016 bajo una licencia de Reconocimiento 4.0 Internacional de Creative Commons.

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Sobre mí

Carlos Sampol

Apasionado por los coches desde la infancia, cuando jugaba con mi hermano mayor con un BMW M1 blanco de Scalextric. Consumidor de reportajes sobre el mundo del motor. Y en los últimos años, entusiasta y poseedor de un Mini. Aficionado al cine y las series, al ordenador y pintor de cuadros.

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