BYD promete cargar en cinco minutos, pero falta la red

BYD promete cargar en cinco minutos, pero falta la red

El Atto 8 estrena en Europa la carga de un megavatio, pero España no tiene red para ella


Tiempo de lectura: 10 min.

BYD ha vuelto a lanzar una de esas cifras que paran la conversación en seco, la de cargar su nuevo SUV insignia, el Atto 8, en apenas cinco minutos, y llenarlo casi del todo en nueve. En concreto, el coche es un gigante de siete plazas, con una batería de 115 kWh y 653 kilómetros de autonomía, y se estrena como el primer BYD europeo con la tecnología Flash Charging que la marca presume de haber domado antes que nadie.

La cifra es espectacular y, sobre el papel, acerca el eléctrico al sueño de repostar como en una gasolinera de toda la vida. Ahora bien, el problema no está en el coche, que probablemente cumpla lo que promete conectado al enchufe adecuado, sino en ese enchufe adecuado, porque cargar una batería de ese tamaño en ese tiempo exige una potencia que la red eléctrica europea no tiene esperando en la cuneta de ninguna autovía.

Conviene, por tanto, dejar de mirar el coche un momento y mirar lo que hay detrás del coche, que es donde se juega de verdad la partida. En realidad, la pregunta interesante no es si el Atto 8 puede cargar en cinco minutos, que puede, sino qué hace falta para que esos cinco minutos sean posibles fuera de un salón del automóvil y en la salida 237 de una autovía cualquiera un día de agosto.

Esa es la historia que nadie cuenta cuando aplaude la cifra, y merece la pena desmenuzarla con calma, porque explica por qué el coche eléctrico avanza mucho más despacio de lo que sugieren los titulares y por qué el cuello de botella dejó de estar en las baterías hace tiempo para instalarse en los cables y en los transformadores.

Cinco minutos que suenan a milagro

El Atto 8 presume de una tecnología de carga que BYD llama Flash Charging y que, en su versión más ambiciosa, alcanza hasta 1.000 kW de potencia, es decir, un megavatio entrando por el cable. Esa cifra es la que permite los cinco minutos del titular, y es también la que convierte toda la operación en un desafío de ingeniería eléctrica más que de automoción.

Un megavatio es muchísima potencia, y ahí empieza el problema que el folleto prefiere no mencionar.

Para entender la magnitud conviene traducir el dato a algo cotidiano, porque un megavatio equivale a la potencia que contratan varios cientos de viviendas españolas a la vez, del orden de doscientas o trescientas casas tirando de la luz en el mismo instante. En la práctica, meter toda esa energía en un solo coche durante unos minutos exige una acometida eléctrica que no se parece en nada a la de una gasolinera, que al fin y al cabo solo necesita luz para las bombas y la tienda, sino a la de una pequeña industria, con su transformador dedicado y su línea de media tensión, infraestructura que cuesta una fortuna y que tarda meses o años en tramitarse ante la distribuidora de turno.

La cuenta se complica todavía más si uno piensa en una estación con varios surtidores, porque cuatro coches cargando a la vez a esa potencia suman cuatro megavatios, consumo equivalente al de un polígono industrial entero funcionando a pleno rendimiento. A día de hoy, ninguna área de servicio tiene esa capacidad enganchada a la red, de modo que la promesa de los cinco minutos choca de frente con una realidad tozuda, la de que el coche va por delante de la infraestructura que debería alimentarlo, y esa distancia entre lo que el vehículo pide y lo que la red puede dar es el verdadero freno de la movilidad eléctrica en este momento.

Un megavatio por coche, la cuenta que nadie hace

La física de la carga rápida no admite atajos, porque la energía que entra en la batería es potencia multiplicada por tiempo, así que si uno quiere reducir el tiempo a la mínima expresión no le queda otra que disparar la potencia hasta cifras disparatadas. Sin ir más lejos, pasar del 10 al 97 por ciento, unos 100 kWh, en nueve minutos exige de media cerca de 670 kW sostenidos, y recortar a cinco minutos la carga útil obliga a rozar ese megavatio del que presume BYD.

Esa potencia no sale de la nada, tiene que estar disponible en el punto exacto donde se enchufa el coche.

Aquí aparece el primer muro técnico, el del propio cable, porque meter un megavatio por un conductor de grosor manejable genera un calor brutal que derretiría cualquier manguera convencional en segundos. Por eso, la solución pasa por refrigerar el cable por líquido, haciendo circular un refrigerante por su interior igual que el radiador de un motor, y por conectores de nueva generación capaces de aguantar esas intensidades, de los que apenas existen un puñado en el mercado. De hecho, Phoenix Contact ha presentado un conector homologado para los 1.000 kW, mientras que soluciones muy extendidas como las de Alpitronic se quedan hoy en unos 600 kW por manguera, lo que da la medida de lo pionera, y lo cara, que resulta la receta de BYD.

El segundo muro es el de la red que alimenta el surtidor, y es el más difícil de salvar, porque de poco sirve un cable capaz de transportar un megavatio si detrás no hay una línea capaz de suministrarlo. Además, la mayoría de las estaciones de carga actuales cuelgan de la red de distribución de baja o media tensión que llega a cualquier pueblo, dimensionada para alimentar comercios y viviendas, no para entregar megavatios a la carta, de manera que instalar un cargador de esta potencia obliga en muchos casos a reforzar toda la línea hasta la subestación más cercana, obra de ingeniería civil que multiplica el coste y el plazo de la instalación muy por encima de lo que cuesta el propio cargador.

La trampa está en la acometida y en el buffer

BYD conoce de sobra este problema y lo esquiva con un truco inteligente, el de instalar baterías de apoyo en las propias estaciones de carga. En lugar de exigir un megavatio continuo a la red, la estación va rellenando despacio unas baterías enormes durante las horas muertas, y cuando llega un coche vuelca esa energía de golpe sin tirar de la red por encima de lo que la línea aguanta.

Ese acumulador local es la pieza que hace viable el milagro, y también la que dispara la factura.

El planteamiento resuelve el cuello de botella eléctrico, porque permite ofrecer cargas de megavatio en sitios donde la red jamás podría darlas de forma directa, pero convierte cada estación en una instalación carísima, con sus baterías, su refrigeración y su electrónica de potencia, muy lejos del coste de plantar cuatro surtidores de gasolina sobre una losa de hormigón. Aquí enlaza una cuenta que ya hemos hecho en otras ocasiones, la de que un punto de carga ultrarrápida puede costar diez veces más que una gasolinera equivalente, y buena parte de ese sobrecoste se esconde precisamente en esos acumuladores y en la obra eléctrica que exige semejante potencia, gasto que alguien tendrá que pagar y que acabará repercutido en el precio del kilovatio que repostemos.

BYD ha anunciado una red propia de entre doscientas y trescientas estaciones Flash Charging en Europa, pensada sobre todo para su marca premium Denza, lo que revela la verdadera dimensión del asunto. Un despliegue de ese tamaño, atado a una marca concreta y a sus modelos más caros, está muy lejos de la red universal y densa que haría falta para que cualquier conductor de cualquier eléctrico cargara en cinco minutos en cualquier carretera, así que el milagro, de momento, queda reservado para unos pocos coches en unos pocos puntos, mientras el resto del parque sigue dependiendo de cargadores mucho más modestos y de esperas que no bajan de la media hora larga.

España no es Shenzhen

Trasladar todo esto a la realidad española añade una capa más de complejidad, porque nuestra red de distribución arrastra saturación en muchas zonas y los plazos para conseguir una nueva acometida de potencia se cuentan en años, no en meses. Por ejemplo, un operador que quiera instalar un cargador de megavatio en una autovía se topa con un vía crucis de permisos, expedientes de conexión y refuerzos de línea que poco tienen que ver con la agilidad que sugiere el anuncio del coche.

El contraste con China resulta demoledor, porque allí BYD despliega esta tecnología sobre una red pensada y construida a toda velocidad por el Estado.

La diferencia de contexto lo explica casi todo, porque China ha levantado en una década una infraestructura eléctrica sobredimensionada a propósito, con capacidad de sobra para absorber la electrificación del transporte, mientras que Europa, y España en particular, arrastra una red más antigua, más troceada entre operadores privados y mucho más lenta de ampliar por el peso de la burocracia y la falta de inversión. Así, aplaudir los cinco minutos del Atto 8 sin mirar ese telón de fondo es quedarse en la superficie del asunto, porque la misma tecnología que en Shenzhen funciona sobre una red generosa aquí se dará de bruces con una infraestructura que va años por detrás del coche que pretende alimentar.

El coche, insisto, no tiene la culpa de nada, y probablemente sea un SUV eléctrico excelente, amplio, autónomo y capaz de cargar rapidísimo cuando encuentre dónde hacerlo. La cuestión es que ese «dónde» sigue siendo el gran agujero de la movilidad eléctrica en nuestro país, y que ninguna cifra de récord en la ficha del vehículo lo tapa, porque de poco sirve poder repostar en cinco minutos si el punto capaz de hacerlo está a doscientos kilómetros o directamente no existe, realidad que el comprador español descubre en cuanto sale de la gran ciudad y se enfrenta a una red de carga todavía escasa, desigual y demasiado dependiente de que todo salga bien.

El BYD Atto 8 es la prueba de que el coche eléctrico ha resuelto ya casi todos sus deberes de ingeniería, porque un SUV de siete plazas que carga en cinco minutos habría sonado a ciencia ficción hace nada. Eso sí, el cuello de botella se ha mudado del vehículo a la red, a esos megavatios que hay que llevar hasta la cuneta de la autovía y que exigen cables refrigerados, baterías de apoyo carísimas y una infraestructura eléctrica que España no tiene ni tendrá a corto plazo. Celebremos el coche, por tanto, sin olvidar la letra pequeña del enchufe, porque la revolución de la carga rápida no se juega en los laboratorios de BYD sino en las subestaciones, los expedientes de conexión y las inversiones de red que nadie fotografía en los salones pero que deciden si el milagro de los cinco minutos llega algún día a la gasolinera de tu pueblo.

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Sobre mí

Jose Manuel Miana

Ando loco con los coches desde que era pequeño, y desde entonces acumulo datos en la cabeza. ¿Sabías que el naufragio del Andrea Doria guarda dentro el único prototipo del Chrysler Norseman? Ese tipo de cosas me pasan por la cabeza. Aparte de eso, lo típico: Estudié mecánica y trabajé unos años en talleres especializados en deportivos prémium.
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